¡Intervención humanitaria ya!
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Martes, 12 de Marzo de 2019 00:00

altNicolás Maduro está dispuesto a llegar a sus últimos extremos por imponer la tiranía y hacer de Venezuela la segunda Cuba de las Américas. 

A @robertoampuero

Juan Guaidó no descarta invocar el artículo 187, que autoriza la injerencia militar exterior en Venezuela
La electricidad desapareció poco antes de las 5 de la tarde del jueves. Regresó hace un par de minutos, hoy domingo 10 de marzo a las 14:45. Ha vuelto a irse dos horas después. Volvemos a estar a oscuras. Vale decir, hemos cumplido 72 horas, dos días con dos noches completas en absoluta oscuridad. Lo que se traduce, en las actuales condiciones de cuasi vida en que vegetamos los venezolanos bajo el régimen dictatorial de Nicolás Maduro y sus fuerzas armadas, carecer de agua y encontrarnos absolutamente incomunicados. Para colmo, coronando esta madrugada de domingo a oscuras con un voraz incendio de los bambusales resecos que se extienden a la vera de la calle en que vivimos. Absolutamente incomunicados y sin agua. Siempre con el pavor de que una chispa atraviese los pocos metros que nos separan de las llamas y prenda el fuego entre nuestros bambúes, tan resecos por la implacable sequía como los que chisporrotean y revientan con su estruendo de artillería y su humareda asfixiante, amenazando con ponerle fuego a las casas del vecindario. ¿Bomberos? No hay cómo llamarlos y hacerlo no tendría sentido: carecen de agua.

Esa ha sido sólo una parte de la tortura. Sin agua y sin comida, pues caídas las neveras y congeladores, toda la comida susceptible de podrirse se ha podrido. Y sin teléfonos, que también han colapsado, hemos sucumbido a la incomunicación más absoluta. He salido a visitar a un gran amigo, periodista, que podía informarme acerca de los que estaba sucediendo, cuál era la causa de este feroz castigo y qué perspectiva avizoraba para una Venezuela literalmente moribunda: estaba en reposo desde hace dos semanas con hepatitis. Al parecer, tras veinte años de absoluto desinterés y abandono de las indispensables tareas de gobierno, sin haber acometido el obligado mantenimiento, siempre al acecho de la crisis terminal que les entregue el país en bandeja, las grandes instalaciones hidroeléctricas de la imponente Represa del Guri, construida en tiempos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, que nos destacaran en el pasado como uno de los países mejor electrificados de la región, han colapsado. Tan poderosa ha sido la sensación de encontrarnos en un campo de concentración, que hemos optado por proteger a nuestros nietos pasando estas noches en vela y penumbras, de angustia y pesadumbre, con nosotros en nuestro cuarto. Sesenta años de libertad, democracia y progreso tirados a la basura.

Fue cuando recordé la última palabra que sale de los secos labios de Kurz, el silente, invisible y omnímodo protagonista de El Corazón de las Tinieblas, del gran novelista anglopolaco Joseph Conrad, al exhalar su último suspiro: ¡el horror!

Han sido, por ahora, setenta y dos horas de anticipo de un apocalipsis. Que no termina. La luz ha vuelto a desaparecer. Ya amanece el lunes, tras cuatro días de absoluto abandono. E imagino que con ello, continúa la desesperación en los hospitales, en donde las incubadoras, los respiradores artificiales y los quirófanos habrán colapsados. Podemos imaginar la situación si esto ha ocurrido en medio de operaciones quirúrgicas y partos. Las operaciones aeroportuarias habrán sido suspendidas, y todo aquello que requiere de energía eléctrica para funcionar ha vuelto a caer en la hecatombe. Tememos el debido colofón: los saqueos habituales en situaciones de emergencia nacional. Venezuela es, a estas horas de la noche, el único gran hueco negro en la iluminada superficie del planeta. Peor que un terremoto o un tsunami.

Los pocos negocios que funcionan durante el día lo hacen gracias a que disponen de plantas eléctricas auxiliares. Venezuela agoniza. Y lo hace ante la conciencia de quienes, además de incapaces e ineptos, son crueles y esperan pescar con su crueldad en el río revuelto de la desesperación. Para apropiarse finalmente del país, el castro comunismo imperante es capaz de todo. Leo el relato de dos tripulaciones de Air Europa que han debido bajar a Maiquetía echados en el suelo de sus furgonetas ante el asedio de asaltantes armados que los han acribillado a balazos. No quieren volver a pernoctar nunca más en Caracas, la horrible. Digno Far West del subdesarrollo castro comunista.

Leía mientras contaba con luz diurna el desgarrador testimonio del poeta cubano Armando Balladares, Contra Toda Esperanza, publicado en 1983, con el estremecedor relato de los 22 años pasado en prisión, torturado y escarnecido, siempre al borde del fusilamiento, mientras presenciaba el de tantos de sus compañeros, tan inocentes como él. Aunque culpables del más nefando y espantosos de los crímenes de leso socialismo: ser cristianos, católicos observantes y en honor a sus más íntimas creencias absolutamente anticomunistas. Un crimen que no requiere de pruebas ni acciones criminales: en la Cuba castrista creer en Dios y defender los derechos que le asisten a un cristiano es pecaminoso al extremo de merecer la muerte. De allí el grito que se oía en La Cabaña, uno de los principales centros de exterminio de presos políticos habaneros en donde pasara algunos años el poeta Valladares, durante la fusilería que segaba la vida de jóvenes cubanos llevados a la parrilla: VIVA CRISTO REY, ABAJO EL COMUNISMO. La palabra comunismo truncada por los pechos rotos.


Fue un simple anticipo del horror antes de ir a parar con sus huesos al reclusorio de Isla de Pinos, al Sur de la isla. Centro de exterminio y deshumanización sólo comparable con Auschwitz y Treblinka, los campos de concentración nazis en Polonia. Y del que se puede tener un retrato desgarrador en la pluma del judío turinés Primo Levi, Si esto es un Hombre. Ya sabía de las pasantías del espanto y la deshumanización vividas en las cárceles cubanas por uno de los relatos más acabados y estremecedores de que se disponen: Cómo llegó la noche, del comandante guerrillero Huber Matos, publicado veinte años después, el 2002. Sólo un ser vil y desalmado, puede salir de las páginas de Valladares y Huber Matos, o de Primo Levi sin tomar conciencia de la barbarie sobre la que se asientan los regímenes totalitarios y el deber moral de un hombre de bien de oponerse a ellos e impedir que se extiendan y afiancen por el mundo. Aplicando el debido derecho de proteger a las víctimas de un genocidio, como el que comienza a aplicarse en Venezuela.

Es lo que temo del régimen desalmado que comete toda suerte de iniquidades y tropelías las más inhumanas, como impedir la llegada de alimentos y medicinas para paliar los sufrimientos siquiera de los más menesterosos, para hacerse fuerte y terminar por doblegar al heroico pueblo venezolano. ¿Qué pretende el régimen dictatorial de Nicolás Maduro, obediente a las órdenes de la tiranía cubana, sometiendo a la población venezolana a la tortura de volverlos a la oscuridad tenebrosa del más bárbaro primitivismo? ¿Aplastar su voluntad de independencia y libertad hecha fuerte con el nombramiento del joven diputado Juan Guaidó como Presidente Interino de la República? ¿Vengar en la carne dilacerada de sus ciudadanos el generoso respaldo político y diplomático recibido de prácticamente todos los países democráticos del planeta? ¿Imponer la amenaza de Saturno: devorarse entre hermanos?

Si a los gobernantes miembros del Grupo de Lima les faltaba la confirmación de las razones por las que la inmensa mayoría de los venezolanos espera con ansiedad la salvación de su virtual condena a muerte mediante una intervención humanitaria, este brutal atropello les servirá de prueba de cargo. A la vileza y el horror que está dispuestos a desencadenar el tirano para terminar de apropiarse de Venezuela no le hacen mella las sanciones y sutilezas diplomáticas. Sátrapa de la tiranía cubana y fiel cumplidor de sus órdenes, está dispuesto a llegar a sus últimos extremos por imponer la dictadura y hacer de Venezuela la segunda Cuba de las Américas.  Retomando, mediante este holocausto castro comunista, el expansionismo imperial que animara a Fidel Castro hasta su muerte. No entenderlo y servir indirectamente al cumplimiento de tan espantosa sentencia, es casi tan criminal como imponerla. La dictadura totalitaria de Nicolás Maduro debe ser extirpada por la razón o la fuerza. ¡¡Ya!! De no hacerlo, interminables años de tortura y sufrimientos nos esperan.



 


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