Del mito revanchista en formación
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 29 de Abril de 2019 00:00

altEn muchas ocasiones, Chávez Frías comentó el profundo impacto que le produjo conocer personalmente a Juan Velasco Alvarado,

al pisar tierra peruana como cadete con motivo del sesquicentenario de la Batalla de Ayacucho. Inequívoca y quizá primigenia versión, quedó fijada por Agustín Blanco Muñoz en la consabida,  larga, necesaria y ya célebre entrevista que le hizo (“Habla el Comandante”, Caracas, 1998).

El llamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, surgido a finales de 1968, creído como un clásico y recurrente evento castrense,  anduvo un camino que también levantó el ánimo de distintos sectores políticos en Venezuela. Circuló entre nosotros, una profusa literatura alusiva – propia e importada – y la prensa de entonces registra una importante polémica en torno a las medidas adoptadas, como la expropiación de sendos yacimientos petrolíferos (luego, secretamente indemnizada la empresa transnacional), la nacionalización de la banca, el control gubernamental de las telecomunicaciones, la reforma agraria o la afectación de importantes medios de comunicación social.

Aspirando a convertirse en la tercera vía, el proceso – trazado por el Plan Inca – supo más tarde de una asonada orientada a preservar su carácter revolucionario, se dijo,  bajo la conducción de otro general, Francisco Morales Bermúdez, aunque – bajo el Plan Túpac Amaru – decidido a finiquitarlo al provocar una aguda e insoportable crisis económica y social, definitivamente insoslayable.  Celebrados los comicios en 1980, paradójicamente resultó ganador  Fernando Belaunde Terry, reivindicándose electoramente en la presidencia que perdió por aquél golpe militar.

No incurrimos en anacronismo alguno al invocar el llamado proceso peruano, porque fue evidente su influencia en el ánimo de Chávez Frías y, más allá de la huella psicológica que dejó el breve y juvenil encuentro, obviamente se inscribe en el mesianismo militar cultivado por décadas en las aulas venezolanas. Por cierto, herencia ésta que intentó amainar y reorientar el general Carlos Julio Peñaloza, por entonces, Comandante del Ejército, cuando estimuló  la elaboración de un texto que introdujera a los futuros oficiales en torno a una materia clave, redactado por Aníbal Romero (“Aproximación a la política”, Caracas, 1990).

Entre las numerosas diferencias que puedan observarse, priva la decisiva entre uno y otro caso: el peruano, fue iniciativa de una oficialidad de alta graduación que hizo suya la reflexión de ciertos sectores, por cierto, académicamente calificados, que no se compadece con el venezolano, a juzgar por el estudio de Manuel Urriza (“Perú: cuando los militares se van”, Caracas, 1978). No obstante, del batiburrillo ideológico que originalmente expusieron los golpistas de 1992, resueltamente desenmascarado 27 años más tarde, sincerados sus afanes, sobrevive el mito peruano, aunque el barinés muy bien podía equiparar a Velasco Alvarado con Marcos Pérez Jiménez, dado el culto mesiánico que los unía, además de la divertida irresponsabilidad de citarlos para autorreferenciarse, 

El problema estribó en la imposibilidad de evaluar y debatir, en su momento, el proceso peruano, al igual que los otros hitos que dijeron inspirar a la llamada revolución bolivariana, pues, por una parte, dando por sentada su validez, fue excesivamente pobre el cuestionamiento de una oposición desbrujulada; y,  por la otra, en pleno auge de la antipolítica de la que hábilmente se sirvió, el poder emergente ahorró cualquier discusión que revelara sus obscuros propósitos y la propia ignorancia que aún lo caracteriza en el ámbito de la reflexión sostenida: ¿por qué sorprendernos de un poder tan brutal?

La preocupación persiste, porque – de un modo u otro – están vigentes las condiciones que suscitaron  tan amargo fenómeno y, no pocos, desean hoy una transición democrática descafeínada, sin el menor cuestionamiento de principios y valores, programas y estrategias, identidades y propósitos, que luego facilitará la reedición del indiscutido proceso peruano, la sanforización del cubano y de cualesquiera revoluciones prestas al mito revanchista en formación. Por ello, más allá de la sentencia condenatoria que lo impide y de la responsabilidad que cabe de sus más cercanos colaboradores, hay quienes se atreven a plantear  y a aceptar una futura candidatura presidencial de Maduro Moros o de uno de sus acólitos, en libres elecciones, por la opacidad de sus intereses y pensamientos.

 


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