La gran hambruna del siglo XXI
Escrito por Juan Carlos Rubio V. | @jrvizca   
Martes, 10 de Julio de 2018 03:13

altVenezolanos, los datos no mienten y éstos presagian un gran horror.

Solo con la inflación actual del cuarenta mil por ciento y el hecho de que el salario mínimo equivale a unos centavos de dólar, ya es suficiente para catalogarnos como la nación más miserable del planeta. Ahora bien, imagínense el inexorable y sostenido empeoramiento que vendrá en los próximos meses, imagínense a lo que esta situación puede llegar. No estamos para juegos ni para decir “yo no creo”, la realidad es una sola: el régimen está presidiendo la gran hambruna del siglo XXI.

Lo genuinamente sorprendente de esta situación es que esté aconteciendo en tiempos de globalización y avance general de la humanidad. Sin embargo, en cuanto a modelos socialistas se trata, esto no es nuevo. De seguir en este curso, Venezuela será el espejo contemporáneo de grandes horrores que se creyeron relegados al siglo XX, como las hambrunas colectivas en la Unión Soviética, la China de Mao Zedong y, el por siempre emblemático, Holodomor en la entonces República Socialista Soviética de Ucrania. En todos estos casos, las muertes por inanición se contabilizaron en los millones.

La gravedad de nuestra situación no es cuento y prueba de ello es que la necesidad de una asistencia humanitaria urgente ha sido puntualizada por los Estados Unidos de América, la Unión Europea, los países vecinos, la Organización de Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos. En tal sentido y dada la precaria situación económica del país, las naciones civilizadas y los organismos internacionales competentes están viendo, de alguna forma u otra, a la gran hambruna venir.

Siendo este el panorama brutal para todos nosotros, cabe que nos preguntemos cómo estamos reaccionando a ello. 

A nivel de lo doméstico, en el país están acaeciendo protestas por todo tipo de causas, pero ninguna o casi ninguna al momento, está versando sobre el desalojo del régimen causante de la perenne desolación. Esto puede atribuírsele a la implosión de la oposición política llamada a nuclear tanto descontento. No obstante, hay que reconocer el surgir de alternativas opositoras, como el movimiento Soy Venezuela, que están haciendo un extensivo trabajo de base para animar a las masas. 

El problema de Venezuela, a pesar de los esfuerzos reales que se están invirtiendo, es que el tiempo de la sociedad no está dado para armar apaciblemente una mayoría activa dispuesta a retomar las calles. Cada día es peor que el anterior, por lo que la ciudadanía recae en tres escenarios: se resigna y decae, se alebresta esporádicamente por razones específicas, o simplemente emigra del país. Además, cabe decir, que no ayuda a la moral ciudadana que el único ápice de democracia en Venezuela, la Asamblea Nacional, haya perdido toda credibilidad sobre la base de sus incoherencias, sean éstas resultado de la complacencia, el contubernio o, comprensible como puede ser en dictadura, el miedo a la mazmorra.

En este orden de ideas, los prospectos de los venezolanos no pareciesen ser buenos. Aun así, tal destino atroz, el de la inanición en masa, no tiene por qué estar fijado en piedra. La ciudadanía puede decidir cambiar de curso, incluso cuando sabe que volverlo a intentar será doloroso. La cosa es que estamos cada vez más entre la espada y la pared, por lo que ya nuestras vidas como tal están todas en riesgo. La única diferencia, lamentándolo mucho, es la cantidad de muertes que tomará para que Venezuela salga del foso. Podemos decidir asumir nuevamente los peligros de la acción popular de masas o, si no logramos romper la barrera psicológica de la impotencia, esperar a que nuestros cuerpos se apilen, víctimas éstos de la enfermedad, la desnutrición y la penuria.

En cuanto a lo que soluciones internacionales respecta, es bien sabida la renuencia de los Estados latinoamericanos a una solución militar para la hecatombe venezolana. Éstos le temen al precedente que tal acción podría tener para sus propios malos gobiernos. Pero, todo en esta vida tiene sus límites, más aún en el continente americano en el presente siglo, por lo que no considero a la medida imposible ni improbable. Lo triste de la necesidad de tal solución no es la aplicación de la misma en sí, sino que, como bien lo dicta la experiencia histórica, ésta se da siempre después de que el daño humano se ha vuelto terminal, lo que es decir, muchos venezolanos habrán tenido que morir antes del advenimiento de una intervención.

Para concluir puede decirse que los síntomas iniciales de la gran hambruna ya están aquí. Pensemos en los niños famélicos, la multiplicación de la mendicidad, la prostitución por alimento y en esa realidad del día a día que son los escarbadores ambulantes de basura. De hacerlo, denotaremos que el peligro y la debacle son reales. Nuestro país se está volviendo cada vez más irreconocible y nosotros seguimos costeando el precio de la parálisis y la desidia. Recordemos algo y hagámoslo siempre: está en nosotros darle un parado a esto. Mejor que reaccionemos más temprano que tarde porque, de lo contrario, no habrá lágrimas suficientes para cubrir el vacío que dejarán las pérdidas venideras.

 

 

 

 

 

 

 


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