La legitimidad en un país de espejismos
Escrito por Juan C. Rubio V. | TW: @jrvizca   
Martes, 06 de Noviembre de 2018 00:00

altHace un tiempo ya tuve un profesor que decía que “el derecho es el carril sobre el cual la política se desenvuelve”.

Con ello queriendo decir, obviamente, que son la Constitución y la Ley las que definen los medios legítimos para la obtención del poder y los términos y condiciones para su ejercicio. Por tal razón, en la contemporaneidad, podemos apreciar que la política, inclusive con sus matices maquiavélicos, está subordinada a un deber ser, a una serie de expectativas morales e institucionales que precaven el descenso hacia la locura y el autoritarismo. 

O al menos eso fue lo que se me dio a entender en ese momento. Poco sabía yo, debido a mi inocencia juvenil, el grado de perdición en que Venezuela estaba inmersa y creo que, por lo menos en esa época, la mayoría de mis conciudadanos estaban igual. Simplemente los subsidios, la borrachera petrolera y el teatro perenne con el militar difunto nos distrajeron a todos.

Ahora bien, regresando a la actualidad, nos hallamos flotando en aguas desconocidas. La borrachera del crudo cesó. Tenemos a vagos y a maleantes coaptando al Estado. Tenemos mengua y desolación. Estos no son tiempos de ciudadanos ni de militares, sino de forajidos en una tierra de nadie. Siendo así las cosas… ¿cuáles son las reglas claras? ¿Cuál es el marco de convivencia que tenemos? Pues la respuesta a tales interrogantes es que ni hay reglas ni hay convivencia. Estamos en la nada, reducidos a lo más animal posible: sobrevivencia del más apto y mando del más violento.

En un contexto de esa naturaleza no hay compás o mapa que nos guíe de forma clara a puerto seguro, por cuanto, en nuestra realidad, los preceptos democráticos o son letra muerta o son subterfugios de los opresores. Poco importa la legitimidad de ejercicio del hoy usurpador en la Presidencia, tal como poco importará su legitimidad de origen, pues la fuerza dicta quien manda. Podremos llamarlos sátrapas o tiranos, pero luego celebrarán elecciones amañadas y se llamarán a sí mismos demócratas a carta cabal. Sea una cosa o la otra, la mentalidad en el país es que quien es dueño del botín es el que da las órdenes. Punto.

Aun con lo loable y sublime que es la mentalidad democrática debemos reconocer a lo que vivimos por lo que es. Estamos bajo el yugo de un régimen de facto que a su vez tiene vocación despótica y preside los remanentes de lo que alguna vez fue un Estado. En tal sentido, Venezuela ha retrocedido más de cien años, por cuanto no hay autoridades en el sentido moderno de la palabra. No hay presidente. No hay gobernadores. Nuestros cuerpos legislativos son de adorno. Nuestro poder judicial es solo la guillotina del tirano de turno. Estamos, justamente, donde creíamos que nunca estaríamos de nuevo: en el despelote de las montoneras.

Siendo este el nivel real de degeneración en nuestro país es que debemos ser asertivos sobre lo que está pasando. Digámoslo de frente de una vez por todas: los perdimos todo, debemos empezar de nuevo.

Cuando en Venezuela se habla sobre legitimidades es porque, como se dijo al principio, se tiene una expectativa sobre un deber ser planteado en la Constitución y la Ley. Pero ahora yo me atrevo a realizar las siguientes interrogantes: ¿Cuál deber ser? ¿Cuál Constitución? ¿Cuál Ley?

Hago tales preguntas porque también debemos darnos cuenta de que no hay lugar al cual regresar. El pacto social en Venezuela se partió. El proyecto nacional de los últimos veinte años nunca fue un proyecto de país sino uno de adquisición del poder. La Carta Magna del 99 es un marco constitucional fracasado, llena hasta los tuétanos de las semillas del autoritarismo y que, para el mayor de los colmos, fue votada y aprobada por a duras penas el treinta por ciento (30%) de los venezolanos de ese entonces.

Nadie que esté cuerdo debe querer ser asociado ni “legitimarse” sobre la base de un fracaso de tal magnitud. No solo es que los pilares de la llamada “República Bolivariana de Venezuela” están podridos, sino que también estarán manchados de por vida por su relación intrínseca con el proyecto ruinoso de Hugo Chávez Frías. Esta es la realidad de fondo, una vez que quitamos todas las parafernalias de la formalidad y los discursos diplomáticos.

Sufrimos de un régimen de facto cuya solución solo podrá ser a través de medios extraordinarios. Cuando llegue ese día no será para restaurar la vigencia del fracaso, sino para emprender un difícil proceso de renacimiento nacional que deberá incluirnos a todos para forjar un nuevo pacto social que inaugure a una Venezuela civil, incluyente, respetuosa de los derechos de sus ciudadanos y profundamente democrática. Ahí es que podremos hablar claramente de reglas, expectativas, representantes legítimos y el futuro. Ahí es que seremos verdaderamente libres para coger las riendas hacia un nuevo horizonte donde la tragedia tornada en moraleja sirva de guía. 

 

 


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