A naranjazo limpio
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis   
Jueves, 18 de Enero de 2018 08:23

altLa caminata de La Divina Pastora, en Barquisimeto, fue especialmente interesante este año.

La efervescencia de la multitudinaria feligresía,  aunque menor que el pasado año, llenó de sorpresas la tradicional travesía.

Todo transcurría medianamente normal. Mi esposa y yo llegamos pasadas las 4 de la madrugada. En la plaza Bolívar del pueblo de Santa Rosa los peregrinos pernoctaban por doquier. Desde aceras, bancos, y hasta la entrada de la iglesia servían de improvisada cama. Como siempre, el reguero de desperdicios lo inundaba todo. Hasta el pedestal del héroe.

Caminamos por todo el pueblo. Vimos la llegada de los corredores y ciclistas, quienes venían desde El Obelisco. Diez kilómetros a puro pulmón. Ya amaneciendo subimos hasta la avenida. Los peregrinos se confundían con penitentes, curas y monjas. Nos dejamos llevar por el bullicio mientras evitábamos los olores a orín y las pútridas conchas de cambur, mandarina, patilla, piña y naranja. Mientras el estridente parloteo de advenedizos feligreses, hacían de fervorosos creyentes, gritando desde sus púlpitos de tarimas, los nombres de sus instituciones.

Caminamos toda la avenida principal hasta la tradicional parada de la plaza Macario Yépez. Ahí nos sorprendieron santos, beatas y aspirantes a monaguillos. Haciendo su teatro de fe, difundían la vida de quienes han sido elevados a los altares. Escuché (-y vi) varios “misterios gozosos” aunque después me sacó de la “iluminación” un famélico hombre, quien, con carpeta en mano, pasaba la lista a un grupo de asistentes, -presumo de institución estadal. Al verles las franelas con la virgen caricaturizada, supe que eran oficialistas.

Huimos como quien se aleja de cosa satánica o para que no nos confundieran. Y de la carrera fuimos a dar justo en el emblemático semáforo de la avenida Venezuela con Morán. Frente a nuestras narices estaba una tarima sobredimensionada. Alta y de pura armazón metálica. Pomposamente adornada. En todo el centro varias hileras de majestuosas sillas tipo poltronas. Tapizadas en terciopelo azul con bordes dorados. En el respaldar, gafetes con la identificación de los invitados. La inmensa tarima contenía a los lados, varios ramos de palmas. Debajo, la custodiaban policías en traje negro y con escudos antimotines. Pasamos justo a centímetros de ellos. Quise detenerme para indagar y ver si podía subir. Pero algo me detuvo, y le comenté a mi esposa: -Vámonos de aquí. Esto es tan ridículo que lo menos que pueda darnos es mala suerte. Alcé mi rostro y vi detrás a unos mesoneros junto con un grupo de músicos como esperando órdenes. Y más uniformados, policías, guardias nacionales y los viejitos milicianos.

Caminando por entre los árboles seguimos nuestro propio peregrinar, evitando tanto espanto uniformado y estridentes reguetones. Al final, mi esposa se declaró en desobediencia peregrina y se aferró a una de las sillas del “punto de hidratación” de su universidad, la Unexpo. Nos refugiamos en esa escuálida carpa que no tenía ninguna identificación pero que al menos tenía techo y asientos. Escasas botellitas de agua para hidratar a las miles de manos que pasaban. Tomé mis fotos desde el frente de la prefectura de Catedral mientras mi esposa se recuperaba del trauma de ver semejante tarima, tan ostentosa y llena de poder.

Al regresar a casa, nos enteramos de otras historias. Pero la más impresionante fue esta de la tarima. Me la contó, Luis, un amigo que estuvo en el propio sitio: “Apenas la virgen reiniciaba su recorrido desde la plaza Macario Yépez a la intersección, entre las avenidas Venezuela y Morán, distante cerca de un kilómetro, y ya el gentío llenaba no solo la Morán, sino toda la Venezuela.

El personal de protocolo comenzó a ubicar a los distinguidos oficiales generales, quienes marcialmente se dirigían a sus sitios. Los mesoneros iban y venían mientras los músicos se instalaban para iniciar su faena. Mientras eso ocurría, cientos de personas pasaban y miraban semejante despliegue de poder, ostentación y desprecio. Alguien recriminó a viva voz ese espectáculo. Enseguida, desde la tarima, personal de seguridad sacaron sus celulares y comenzaron a filmar. Hacían gestos a la multitud, de ser superiores y no darles importancia. Eso les enfureció y comenzaron a corear frases, como: “ Fuera”, “Libertad” o “Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer”. De repente alguien lanzó a la tarima una naranja. De inmediato un miliciano señaló a un joven y lo amenazó. Quiso agarrarlo pero fue impedido por miles de brazos y manos que furiosamente iniciaron una descomunal batalla de naranjazos, mandarinazos, botellas de agua mineral, pedazos de patillas, desperdicios de piñas y cuanto objeto sirviera para ser lanzado contra quienes estaban en esa tarima. Ordenaron colocar a milicianos delante, cual escudos humanos, para proteger la oficialidad. Mi amigo me indicó que a un oficial, quizá general, le pegaron una mandarina en pleno pecho. Al de seguridad ciudadana, le alcanzó una naranja entre las piernas. A la chica de protocolo le pegaron un pedazo de naranja en una nalga. En fin, que los generales y demás autoridades, huyeron por la retaguardia. O sea, por donde habían instalado una cocinilla (-no confundir con bacinilla).”

Al final, los enardecidos devotos de La Pastora se subieron a la tarima, arrancaron las palmas, y mientras pasaba la virgen, subían y bajan las verdes hojas en señal de sumisión solo y únicamente a ella.”

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