De una catástrofe ética
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 22 de Enero de 2018 00:00

altSe ha dicho mucho al respecto, aunque falta aún más, sobre la masacre de El Junquito.

Ocurre en un momento particular de la crisis que ha abrasado, en primera instancia, a una dictadura que sincera su talante castro-comunista, y devora al resto del país que busca intensamente una correcta interpretación de los hechos para evitar la demolición emocional que se pretende.

Por lo pronto, poco podemos agregar a lo que circula principalmente en las redes sociales, acertando en un juicio que busca la profundidad necesaria, al lado de  otros que hacen una fácil concesión a la inmediatez, siendo susceptible de la manipulación gubernamental. Y es que el acaloramiento, distorsión y confusión también encuentra eco en una campaña contaminadora de contra-información, burlando la buena fe de quienes urgen de una válvula de escape para tanta indignación, rabia e impotencia.

Sólo destaquemos tres aspectos de un debate que no se agotará por demasiado tiempo, dada la inmensa gravedad de los  acontecimientos. Uno de ellos, irremediable citarlo, la duda razonable que generaron las acciones de Oscar Pérez y el grupo que liderizaba y , aún, en el supuesto de alguna mínima o mediana vinculación previa con un plan perverso del régimen, éste decidió aniquilarlos para que no quedase huella de una fechoría muy propia de las más conocidas empresas totalitarias del mundo: hipótesis que no debemos asumir como un insulto a la memoria de quienes resultaron héroes y mártires en un ambiente tan tupido de conjeturas y confusiones.

Lo otro, desmintiendo las más antiguas denuncias de violación de los derechos humanos que les concedieron legitimidad, los herederos de una izquierda que ha resultado peor en el poder de lo que ella misma imaginó, asediaron – sentenciándolos a muerte – a un número muy inferior de personas que se habían rendido y tuvieron el gesto gallardo de emplear las redes para reportar y soportar la situación, como pocas veces el mundo lo ha visto. En nada  importó a Maduro Moros el uso desproporcionado de la fuerza ante la mirada de todos y, después, completando la tragedia, hacer lo que le viniese en gana con los cadáveres acabando hasta con la propia escena del crimen.

Luego, el caso nos remite a los juicios de Nuremberg, por obra de una catástrofe fundamentalmente ética que, una vez superada la dictadura en Venezuela, ha de interpelarnos por las condiciones y actores que la produjeron casi impunemente, como por las alternativas de solución que todavía pujan entre sí. Cierto, determinante La Habana y sus fieles agentes venezolanos, mal podemos soslayar una realidad que ha experimentado y experimenta cambios muy lentos, pero seguros, en el orden espiritual de una sociedad hasta ahora condenada literalmente a sobrevivir.

Oscar Pérez y su grupo, se ha convertido en un justificado símbolo de la lucha por la libertad después de un sacrificio antes inconcebible, fallando la dictadura que también sembró dudas en torno a la autenticidad de sus posturas. Tarifado o no, la sola existencia de un partidario del oficialismo que intente justificar tamaña medida, algo más que policial, nos avisa de la necesaria, urgentísima e insoslayable reconstrucción de los principios y valores capaces de dar soporte a nuestra mismísima experiencia humana en este lado del mundo.

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