Luis Alberto Buttó: Notas sueltas sobre la democracia
Escrito por Luis Alberto Buttó | @luisbutto3   
Martes, 15 de Enero de 2019 07:41

altA veces, luego del análisis descarnado de los hechos, se arriba a conclusiones nada agradables, dicho esto en función de la certeza de que tales deducciones

se alejan en demasía de lo que se entiende la situación ideal de las cosas. Si la gente protesta y reclama airadamente porque se haga efectivo el otorgamiento de determinada porción de proteína animal de tipo porcina, eso da a entender que se sabe en concreto qué es esa ración de carne y que la misma acumula en sí misma una valoración preponderante. Si, en temporalidad paralela, la gente no protesta, reclama ni lucha por el restablecimiento o la construcción de un sistema político que con absoluta propiedad pueda denominarse democrático, con espanto y asombro podría concluirse que, en términos generales, no se sabe a ciencia cierta qué en específico es la democracia o no se la valora en justa dimensión. Cabe por supuesto la interrogante si más que desconocerla o que justipreciarla cabalmente, a la democracia se le confunde con otra realidad distinta y por tanto se le exige aquello que, por definición y esencia, está imposibilitada de proporcionar.

En sentido estricto, la democracia nació con la modernidad y subsume en sí misma todo cuanto de ésta puede esperarse en el orden político. De allí que debe entendérsela en términos que si bien pueden lucir mínimos a los ojos no entrenados, no por ello es menester negar de antemano la maximización de los beneficios que de ella pueden obtenerse. Lo anterior es así porque en su real funcionamiento, la democracia expresa la operación de la política con base en un conjunto de valores encaminados a materializar con éxito en el plano social, el precario equilibrio entre las aspiraciones y apetencias del individuo, cuando éste actúa circunscrito al ámbito privado, y la irrenunciable defensa de los objetivos generales y difusos relacionados con el espacio de la cosa pública. Esta simbiosis se traduce en el ejercicio supremo de la ciudadanía. Máxima aspiración de una sociedad cuando pretende, consciente y deliberadamente, que quienes la conforman trasciendan la rupestre condición de habitantes del territorio. En otras palabras, vivir en democracia implica alcanzar un grado superlativo de desarrollo humano que, con creces, la historia ha demostrado es posible, necesario e impostergable.

La democracia es la vigencia de los partidos políticos, pues estos representan el instrumento idóneo para canalizar la participación ciudadana de manera organizada, disciplinada, sanamente ideologizada.

Sin partidos políticos es imposible se concrete en el día a día la intermediación eficaz que debe activarse entre las demandas colectivas de los integrantes de una sociedad determinada y los poderes que en ella están constituidos a través de la operación de las maquinarias gubernamental y estatal. Los proyectos corporativos, personales o grupales no sirven a la democracia, pues tan sólo responden a las antípodas de la democracia; entiéndase, la antipolítica.

La democracia no es sinónimo de buenos gobiernos. La democracia es garantía de que los malos gobiernos puedan desplazarse civilizada y pacíficamente a través del ejercicio de la soberanía popular en cumplimiento de temporalidades previamente establecidas. Por consiguiente, la democracia es alternancia en la conducción de la sociedad, no es la perpetuación en el control de los mecanismos inherentes al poder. La no alternancia es cualquier cosa, nunca democracia. Y en esa cualquier cosa, utilícese el concepto que ciertamente corresponda en consonancia con los indicadores que vengan al caso (desde autoritarismo a totalitarismo, pasando por el de dictadura), el común de la gente, no los usufructuarios del poder, sufre de  manera inclemente, porque no se alcanza felicidad alguna cuando las libertades políticas, económicas y civiles que hacen humano al individuo son pisoteadas, conculcadas y negadas. Sólo la represión, en sus múltiples manifestaciones, hace posible que el poder omnímodo se mantenga. La democracia es el más eficaz muro de contención para las arbitrariedades.

La democracia es el cruce de caminos donde se encuentran y hermanan armoniosamente la libérrima elección de gobernantes y la implantación operativa de las libertades fundamentales del ser humano, entre las cuales destacan la de reunión; organización política; pensamiento, opinión y expresión; creencias religiosas; preferencia sexual y propiedad privada. La democracia es el acto de gobernar bajo la inspiración del imperio de la ley, lo cual reduce la comprobación del hecho a una tautología irreemplazable: existe la democracia cuando funciona el Estado de Derecho y el Estado de Derecho funciona cuando existe la democracia. La democracia es la separación y autonomía de los poderes del Estado. La democracia es contraloría social para detectar y corregir a tiempo desviaciones indeseadas y contraproducentes, pero contraloría social auténtica, no la que constriñe a exigirle a la población que aplauda y respalde las acciones de un determinado gobierno, como resultado de la puesta en práctica de desvergonzado populismo que a partir del hambre y la necesidad pretende manipular al desposeído. En síntesis, la democracia es el fondo, pero también, y por sobre todo, es la forma.

Estas reflexiones hay que tenerlas muy cuenta, en especial el día y la hora en que la democracia se restablezca en el país, so pena de que la equivocada y/o malintencionada crítica que quizás se desarrolle sirva de pivote para retrotraer al país al cuadro dantesco que tanto se ha luchado por superar. Hace 20 años nos equivocamos garrafalmente al apostar por la oscuridad. Ojalá en el futuro no lo hagamos de nuevo. 


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