Vientos de ayer
Escrito por Antonio Cova Maduro   
Miércoles, 07 de Octubre de 2009 03:37

altPoco importan las "motivaciones subjetivas" que llevan a acciones determinadas, porque lo que cuentan son las "consecuencias objetivas" que de esas acciones se derivan.


El día de San Valentín de 2005, una caravana de carros fuertemente custodiados avanza por las calles de Beirut. Justo cuando pasan frente al famoso Hotel Saint George, que está concluyendo su reconstrucción, una bomba con más de mil kilos de explosivos estalla. Tras el humo queda una inmensa hondonada y el futuro del Líbano en graves aprietos. 

El objetivo de este grave atentado -el más letal y espectacular desde la conclusión de la guerra civil que por quince años asoló al Líbano- ha sido el multimillonario de la industria de la construcción Rafiq Hariri, musulmán sunní, cuya devoción por la reconstrucción de Beirut, para que volviera a ser lo que siempre fue: el París del Medio Oriente, le llevó al importante cargo de Primer Ministro del Líbano. Hariri había comenzado a mostrarse independiente de las fuerzas de ocupación sirias, aun a sabiendas de los peligros que esa conducta entrañaba.

Por varias décadas Siria mantuvo el control total del Líbano y para ello contaba con la anuencia del resto de los actores involucrados en el drama del Medio Oriente. El mensaje parecía ser claro y contundente: como "aquí manda Siria y nadie más", el que se atreviera a desafiar esa verdad terminaría como Hariri. Eso juraban los servicios de inteligencia de la dictadura siria. Lo que no sabían era que esa explosión acababa de destapar la lámpara de Aladino y sacar al Mago abruptamente. El brutal asesinato de Hariri puso en la calle gente que hasta entonces se vanagloriaba de "odiar la política y los políticos" y removió los cimientos de lo que parecía un acuerdo tácito: Siria sería -por quién sabe cuánto tiempo- el celoso guardián del Líbano, y si alguien quería figurar en ese arreglo sería bajo sus términos& y su control. Siria, no obstante, al parecer fue agarrada fuera de base: no sintió el cambio del viento. Al igual que quien se mete a controlar un incendio, como propusiéramos en un artículo reciente, saber si el viento cambia es su garantía de salvación. Ello implica, obviamente, que se sabe que se está en medio de un incendio y, sobre todo, que, de los vientos, de su fuerza y su dirección, nadie tiene el control.

Hariri se transformó en un héroe instantáneo, incluso para sus enemigos de ayer. Y en un símbolo. Mientras, el dedo acusador del Líbano y el del resto del mundo apuntaban a la dictadura siria. No pasaría mucho tiempo sin que esa furiosa reacción desembocara en lo que nadie hubiera podido siquiera imaginar días atrás: la salida de las tropas sirias con el rabo entre las piernas.

Estos acontecimientos muestran, de manera estruendosa, una verdad que muchos venezolanos están empeñados en no ver: que poco importan las "motivaciones subjetivas" que llevan a acciones determinadas, porque lo que cuentan son las "consecuencias objetivas" que de esas acciones se derivan. Por eso muchos venezolanos creen que todo lo que el régimen que padecemos diseña, se lleva a cabo, logrando siempre lo que pretendió al impulsar esas acciones. La exhausta impaciencia hace lo demás. Tan agotados estamos en esta década de lucha, que creemos que la espera es "desde el comienzo". Pero no, no estamos arrancando desde el principio. Partimos de donde estamos ahora, no desde el comienzo: cuando Hugo Chávez tuvo su noche feliz, la del lejano domingo 6 de diciembre de 1998, frente al hoy extinto Ateneo de Caracas. O días gloriosos aquellos, de melosa luna de miel que jamás volverá. Días de fuerza y vigor sin igual, de promesas por cumplirse, de credulidad que se vestía de esperanza sin logro singular alguno, de alegre despilfarro de miles de millones de dólares, sin verse en bolsillo ni obra alguna. Días en que aún no se desplegaba el elenco singular que el chavismo reservaba para este tiempo aciago.

Mucha agua ha corrido bajo el puente y muchas dudas han sido despejadas. Ya sabemos a quién tenemos encima y continuamente descubrimos, con extraño asombro, cuán débil es su poder real. Mucho ruido y pocas nueces. Mucho gasto y poco real, con carestía y escasez por doquier. Y bastante desencanto. Un supuesto partido de la revolución al que se exhibe de Poliedro en estadios, sin que nadie sepa para qué.

¿Qué muestra hoy el llamado PSUV, dónde está su fuerza, qué se hacen sus "patrullas"? ¿Es que su única tarea consiste en convocar con tanta prisa como escasos resultados, contramanifestaciones lambucias cada vez que el régimen es desafiado en las calles? Los vientos de ayer pararon ya, y emprenden la dirección contraria. ¿Les oyen? ¿Los sienten? 



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