Los últimos días del que te conté
Escrito por Efraín Alvarado   
Viernes, 14 de Agosto de 2009 22:02

alt¿Cómo Hitler, como Chapita, como Sadam o como Mussolini? Los venezolanos comenzamos a preguntarnos cómo terminará sus días el que te conté. Por el camino que escogiera desde que entrara al criadero de víboras de la Academia Militar, no se le augura un fin solemne y en gloriosa carroza imperial, vitoreado por su pueblo.

Ni siquiera, y en el mejor de los casos, tampoco un fin en tierra propia. Sus alternativas son escasas. O desterrado, como Cipriano Castro y Pérez Jiménez. O siguiendo la tradición de los malandros que asaltaran el poder, dándole lecciones que ha sabido aprovechar con gran talento. Por ejemplo, Chapita.

Quien quiera enterarse de los detalles, que se lea La Fiesta del Chivo, la extraordinaria novela de Mario Vargas Llosa que los cuenta con lujosa minuciosidad. Por ejemplo, Sadam. Si alguien olvidó las imágenes de sus últimos instantes, traje negro, camisa blanca, barba crecida, despiojado y bañado en cloro, que entre a Youtube. Pueda que allí las encuentre, gracias a un indiscreto participante en el ritual de la venganza que usó su portátil para registrar lo que el mundo entero esperaba con ansiedad. Una cuerda súbitamente tensada y un pescuezo fracturado para siempre. Aquella noche se agotó el champaña en Bagdad.


El postrer instante de la vida de Adolf Hitler, su escritor de cabecera, no quedó registrado. Dígase lo que se quiera del siniestro caporal austriaco: era malo con bolas, pero no era faramallero. Aunque megalómano y bocón como su discípulo lejano, tomó en serio hasta su último suspiro. Mató a la Eva Braun, que fungía de esposa – al hombre, como a muchos del entorno, le chirriaban los frenos – y luego se disparó en la sien. Un galón de gasolina les fue regados cuando dormían el apacible sueño de los olvidados y un fósforo oportuno los convirtió en hoguera. Cumplió así el mismo destino de los seis millones de judíos que redujese a cenizas. Quien a fuego mata, a fuego muere.


De todos los asesinos en serie muertos en forma descabellada posiblemente el más terrible y espantoso haya sido Benito Mussolini. César Imperial, soberbio hasta el delirio y narcisista megalómano y de una aterradora egolatría – como todos los mencionados, incluido por supuesto nuestro galán sabanero- terminó colgando de las patas desde lo alto de un lampadario en una aldea cerca de Como. Fue sentenciado y ejecutado por guerrilleros antifacistas. De allí lo arrastraron las turbas hasta Milán, embriagadas de odio, despecho y rencor, pues lo habían idolatrado. Y lo despellejaron como a una res cuarteada, arrastrando los pellejos ensangrentados por las calles milanesas.


Los imbéciles de Ávila TV que ayer le cayeran a patadas a un grupo de periodistas de la Cadena Capriles ni se imaginan lo que les espera a la vuelta de la esquina, cuando el que te conté coja las de Villa Diego. Están grabados y fotografiados. Tampoco se lo imaginan los mil siervos de la gleba que le lamen las botas con fruición y delirio.  Un grupo selecto aunque suficientemente numeroso como para escoger la presa: desde la Farias hasta Jorgito Rodríguez y desde Diosdado a Jesse y Mario Silva. Debieran ir pensando seriamente en buscar acomodo, al igual que la Cilia Flores, Nicolás maduro y la pandilla de facinerosos de la Asamblea Nacional. Que se bajen de esa nube: nos pasaremos sus leyes por el trasero.


¿O se olvidaron de lo que les sucedió a los sigüises de Marcos Pérez Jiménez? El cogote no retoña, señores. Vayan escogiendo casas de protocolo en La Habana, si hasta allí les alcanza. Un centímetro más allá serán presa fácil. Lo que nos han hecho no se olvida, ni merece el perdón. El asunto va en serio.


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