El significado del 4-F
Escrito por Luis Alberto Buttó | @luisbutto3   
Miércoles, 06 de Febrero de 2019 07:08

altLa militarada acaecida el 4 de febrero de 1992 (al igual que la escenificada el 27 de noviembre del mismo año) evidenció sin ambages las insanas prepotencia

y arrogancia acunadas en el alma y pensamiento de una camada de oficiales pretorianos que, pese a haber sido formados en el seno de una sociedad regida políticamente bajo cánones democráticos, nunca entendieron, asumieron, y muchos menos compartieron, los principios, valores y mecanismos de funcionamiento básicos de un sistema de gobierno inspirado en el respeto, la promoción y la defensa de las libertades políticas, civiles y económicas consustanciales a la vigencia de la modernidad. Pretender, por consiguiente, argumentar que los sublevados de entonces actuaron motivados por excelso patriotismo activado en respuesta a la crisis política, económica y humana que, desde su óptica levantisca, experimentaba la sociedad venezolana del momento, es incurrir, deliberadamente, en una  interpretación falsaria y malintencionada de los hechos en cuestión.

En verdad, el 4-F se materializó otro de los recurrentes (hablando en términos históricos) intentos adelantados por facciones radicales incubadas a lo interno de la organización castrense venezolana con el objetivo manifiesto de conquistar, y en consecuencia mantener, crecientes cuotas de poder, expresadas en el manejo directo de la administración pública y/o en el ejercicio de tutelaje sobre la actuación de personeros civiles maniatados, en caso de que estos desempeñen el vergonzoso papel de encabezar un gobierno que de civil sólo tiene ajado ropaje. Atrabiliaria aspiración que es de suyo inaceptable, políticamente indefendible y éticamente injustificable, en tanto y cuanto refleja el más aberrante abuso de la fuerza, aquel que es producto del aprovechamiento inmoral de la ventaja comparativa dada por monopolizar el poder de fuego de la nación. 

Así las cosas, doquiera que el pretorianismo militante irrumpe, se enfrenta la más grave amenaza de todas cuantas pueden quebrantar la estabilidad, el equilibrio y la sostenibilidad del sistema democrático. Eso fue lo que ciertamente aconteció aquel 4 de febrero que nunca debió suceder pero que, traqueteo de las armas de por medio, se le vino encima a los venezolanos la trágica madrugada que el país revivió el acre sabor del vocablo golpe. Las secuelas de tan fatídico hecho cavaron el agujero negro que de manera inmisericorde se tragó a la democracia, como quedó demostrado con el devenir seguido a partir de 1999, cuando la autodenominada revolución bolivariana colonizó, para mal, los espacios decisorios de la arquitectura institucional.

Golpe militarmente fracasado pero políticamente victorioso, que de manera muy poco sorprendente se desencadenó al ser estimulado, aplaudido, demandado, justificado y secundado, por incontables cómplices agazapados en la acera que se suponía comprometida con la fortificación de la soberanía popular. Estupor causó ver cómo, una vez cesados los combates, al cotarro golpista se sumaron sin pudor oportunistas de toda laya, fracasados existenciales, rencorosas viudas del pasado que arrastraban tras de sí el peso de innobles facturas por cobrar, curanderos de la antipolítica que con discurso redentor escondieron el apetito de oscuros intereses corporativistas. Tendenciosamente, a la artera asonada se le exaltó a la condición de avanzada de arcángeles.

Levantiscos como nadie, a los insurrectos del 92 en nada les importó desdeñar el juramento proferido cuando la nación depositó en sus manos las armas destinadas a la defensa de la integridad territorial, que no para la imposición de proyecto político alguno. Tampoco les hizo la más mínima mella en el ánimo, ser conscientes de que con su acción violenta, en la teoría y en la praxis, estaban desconociendo los designios y mandatos de la ciudadanía, único elemento con potestad incuestionable para decidir en manos de quien se depositan las funciones de gobierno. Debe quedar claro: la intentona del 4-F no se organizó contra el mandato de un presidente en específico; se ejecutó en contra de la gente, al pretender derrocar la opción seleccionada por ésta al otorgarle legitimidad de origen a la investidura del primer mandatario en funciones. Como varios de sus antecesores en las instalaciones militares (algunos con éxito y otros sin suerte alguna), los sublevados de 1992 optaron por definir la patria en vez de defenderla; perversión absoluta de la misión militar.

El 4-F reaparecieron en combo contemporáneo irredentos Pedro Carujo de antaño. Es decir, los que equivocada por irracionalmente creen que los países se gobiernan con gónadas, no con ideas. Por favor, no hablemos de lo justo, que eso sobra, incomoda, escuece, cuando las balas se anteponen a los sufragios. El día traído a colación, el contumaz golpismo venezolano mostró de nuevo sus fauces, para recordarle a una sociedad que no se merece tanta desgracia que, aún en el presente, la barbarie reacomoda su lenguaje para invocar el lúgubre canto de los gamonales representantes del caudillaje decimonónico. El tiempo no pasa en vano. El aprendizaje se acumula y pone en práctica. Para encontrar el sendero de la prosperidad, los pueblos no precisan gigantes libertadores. Para lograr ese cometido, los pueblos tan sólo requieren implementar propuestas debatidas a la usanza democrática.

Por siempre, el 4 de febrero de 1992 habrá de ser recordado. Empero, no para celebrarlo. Es baladí el afán de titularlo periodísticamente. A los golpes militares es innecesario darles nombre: en sí mismos constituyen una afrenta a los proyectos civilizatorios. Para contextualizarlos, basta recordar que cuando se producen la piel de la república queda surcada por cicatrices horrendas que sólo pueden ser borradas construyendo ciudadanía. Entre otras cosas, esto se lee, despejar la fórmula de la ecuación, para que en el orden de los factores vengan primero los civiles y luego los militares, y no al revés, como termina siendo cuando se amanece con el sonido de las orugas que anuncian el paso de los tanques.   

Militares politizados y democracia son fenómenos antitéticos. ¡Cuánto nos cuesta comprenderlo! 


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