Son como los nazis
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Martes, 13 de Febrero de 2018 06:20

altPues es bueno y esencial recordarlo: sin la intervención humanitaria de Inglaterra y los Estados Unidos, hoy el mundo sería un planeta nazi.

 

El maestro de Fidel Castro no fue ni Marx ni Lenin: fue Adolf Hitler. De cuya única obra, Mi Lucha, escrita por el Führer en la cárcel de Landsberg en donde pasó ocho meses de detención, de cinco años de condena, en la cual asentó la famosa frase de la que Castro se apoderara para su propia gloria en su misma circunstancia carcelaria y por golpista: “la historia me absolverá”. A Hitler la historia no lo absolvió. Terminó hecho cenizas frente a su cuartel general del Bunker del Tiergarten, en Berlín, en abril de 1945, rociado con gasolina y convertido en hoguera luego de dispararse un tiro en la sien. Mientras los ejércitos rusos estaban a un paso de aprehenderlo. Tan poco lo absolvió la historia, que constituye hasta hoy el epitome del tirano moderno, asesino de masas, genocida, inescrupuloso e inhumano a escalas siderales. Responsable por la mayor carnicería habida en la historia mundial y de la Shoá, el asesinato y cremación de cinco millones de judíos, que lastrará a la humanidad por los días de sus días. No tuvo la suerte de Fidel Castro ni de Hugo Chávez, que murieron en sus lechos. Pero con quienes comparte el mismo camino al poder: sendos golpes de Estado, sendas condenas y sendas amnistías por regímenes estúpidos y alcahuetas, que les pusieron el cuello en la guillotina. Traicionando a sus pueblos.

Pero Fidel Castro no sólo extrajo de Mein Kampf, Mi Lucha su enseña maestra. Extrajo de la vida y la obra de Hitler, del Tercer Reich, las leyes y normas fundamentales que rigieron, y aún rigen, el funcionamiento del Estado nazi que construyó. Presente en todas las formas tiránicas de gobierno: el desprecio por la ley, el desprecio por las formas, el desprecio por el ser humano. Y un demoníaco talento para malversarlas y convertirlas en formalidades vacías de todo verdadero sentido. Fichas todas de un solo tablero: el del Poder. Que se trata de mantener contra viento y marea, así sea al precio de los crímenes más abominables. Y el sacrificio de la esencia de lo humano: la libertad. Esa que, según Alexis de Tocqueville, no es digna de quienes no se la merecen.

A grandes rasgos se trata, en primer lugar, de anular toda legalidad e instaurar la ley de la selva. No hay norma. No hay constitución que valga. Y la que existe es un simulacro, una apariencia, una simulación, un disfraz. Una bicha. Siguiendo al pie de la letra la enseñanza nazi, transmitida desde La Habana, en Venezuela se vota, sistemática, ritual y perseverantemente, aún sabiendo los protagonistas que esos votos no eligen. Es una maroma automática, robótica: depositar un voto en una urna sin que ese acto automatizado tenga la menor consecuencia.  Porque los resultados precedieron al acto. Y ello por la sencilla razón de que en Venezuela, como en Cuba o en la Alemania nazi, el sistema normativo es decorativo y lo que verdaderamente importa es el sistema operativo. Los cuchillos largos. Y ese sistema operativo, el corazón de la tiranía, es intocable, es impalpable, es inmodificable. La tiranía no aceptará un solo acto o gesto que desmonte su relojería esclavizante.

El régimen nazi se convirtió en no más de seis meses en un autómata asesino. Se había hecho total. Se había embalado por los rieles de los mil años que Hitler prometiera. Nada ni nadie lo hubiera sacado de esos rieles mediante fuerzas endógenas, inmanentes al sistema mismo. El monstruo era total, vale decir: totalitario. Inmutable. Se devoró a si mismo en el mismo momento de su nacimiento. Pero su naturaleza violenta, agresiva, expansiva y guerrera lo llevó a su final: quiso conquistar el mundo. Y el mundo no se lo permitió. Su dinámica expansiva y depredadora lo llevó a enfrentarse con las naciones más poderosas de su momento y su circunstancias que, unidas, eran absolutamente invencibles. Desde el mismo momento en que Churchill decidiera desalojar a los apaciguadores del Imperio y sacara del camino a Chamberlain y sus diálogos inútiles, asumiendo la guerra como una necesidad inevitable, se acabaron los mil años del reinado hitleriano. Bastó con que el Japón cometiera el gigantesco error de atacar Pearl Harbour y provocara la ira de los Estados Unidos, para que el gigante dormido entrara en la guerra y decidiera el destino del nazismo. Exactamente como su intervención en la Primera Guerra Mundial decidiera el destino de la derrota alemana. Pues es bueno y esencial recordarlo: sin la intervención humanitaria de Inglaterra y los Estados Unidos, hoy el mundo sería un planeta nazi. 

Las semejanzas no son gratuitas, pues detrás de todo régimen tiránico sombrea Hitler: “Para los nazis, las balas y las urnas eran instrumentos de poder complementarios, no alternativos. Los votos y las elecciones eran concebidos cínicamente como instrumentos de legitimación política formal; la voluntad del pueblo se expresaba no a través de la articulación libre de la opinión pública, sino a través de la persona de Hitler y de la incorporación por el movimiento nazi del destino histórico de los alemanes, tanto si éstos estaban de acuerdo como si no. Además, normas legales comúnmente aceptadas, como la noción de que la gente no debe cometer asesinatos o actos de violencia, destrucción y robos, fueron ignoradas por los nazis porque éstos creían que la historia y los intereses de la raza alemana («aria») justificaban medidas extremas en la crisis que se desató tras la derrota de Alemania en la guerra.” 

También para el régimen dictatorial que se ha impuesto en Venezuela las balas y las urnas son poderes complementarios. Por más esfuerzos que hayan hecho sus cómplices, y muy en particular los portavoces de Acción Democrática, por plantearse y plantearnos la encrucijada de “votos o balas”. Tras la imposición de someternos a la farsa electorera, el régimen asesinó a más de doscientos jóvenes venezolanos. Para las fuerzas represivas del Estado bolivariano no hubo jamás una alternativa entre votos o balas. Su política ha sido la de votos y balas.   

El mundo entero lo sabe. Las elecciones serán rechazadas por la inmensa mayoría de las naciones democráticas de la tierra. Y sus resultados unánimemente desconocidos. Es el imperativo categórico. Desconocerlo constituye un delito de lesa humanidad y una traición a la Patria. 

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