La universidad venezolana, hoy
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis   
Jueves, 11 de Abril de 2019 04:58

altMientras leo las estadísticas del Observatorio venezolano de universidades referidas a la situación socioeconómica de los docentes universitarios, pienso en el profesor Carmelo Lince

(nombre ficticio) de la Universidad Politécnica, quien debió ser hospitalizado de emergencia porque la hemoglobina le bajó a menos de 6.

-Muchachos, les indicaba a sus estudiantes cuando entraba al salón de clases –Si ustedes ven que me comienzo a marear, por favor, vayan a buscarme un vaso con agua y lo mezclan con azúcar. 

Así comentan sus colegas en la unidad académica donde pertenece el valiente profesor. Carmelo, como el 15% de los docentes universitarios venezolanos, nunca come carne. Tampoco pollo (17%) y ni se diga pescado (42%). Es que a partir de este año, él, como el 64% de los profesores universitarios, come peor que el año pasado.

Carmelo es un profesor tan dedicado a sus estudiantes que recorre –el 32% lo hace a pie- distancias largas y riesgosas (el 66% siente inseguridad para ir al trabajo) para llegar a su universidad. Sabe que en varias ocasiones (58%) los ladrones han incursionado en el recinto académico para robar equipos de aire acondicionado, computadoras e impresoras.

Por eso en algún momento (50% de los docentes lo han pensado) ha sopesado la posibilidad de irse del país. –Es que ya ni estudiantes quedan (35% han pensado en irse) para recibir sus enseñanzas en Cálculo I. Lo más seguro es que las condiciones sanitarias (87% no cuenta con servicios de agua potable), insalubridad y el sofocante calor en muchas instituciones universitarias (80% no cuenta con aire acondicionado en las aulas de clase) estén alejando a los estudiantes de los centros superiores de enseñanza.

Hace apenas un año escribí un artículo (Humillar la academia) alertando sobre el drama de los docentes universitarios y la vida casi infrahumana para realizar tan sagrado oficio en la Venezuela del socialismo del siglo XXI. Son tan deplorables las condiciones laborales de los docentes universitarios, que el 48% reporta no tener un baño higiénico en su lugar de trabajo.

Peor todavía, la diaria y azarosa travesía a su recinto académico, a pie, hace que su calzado y vestimenta se deterioren (el 76% ha reportado que tiene entre 1-2 años sin comprar zapatos ni prendas de vestir) y se muestren en condiciones paupérrimas.

Pero quizás lo más grave es en la salud, donde los indicadores muestran la alarmante situación de emergencia humanitaria de los docentes y específicamente, de aquellos profesores jubilados. El 72% de los docentes universitarios venezolanos no tiene tratamiento médico de forma regular, siendo que el 36% padece alguna enfermedad crónica. Una significativa cantidad de ellos tiene que auto medicarse o cumplir los tratamientos de manera inadecuada, fragmentada o simplemente, como me indicó un colega: -Tomarme la pastilla antihipertensiva, un día no y otro cuando la encuentre.

No. No es justo que el profesor Carmelo deba ir a su clase pasando hambre. Desaliñado y esquelético. Casi suplicando a sus estudiantes que le socorran con un vaso de agua con azúcar para quitarle el mareo.

No. No es justo que el 80% de las instalaciones del Alma Mater en Venezuela se encuentren en situación de colapso general por falta de mantenimiento a su infraestructura.

No. No es justo que cerca del 20% de los docentes universitarios estén presentando su renuncia en las nóminas académicas. Este año cerca de 10 mil profesores han renunciado a las universidades.

No. No es justo que la base fundamental del hacer académico e intelectual venezolano esté en situación de marginalidad sociosanitaria por un Estado y un régimen que en la práctica, los está excluyendo de su actividad académica.

Recurro a la comunidad académica mundial para denunciar y solicitar solidaridad frente a esta emergencia de los profesores universitarios venezolanos, la infraestructura física, mobiliario y equipos pedagógicos indispensables para la práctica educativa, negados o restringidos por el Estado y su régimen, cuya irresponsabilidad debe verse como una violación sistemática al derecho de una educación digna y de excelencia académica.

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