Cuba y Venezuela, la cruenta verdad del socialismo
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Lunes, 04 de Diciembre de 2017 05:46

alt¿Hay otro tema principal sobre el que discutir que no sea el de negociar las condiciones para el desalojo de la tiranía socialista y narcoterrorista? 

"Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada" Fue el slogan terminante, intransferible e irrenunciable de Fidel Castro ante la primera gran disidencia internacional de su revolución, provocada por la primera crisis que sufriera el proceso cubano cuando el caso del poeta Heberto Padilla, desde entonces desaparecido del mapa mundial y tragado por las fauces del monstruo, conduciendo a la grave desafección de las principales fuerzas culturales que lo apoyaran hasta entonces, encabezadas por grandes intelectuales, artistas, cineastas y escritores – Octavio Paz, Hans Magnus Enzensberger, Jean Paul Sartre, Heinrich Böll, Simone de Beauvoir, Jorge Edwards, entre muchas otras grandes figuras del arte y la cultura –, quienes comprendieran tras 10 años de revolución, que la cubana había dejado de ser, si alguna vez lo fuera,  un proceso verdaderamente emancipador para convertirse en una cruenta y aterradora tiranía estalinista, con la que no cabía el menor entendimiento, diálogo o negociación posible. Ya lo había advertido su cuñado, Rafael Díaz Balart, quien en 1956 advirtiera del espanto totalitario que tenía entre ceja y ceja el esposo de su hermana Mirta y padre de Fidelito, el hijo de ambos. La respuesta dada por Castro fue taxativa: la esencia de la totalitaria dictadura castrista cubana jamás estaría en discusión. Había llegado para eternizarse, como lo decidiera años después en una decisión macondiana su cámara de diputados, entre quienes se contaba el trovador cubano Silvio Rodríguez: "la revolución cubana será eterna". Reformas que no la cuestionaran eran perfectamente discutibles. No servían de nada, más que de tenue maquillaje del régimen. Libertades que la pusieran en duda, bajo ningún motivo: "dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada". Resistieron el embate de la crítica los más irreductibles respaldos intelectuales de Castro, como los de Julio Cortázar y Gabriel García Márquez. Morirían rendidos a los pies del tirano. Ni modo.

No es del caso discutir si la cubana fue alguna vez revolucionaria, más allá de asaltar el poder con el auxilio del pueblo insurrecto que aspiraba a la libertad, el estado mayor de las fuerzas armadas cubanas que se entregaron prácticamente sin enfrentar a las guerrillas de la Sierra Maestra y contando con el subrepticio o abierto respaldo del Departamento de Estado norteamericano, desalojar la vieja dictadura batistiana y crear un revolcón social de vastas consecuencias al sistema de dominación tropical imperante en la isla.  Sin tocar el racismo de su clase dominante blanca y gallega, como los Castro, concentrando el poder en una burguesía militar bajo el férreo control del comandante Fidel Castro y su hermano Raúl, manteniendo al pueblo hambreado y dominado por una crisis humanitaria jamás resuelta. Como la venezolana, esa crisis humanitarioa servía a la dominación totalitaria;  hambrear para consolidar  la apropiación del poder por las pandillas castristas, la entronización de sus fuerzas armadas aliadas a un bolchevismo tropical de nuevo cuño y la puesta en servicio de un agente de la Unión Soviética en África, Europa y América Latina. Marx estuvo tan ausente como Lenin. Y de Stalin, todo: su metabolismo de dominación y un Gulag tropical. ¿Revolución proletaria o desarrollo de las fuerzas productivas? Ni en pintura.

De manera que el slogan del Caballo bien expresado hubiera debido decir: bajo mis piernas y lamiendo mis botas, todo. Fuera de mis botas, nada. La única salida que dejó abierta al hambre, la sumisión y la desesperación fue la huida lanzándose al mar con lo que flotara, para terminar siendo carne de tiburones. El Caribe está alfombrado con las osamentas de los miles ymiles de fugitivos del régimen político más cruento y desalmado de la historia latinoamericana, mondadas por los escualos. Y una diáspora instalada en La Florida que dejó de ser cubana para convertirse en mayamera hace décadas. A pesar de Jorge Edwards y Pablo Neruda, que lo aborrecieron desde su nacimiento, los partidos comunistas, en especial el chileno, pasaron por el aro del estalinismo tropical y a pesar de 17 años de castigo dictatorial y la evidente prosperidad que alejaran a Chile cada día más de la devastación haitiana de la sociedad cubana, aún hoy siguen defendiendo la cruenta fantasmagoría tropical. Como todas las izquierdas de la región. Hoy más que caricaturizada por el chavismo venezolano. La revolución castrista más corrupta, ladrona, terrorista y narcotraficante de la historia. Marx y Lenin se estarán revolcando en sus tumbas.                                                                                                                                                                                                                                                                     

Si bien tampoco la soviética fue una revolución en el sentido marxista. Como no lo fuera ninguna de las revoluciones socialistas del Siglo XX. Y no podía serlo porque como bien lo advirtiera su mayor conciencia histórica, la de Trotski, no habiéndose desarrollado las fuerzas productivas rusas al nivel necesario para transitar orgánica, dialéctica, hegelianamente a la etapa superior del capitalismo industrial – el comunismo: "de todos según sus capacidades, a todos según sus necesidades" – tuvo que tomar el aparataje filosófico doctrinal del marxismo y ponerlo patas arriba; en lugar de construir el socialismo ayudándolo a ver la luz desde el vientre de su infraestructura, la punta de lanza del desarrollo capitalista industrial – entonces Inglaterra, Francia y Alemania - , se vio compelido a construirlo en su periferia desde la cabeza hipertrofiada de la superestructura zarista: asaltar el Poder mediante una vanguardia decidida y voluntariosa, establecer una feroz dictadura a la rusa, como la de Iván el Terrible, e imponer el socialismo a golpes de campos de concentración, hambrunas, destierros y devastaciones. El leninismo fue el procedimiento para hacer madurar el socialismo estructural a punto de carburo totalitario. Hasta verse superado por las circunstancias e implosionar para caer en brazos del capitalismo de Estado, como el chino, a los pies de las mafias burguesas nacidas al calor del burocratismo bolchevique. 

La cubana fue la primera caricatura revolucionaria marxista: pura superestructura, totalitarismo militarista y caudillismo familiar gallego, tiranía y esclavización ilustrada, construidas sin un mínimo y elemental aporte de industrialización ni desarrollo económico. Un marxismo fantasmagórico. Devastado el campo y saqueada la industria azucarera, sin otra forma de mantenimiento y reproducción que mediante la economía de servicios: poniendo en marcha unos ejércitos de color al servicio de la expansión imperial soviética en África, América Latina y el Tercer Mundo, primero; abriéndose al turismo español y europeo, soportado por el jineterismo ancestral, después; alquilando mano de obra hospitalaria, finalmente, para terminar devorándose a Venezuela gracias a su know how policiaco y dictatorial. 

El socialismo venezolano, última fase del aberrante marxismo leninismo tercermundista, probó una última suerte: aprovecharse de un estado capitalista petrolero y subdesarrollado en crisis, cooptar mediante la corrupción desaforada y en moneda dura a sus fuerzas armadas, dislocar un sistema sociopolítico hegemónico hasta convertirlo en mera fuente de sostenimiento del penúltimo factor, Cuba, y de los eventuales poderes emergentes: los movimientos “revolucionarios” integrados al llamado Foro de Sao Paulo. Cumpliéndose así un ciclo descrito por Trotski en su magna obra LA REVOLUCIÓN TRAICIONADA. De darse una revolución pretendidamente socialista en un país carente de unas fuerzas productivas suficientemente desarrolladas como para sostener el esfuerzo de la transformación revolucionaria estructural, orgánicamente, afirmó Trotski en la obra mencionada, no se hará más que repotenciar las viejas y ancestrales determinaciones de la barbarie político social preexistente. Será una revolución bárbara, devastadora, caudillesca, esclavizadora y ruin. No conozco mejor definición de la tragedia soviética, de la tragedia cubana y de la tragedia venezolana. Ni mejor definición de la secreta aspiración de sus funcionarios: barbarizar la sociedad, incluso al nivel del canibalismo de sus ciudadanos, para permitir la hegemonía de  las pandillas de la barbarie.

¿Hay otro tema principal sobre el que discutir que no sea negociar las condiciones para el desalojo de la tiranía narcoterrorista dominante? Ledezma acaba de dar la respuesta: es el único tema sobre el que valdría la pena negociar. De eso y sólo de eso se trata: de negociar el desalojo. Todo lo demás es tiempo perdido.

 

 

 


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