De la existencia digital
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 17 de Marzo de 2019 06:13

altPrecursoramente, Giovanni Sartori versó sobre la videopolítica. Asociada a  la lumpen-intelligencija y al homo insipiens,

dijo de una poderosa simplificación de contenidos y conductas por la sobreimposición de las imágenes frente al uso de la razón confiable y compartida.

La intensidad emocional del instante, es reemplazada por otro tanto o más explosivo, en una sucesión que banaliza aún las más severas realidades. Útil en muchas facetas, las redes sociales, favorecidas unas más que otras,  parecen más una creación de los psicólogos clínicos y sociales, por la exacta radiografía del momento, que por los periodistas que pugnan por profesionalizarlas exclusivamente.

El dirigente político las sabe una magnífica herramienta,   comprobado por quienes – muy pocos, como María Corina Machado y Leopoldo López -  hacia 2014 convocaron las grandes movilizaciones ciudadanas mediante la telegrafía digital.  Hoy, todavía más, en la era de la represión, la (auto) censura y el bloqueo informativo, no se entiende el oficio de lo público, sin el diestro perolito electrínico.

Un caso de estudio puede ser el de  las cuentas públicas del diputado Juan Guaidó y, particularmente, la del Twitter que para el 5 de enero de 2019, alcanzaba alrededor de cien mil seguidores y, ahora, tiene poco más de un millón.  Al respecto, por una parte, muy conocido en la acera opositora, a pesar de los cien mil, era un desconocido para el país (imagínense los que no pasan de tres dígitos de seguidores, aunque sean dirigentes de una irrefutable – mediana o alta – influencia); por la otra, explicación que podrán dispensarnos los expertos, por mucha publicidad nacional e internacional que tenga, como justificada pertinencia, aún está en la franja del millón y tanto de seguidores, lo que avisa de un crecimiento – si se quiere, lento – siendo noticia viva y continua; y, finalmente, el segmento de las celebridades o notoriedades, ya ineludibles, como los hay, cuenta con más de tres o cinco millones de seguidores, convertida la cuenta en un patrimonio de valor inconmensurable, construidas en varios años, por lo general, a punta de Tweeds y de un aparato genial para las redes (por cierto, todo jefe de Estado o Gobierno, aquí y allá, tiene por inicial garantía ese aparato exponencialmente multiplicado).

El uso de las más populares redes sociales tiene sus bemoles, sobre todo cuando ya no son absolutamente personales y familiares. De tener responsabilidades o proyecciones  públicas, sociales, gremiales y políticas, o privadas de naturaleza gerencial y afines,  obran tres circunstancias: hay que medir lo que se dice o escribe, asesorarse profesionalmente o contratar a un operador, e intentar una estrategia de crecimiento, pues, por mucha influencia que se tenga o diga tener, siendo justo o injusto el baremo, el número de seguidores luce decisivo: crucial en el Twitter de las clases medias, ya no tanto para el Facebook socialmente más democrático, cobrando importancia para el Instagram que busca una identidad entre los venezolanos.

Muy probablemente, el Facebook capitalizará más seguidores en la medida que se escriba largo y tendido, con fotografías y videos cadenciosos u otras florituras que las urgencias del Twitter no consienten. Ésta red social que parece algo así como la patria de los aforismos y las greguerías, géneros de diferencias sutiles, definitivamente la es del motivo gráfico y de los videos sensacionalistas: un flyer bien diseñado y contrastante, o un video en plena acción, son de largo más decisivos para atraer la atención y capturar a un seguidor que la mayéutica, paciente, razonable y serena.

Prisioneros del instante,  lo galopamos en las redes socales que se confunden con la propia existencia. Diríamos, hay un existencialismo digital que pone en duda la autenticidad, un dato esencial de la escuela, imposibilitados del seguimiento a nosotros mismos, harto diferente al templo narcisista del número de nuestros seguidores.


Ilustración: Chema Madoz.

 


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