La sospechosa simpatía de intelectuales y artistas del primer mundo por Hugo Chávez
Escrito por Rodolfo J. Méndez (economista)   
Lunes, 07 de Septiembre de 2009 15:39

altLa simpatía de Stone, Stiglitz, Saramago y Vattimo por la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez,  pareciera nacer del loable propósito que de acuerdo a su máximo líder la orienta, el de mejorar de forma permanente las condiciones materiales de vida de los sectores más pobres de la población venezolana


Las alabanzas que tanto personal como cinematográficamente (con su nuevo film) realiza el afamado director cinematográfico Oliver Stone de la persona y  gestión de gobierno de Hugo Chávez, al igual que las simpatías de otros importantes artistas e intelectuales (como los Premios Nobel de Economía y Literatura, Joseph Stigliz y José Saramago, o el reputado filosofo Gianni Vattimo), no son, en mi opinión simplemente el reflejo, como sostienen algunos, del servilismo egoísta y oportunista dirigido a obtener dadivas monetarias de Chavez, sino de razones mucho más profundas  y no de naturaleza mercantil, sino mas bien intelectual y ética.

Desde hace aproximadamente un siglo, tres grandes visiones filosóficas del conocimiento humano escinden no sólo a los filósofos e intelectuales, sino también a artistas y políticos, las cuales podemos denominar (siguiendo el esquema del filósofo Simon Critchley)  “Cientificismo”, “Oscurantismo” y “Pragmatismo”.

De acuerdo a la “cientificista”, las teorías científicas constituyen la única y más completa representación del Mundo que los humanos podemos hacernos, por lo cual la ciencia debe ser la única fuente del conocimiento de la que el hombre debe beber para elaborar su visión del mundo y decidir su acción.
Para los “oscurantistas”, las teorías científicas son meros constructos subjetivos humanos, vulnerables por tanto a la manipulación por parte de quienes ostentan el poder (siendo los “cientificistas” sus siervos) y dirigidas a ocultarnos las posibilidades reales e infinitas que tenemos (y que tenemos el deber de explotar) para transformar radicalmente la realidad en la dirección que nos apetezca.

La visión pragmática (que si bien tiene antecedentes, en su forma actual es más bien el resultado natural de la maduración o evolución de las dos visiones anteriores durante las décadas recientes),  reconoce que las teorías científicas son efectivamente un mero constructo humano, y no un reflejo directo y objetivo una “realidad en sí misma”, y debe ser vista como una herramienta más en el cajón de representaciones conceptuales con las que el ser humano hace frente al mundo para predecirlo y transformarlo en pos de su mayor felicidad. No obstante, y esta es la esencia de esta visión, es absurdo y contraproducente negar u obviar que existe un mundo objetivo e independiente de nuestras mentes, ideas y deseos, lo cual implica que si bien podemos incidir y transformar la realidad, nuestra capacidad para hacerlo depende de forma determinante de la adecuación de nuestras teorías a la misma,  para lo cual la ciencia y sobre todo el método científico es fundamental, pues nos provee el conocimiento más útil (aunque muy incompleto y siempre en evolución) de que podemos disponer en cada momento del tiempo a los efectos de predecir el efecto de nuestras acciones sobre la naturaleza y la sociedad.

Pero en oposición a lo sostenido por los “cientificistas”, los pragmatistas creen que existe siempre y en cada momento un amplísimo espacio de reflexión y acción para el cual el conocimiento científico disponible siempre es insuficiente, y el ser humano razonable esta justificado a actuar basándose en otras fuentes de conocimiento (ensayo y error, especulación metafísica, instinto, sentido común, etc):  por un lado siempre queda un inmenso conjunto de hechos y aspectos de la realidad que las simplificaciones de la ciencia dejan sin consideración, por el otro muchas de las acciones de los hombres no están dirigidas a incidir sobre la naturaleza en función del efecto que ello pueda tener, sino movidos por consideraciones puramente éticas o de otra índole.

La simpatía de Stone, Stiglitz, Saramago y Vattimo por la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez,  pareciera nacer del loable propósito que de acuerdo a su máximo líder la orienta, el de mejorar de forma permanente las condiciones materiales de vida de los sectores más pobres de la población venezolana.  Sin embargo, esta tentativa justificación se desmorona al tener en cuenta que el grueso de las acciones de política y reformas institucionales específicas que la Revolución ha venido llevando adelante (disolución progresiva de la división y equilibrio de los poderes del Estado, de la transparencia y el control de la gestión pública, de las libertades económicas y civiles, de la propiedad privada, etc), conducirán previsiblemente a la largo plazo, a la luz del conocimiento científico acumulado en el terreno de la economía, la política y la reforma institucional por más de un siglo, a resultados totalmente opuestos a los que supuestamente se pretenden (concretamente, a un significativo y permanente incremento de la pobreza).

Bajo esta perspectiva sólo puede haber tres explicaciones de la simpatía de  estos intelectuales y artistas por la Revolución Bolivariana: (1) Su adscripción a la visión “Oscurantista” del conocimiento (y/o la fascinación estético-romántico con la figura del revolucionario que entronca con ella), (2) Un gran desconocimiento de las acciones de política y reformas institucionales concretas que caracterizan a la Revolución Bolivariana (lo cual luce imposible dada la gran cobertura de la mismas por los medios de comunicación internacional), (3) Que realmente son “Cientificistas” y no “Oscurantistas”, sólo  que despreocupados de la suerte de los pobres del tercer mundo, viendo en ello y en sus países meras coballas y laboratorios  para la realización de arbitrarios y peligrosos experimentos sociales incontrolados, que puedan arrojar conocimientos de utilidad para en el futuro poder realizar experimentos sociales más seguros y fiables científicamente en los países del primer mundo.


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