Todo el peso de la culpa
Escrito por Víctor Maldonado C. | @vjmc   
Lunes, 07 de Septiembre de 2009 07:07

altUna sociedad decente no puede tolerar que su gobierno funcione como una gavilla de secuaces. No es posible que guardemos silencio ante la detención de Richard Blanco y once funcionarios de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, cuando es pública y notoria que su conducta contradice las acusaciones

Somos lo que hacemos
Aristóteles


“O tú morirás por justa disposición de Dios, antes de volver vencedor de esta guerra; o yo pereceré de dolor y de vejez, sin volver a mirarte a la cara: así que llévate contigo mi más pesada maldición, que en el día de la batalla te fatigue más que toda la armadura completa que llevas. Mis oraciones combaten en el bando enemigo… Sanguinario eres, y sanguinario será tu fin; vergüenza merece tu vida, y acompaña a tu muerte.” Estas palabras fueron más que un deslinde, una ruptura definitiva entre la madre y su hijo, entre la decencia y la sevicia de un gobernante que no sentía deber alguno con nadie, y cuya desgracia se cebó entre la crueldad, el resentimiento y el crimen.

Ricardo III es un personaje arquetípico al cual estamos condenados. Shakespeare lo dibujó con precisión renacentista, marcando en cada escena de su obra todos los atributos de la maldad hecha gobierno. Así nos advirtió con cuatrocientos años de anticipación lo que ahora estamos sufriendo en carne propia. Hugo Chávez preside un régimen perverso, mentiroso y cruel, en el que tampoco están aseguradas la vida y las libertades de nadie, porque todos somos tratados como las prescindibles piezas de un tablero infame donde da lo mismo que seamos las víctimas de la delincuencia y la impunidad, o de la burocracia y la injusticia que son utilizadas para abatir y asolar la voluntad democrática de toda la sociedad. La prueba está escrita en sangre, sufrimiento y miedo, y avalada por la innumerable lista de presos y perseguidos políticos cuyos huesos han ido a parar al exilio o a las cárceles venezolanas.

Una sociedad decente no puede tolerar que su gobierno funcione como una gavilla de secuaces. No es posible que guardemos silencio ante la detención de Richard Blanco y once funcionarios de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, cuando es pública y notoria que su conducta contradice las acusaciones y el proceso montado por la Fiscal General. No podemos seguir avalando con nuestro silencio una situación tan infamante. No debemos legitimar esta conducta política tan impropia del decoro republicano.

El propio Aristóteles nos reta desde la antigüedad. En su Ética a  Nicómaco formula la relación intrínseca entre el ser y el hacer. Chávez practica la tiranía, entonces es un tirano. Nosotros practicamos la indiferencia, entonces somos idiotas, preocupados tan solo en lo propio, renegados de la política y volcados a la esperanza egoísta de poder ser los salvos de todo este proceso. La tiranía del presidente se nutre de nuestra idiotez. La crueldad que el presidente Chávez ejerce sobre todos nosotros es alimentada con nuestra silenciosa conformidad.

Hasta Lula se equivoca. El sagaz político confunde en Chávez la propaganda y la realidad. Y tal vez sus negocios lo obligan a la condescendencia.  Un país cuyo gobierno desguaza las atribuciones de un alcalde electo, retiene los recursos para la seguridad ciudadana y prefiere la pestilencia de la basura antes que organizar racionalmente la recolección no puede estar presidido por un gobierno preocupado por los pobres y por la gente. Lula es solamente un embaucado más.

Chávez podría decir lo mismo que Ricardo III cuando  confesó que su “conciencia tiene mil lenguas separadas, y cada lengua da una declaración diversa, y cada declaración lo condena por rufián. Perjurio, perjurio, en el más alto grado; crimen, grave crimen, en el más horrendo grado; todos ellos en todos los grados, se agolpan ante el tribunal gritando todos: "¡Culpable, culpable!". Al final de la trama ese fue el mea culpa del personaje,  cuando todos se habían conjurado para abatir su maldad. Cuando todos, vivos y muertos, se consorciaron para “posarse pesadamente sobre su alma y ser plomo en su pecho”.  

Richard Blanco no puede ser uno más. Tendría que ser el último. Oscar Pérez no debería caminar otras calles que la de nuestra ciudad, que ha oído cientos de veces la terquedad de su protesta. Las cárceles no pueden seguir siendo el reducto obligado de la disidencia, y la forma como la maldad del gobierno ha encontrado para intentar romper el espinazo moral de nuestros dirigentes. Pero dependerá de nosotros cuántos más y cuánto tiempo más nos lleve dar la última batalla, aquella que se lleve a la historia este triste episodio, cuando Ricardo III no sea un espectro redivivo en nuestra comarca, y lo confinemos al libro de donde nunca debió salir.

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