Anarquía y desesperanza
Escrito por Freddy Marcano (ingeniero) | @freddyamarcano   
Martes, 05 de Diciembre de 2017 00:00

altHoy,  nuestra amada Venezuela está sumergida en el desorden, el caos, la confusión y, sobre todo, la ausencia de una autoridad

que  organice y oriente a la población hacia niveles superiores de vida. El surgimiento y la vigencia del Estado cobran sentido cuando se trata de canalizar el esfuerzo y la creatividad de toda la ciudadanía, sin importar la diversidad. La desorientación, el desorden y la desorganización de este gobierno no es otra cosa que anarquía, aunque nominalmente y sólo nominalmente, haya Estado. 

Una situación anárquica siempre es posible en la vida de los pueblos, como un fenómeno momentáneo; sin embargo, convertida en un hecho -constante o permanente- tiene consecuencias nefastas. De esa situación se aprovechará, como se aprovecha, el reducido elenco de personas enquistadas en el poder que han trabajado por siempre en beneficio propio, pero, por un lado, lleva a la quiebra del Estado y de sus instituciones que resultan inservibles para resolver los problemas de fondo, quedándose simplemente en el maquillaje populista; y, por elotro, deja una secuela de orden psicológico difícil de borrar al sembrar el desencanto, el desánimo, la desesperanza.

Si comparamos resulta que la pérdida emocional es mucho mayor que la anarquía general, pues, ante el caos insoluble, pasamos de la impotencia a la resignación con facilidad, multiplicando la desconfianza entre nosotros. No tenemos medios ni instituciones que hagan valer ni siquiera nuestro derecho a la libre expresión, por lo que parece mejor callar y soportar el infinito aguacero al que insólitamente nos hemos acostumbrado. Cada vez somos más cautos y silentes y, en términos personales, nos dejamos intimidar y tentar por la humillación antes que arriesgaruna posible acusación por una posición firme y adversa.

No podemos convertirnos en cómplices del estado de anarquía reinante, por lo que es necesario recuperar aquellos principios y valores que hablan del esfuerzo personal y común de la libertad y el derecho fundamental a mejorar nuestra calidad de vida y a organizarnos cívicamente para orientar a toda una población urgida de liderazgo; principios y valores que nada tienen que ver con ese mesianismo ramplón y tercermundista que quiso imponer el filósofo de Sabaneta para crear una sociedad a la medida de sus propios resentimientos. No temamos debatir y contrastar nuestras ideas, yendo más allá de la mera supervivencia al régimen, para lograr reemplazarlo por uno real y convincentemente democrático. La estafa de 1998 ha sido desenmascarada. Ya queda atrás. Ya soplan nuevos y más frescos vientos que empujan a la ciudadanía a recuperar un siglo XXI que le ha sido tan injustamente confiscado.

Tenemos todavía salvación si actuamos como una sociedad organizada y decidida frente a los escombros que van quedando del Estado, por obra y gracia de la peor clase política que hemos tenido en toda nuestra historia: la que dijo fundar una revolución que no es otra cosa que una lombriz, parida con dolor de pueblo. Un gobierno que gobierne democráticamente es la única alternativa frente a un desgobierno que hace más ricos a quienes lo encabezan, pues producen el mal del hambre, las epidemias y la desesperanza. Seamos sembradores de proyectos realizables, de esperanza con raíces profundas, de confianza en nosotros mismos, de respeto por nosotros y los otros, de pluralismo y, sobre todo, de determinación y voluntad frente al caos. Venceremos, seguro que lo haremos, si nos proponemos doblarle el brazo a la anarquia.

 

 

 

 


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