Del catalanismo de Maduro
Escrito por Luis Barragán (diputado por Aragua) | @luisbarraganj   
Lunes, 09 de Octubre de 2017 00:02

altInoportuno e innecesario, Cataluña vive un drama que intenta atajar el rey desde la sobria perspectiva que ha cultivado.

Historial aparte, con todos sus (des) aciertos, la región sufre las consecuencias del nacional-populismo que ha penetrado la exitosa experiencia comunitaria europea, tratando de empujarla hacia una injustificada debacle, quizá a favor – por ejemplo – de China que, igualmente, constituye un bloque artificial de varias nacionalidades.

Fenómenos de un mismo tenor, en la era de la globalización y de la glocalización que parte de una radical transformación del Estado Nacional, surge el independentismo catalán, como algún día pudiera ocurrir algo  semejante con las provincias de Barcelona, Gerona, Lérida y  Tarragona, repetido el cuadro de presiones y tensiones hoy sostenido con Madrid.  Por lo demás, de radicalizar todas las identidades del mundo, tendríamos – recordando un viejo dato de Tofler – más de cinco mil comunidades, retardando el fenómeno en cuestión e involucionando hacia los pasos iniciales del Estado Nacional que evitaría el definitivo naufragio impuesto por la anarquía, por no vislumbrar la fragmentación que también experimentarían – tarde o temprano – internamente Córcega, Baviera o Escocia. 

El asunto sabe de una enorme complejidad que groseramente simplifica el oportunismo de sendas corrientes políticas que compiten desleal e irresponsablemente, añadidos sus intérpretes más distantes. Así, Nicolás Maduro, por cierto, quien a estas alturas de la vida no ha exhibido su partida de nacimiento, siendo tan elemental el requisito, incurre en el cinismo más descarado al apuntar a Mariano Rajoy por la represión que ha ejercido en Cataluña, la cual no tiene comparación con la demencialmente vivida en la Venezuela que, por escasos meses, vivió el asesinato de más de cien jóvenes que protestaron pacíficamente a un régimen conculcador de las libertades públicas.

La temeridad del intérprete que nunca ha expuesto curiosidad, inquietud e interés alguno por las cuestiones que vayan más allá de Miraflores, creyéndolo ombligo de las angustias universales, por delimitado que sea el palacio, tiene muy pocos alcances. El más obvio riesgo está en alborotar, por sacarse una espina moral, nuestros regionalismos, comenzando por el zuliano, que segura e inmediatamente provocará la observación y reprimenda de los dueños reales del Estado Cuartel al que hemos arribado.

El catalanismo de Maduro Moros no pasa de un tremendismo circunstancial, pues, declarada la independencia de Cataluña,  resultaría impensable que oficialmente la reconociese con la pretensión de generar un caos de utilidad inmediata, a la postre contraproducente. Valga acotar, vapuleado Podemos en España, la sucursal extra-continental del chavismo que acá agoniza, bien podría respaldar y abrir el sendero para un mediador como Rodríguez Zapatero, redondeando la faena.

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