El síndrome del "servil"
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Martes, 08 de Enero de 2019 00:00

altDesde que el militarismo se apropió del poder político en Venezuela, el país comenzó a despedazarse.

Fue la idea primigenia contenida en una Constitución cuya ambición presidencialista, dio al traste buena parte de los cimientos que en cuarenta años, con la mayor dificultad, se habían construido. Algunos empezaban a consolidarse. Así vino sucediendo, a pesar de las secuelas de la antipolítica cuyas consecuencias contribuyeron a hacer añicos otra porción de lo que ingentes esfuerzos lograron alcanzar para finales del siglo XX. 

Las reglas de la organización política que se impusieron a partir de Enero de 1999, en el preámbulo del siglo XXI, dejaron ver un estatismo, sumado a un centralismo sólo capaz de estructurarse desde un populismo extensivo. 

La institucionalización de la autoridad política nacional, puso de manifiesto una serie de propuestas que fueron adquiriendo forma a medida que fue fraguándose la idea de una revolución envuelta en un proyecto de gobierno el cual hizo llamarse: “socialismo del siglo XXI”. Así se dio, sin que su impacto promocional indujera el brillo de unos cuantos objetivos que pretendieron venderse al mejor postor. Pero, que sin los detalles que habría podido brindarle un conjunto de políticas públicas debidamente elaboradas y consultadas, las aludidas pretensiones socialistas comenzaron a “hacer aguas”. Peor aún, muy rápidamente.

Con el aforismo de “divides y vencerás”, aprovechado histórica y políticamente en situaciones de controversiales condiciones sociales y económicas, el régimen que desde entonces se arraigó a punta de un electoralismo nauseabundo, por chantajista, logró que la sociedad venezolana, esperanzada en encaminarse por las vías del desarrollo, se desmoviliza. Esto hizo más fácil el avance de furibundas propuestas socialistas que sólo buscaron atornillar sus dirigentes al poder político nacional sin más razones que las estructuradas en su politiquería.

De esa forma, la manoseada y pervertida “revolución”, se hizo cómplice de la involución que estaba “cocinándose”. O sea, la revolución fungió como esparadrapo de lo que disfrazaron a compromisos que solamente llegaron a calzar con el abecedario. Pues ni siquiera, respetaron leyes de la lingüística. Mucho menos, de conceptos que destaca la teoría económica, y la teoría social, para apuntalar el desarrollo económico y social que sus preceptos, axiomas, postulados y criterios plantean. Todo se convirtió en la ruta de una particular y extraña “involución nacional”. 

Las reformas propuestas por el gobierno nacional, ya infectado por una ideología tan ortodoxa como patética, desmembraron desde la familia venezolana hasta instituciones de las cuales apalancaban proyectos de democratización del sistema político venezolano. El equilibrio entre gobernantes y gobernados se vio allanado por el influjo de intenciones antipolíticas que bien lograron sus demoledores propósitos. Se radicó un modelo de economía que desdibujó el concepto de mercado, en su sentido cabal, del panorama nacional. Fue entonces como se degradaron nociones que fueron exaltadas por discursos populistas y electoreros. 

La teoría económica, junto con la teoría política, sufrió espantosas mutaciones que alteraron decisiones a partir de las cuales se acentuó la ineptitud gubernamental para poner en marcha promesas y compromisos que pusieron a soñar a muchos ingenuos enmascarados al mejor estilo de “diablos de Yare”. Las realidades que más se afectaron, discurrieron alrededor de contextos relacionados con el funcionamiento del mercado y de la educación en todos sus niveles. Sus respectivas dinámicas, vieron perturbadas sus dinámicas. Y esto, por donde se vea, es difícil comprender. Más, luego de seguir trozos del discurso oficialista al momento de comprometer el futuro inmediato del país desde un enfoque “socialista”. Además, equivocado.

Sobre todo, la educación superior ha resultado tan lacerada, que el contexto que se vislumbra es crudamente dramático. Las líneas académicas, entendidas como estrategias de investigación universitaria, fueron abolidas por decisiones absurdas tomadas por altos funcionarios convencidos de un concepto de revolución bolivariana imposible por absurdo y deforme. A juicio de algunos análisis, la idea del régimen apunta al desmantelamiento de la universidad autónoma, quizás con la intención de convertirla en cuartel de convulso entrenamiento y perverso adoctrinamiento político. Como si de esa forma pudiera hacerse del país la “Venezuela potencia” que pregona el “Plan de la Patria”. !Mayúsculo error¡ Tan inmenso es dicho problema, que lo que se tiene en puertas es hacer del atraso una categoría sociopolítica de tipo socialista. O sea, esta situación deviene en lo que pudiera concebirse como una provocada y malévola secuela. Producida, sin duda, por lo que se ha dado en llamar y conocer como el síndrome del "servil".


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