Aires de guerra
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Jueves, 13 de Agosto de 2009 21:21

alt“Hay aires de guerra”. La caricatura que tales irresponsables palabras provocaran en el caricaturista de El Mercurio, de Santiago de Chile,  incitan a una muy profunda reflexión sobre la imagen que la región y el mundo se van formando de quien se supone presidente de todos los venezolanos          

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”.                        

Clausewitz

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La guerra de Vietnam, la más larga y cruenta librada por los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial, le costó a los americanos 58.209 muertos y
153.303 heridos. En julio de 2007, al momento cumbre de la guerra de Irak, murieron 1.652 iraquíes, según cifras compiladas por los ministerios iraquíes de Salud, Defensa, e Interior; 2.024 según la cuenta de Associated Press; 1.539 según el Washington Post. Todos, con la excepción del Post afirman que se trata de un "pico" en la cantidad de víctimas. Desde luego, son cifras ridículas en comparación con las víctimas de esas guerras del lado de los pueblos agredidos. Pero infinitamente ridículas, absurdas y risibles en comparación con el saldo de víctimas provocadas por los grandes líderes del nazismo y del comunismo durante el siglo XX.

Revisemos algunas de dichas cifras. Mao, el dirigente insuperable en cotas de mortandad, provocó en China durante su reinado, aunque contabilizados sólo hasta 1987, la friolera de 77.300.000 bajas (setenta y siete millones trescientos mil muertos). 61.900.000 (sesenta y un millones novecientos  mil muertes) provoca el comunismo soviético entre 1917 y 1991. Las conflagraciones civiles provocadas por el comunismo ruso, el comunismo chino y el comunismo norcoreano provocan, respectivamente, la Guerra Civil Rusa, de 1917 a 1922. 9.640.000 a 14.940.000 muertos;  la Guerra Civil China, de 1928 a 1949.7.692.000 muertos  y el Comunismo Norcoreano, de 1948 a la actualidad, entre 6.500.000 y 7.000.000 de muertos.

Hay otras cifras que espantan la conciencia. La Primera Guerra Mundial causó entre 15 millones y 18 millones cuatrocientos mil muertos. La Segunda Guerra Mundial y el nazismo entre 58 y 64 millones de seres humanos. La Guerra de Corea alrededor de 3 millones de muertos en tres años. Un promedio espeluznante: un millón de víctimas mortales por año de guerra. La II Guerra Civil del Congo horroriza: entre tres millones ochocientos mil y cuatro millones cuatrocientos mil congoleños asesinados. Palidece en comparación la mortandad causada por la Guerra Civil española, de entre cuyos sobrevivientes muchos viven entre nosotros. No se hable de su descendencia: 810 mil  caídos.

El record de muertes de las guerras civiles y enfrentamientos tribales en África de este último medio siglo no baja jamás del millón de víctimas mortales por conflicto. Muchas superan los dos y tres millones de muertos.

Venezuela no desmerece en el ranking de los fratricidios y asesinatos masivos, genocidios y guerras de exterminio. Según las cifras aportadas por el propio Simón Bolívar, los primeros diez años de guerra civil independentista le costaron a la joven república un tercio de su población, casi trescientos mil muertos.  Treinta años después, la Guerra Federal costaría otros cien mil muertos. Gómez cerraría el ciclo con la batalla de Ciudad Bolívar que costó en pocos días tres mil muertos.

Se cuenta y no se cree. ¿Qué otro país de la región – y perdóneseme la siniestra metáfora en una guerra librada por unos incendiarios - puso tanta carne en el asador? Cuál de ellos quedó más desvastado, arruinado y desértico que el nuestro?

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“Hay aires de guerra”. La caricatura que tales irresponsables palabras provocaran en el caricaturista de El Mercurio, de Santiago de Chile,  incitan a una muy profunda reflexión sobre la imagen que la región y el mundo se van formando de quien se supone presidente de todos los venezolanos, así haga cuanto esté a su alcance por serlo sólo de la bulliciosa y agresiva algarada que, francamente minoritaria en un país profundamente pacifista y ecuménico,  le sigue con devoción y fanatismo.  Quien emite la frase aparece en un primer recuadro abrumado por cañones, ametralladoras, fusiles, pistolas y lanzagranadas: un Rambo tropical vestido de mercenario golpista en campaña. En el segundo recuadro los aires provienen de sus resoplidos. La lectura es demasiado evidente y no requiere de explicación alguna: el responsable de esos aires de guerra es el propio teniente coronel. Ningún otro.

Es una lectura sesgada, naturalmente. De Castro a Pinochet y Videla sobran en América Latina los promotores de Hobbes.  Así la guerra solapada y encubierta que se libra en los bajos fondos de Venezuela bajo el desgobierno bolivariano haya costado casi tres veces las cifra de muertos que los Estados Unidos cosecharan en Vietnam. Pues los ciento cincuenta mil venezolanos caídos a manos del hampa desde que Chávez accediera al Poder multiplica por diez la cifra de homicidios de esa guerra civil encubierta que la delincuencia libra contra los humildes habitantes de nuestras barriadas desde hace una década. Sin que el gobierno de Hugo Chávez moviera un solo dedo para ponerle atajo, perseguir y castigar a los culpables y dar el ejemplo de autoridad y disciplina moral que se espera del primer magistrado de una república mayor de edad.

¿Cuántos heridos por muerto habría que contabilizar en la guerra rojo rojita que los fablistanes y visires del régimen  le atribuyen a la exageración de los medios democráticos? ¿Medio millón, un millón? ¿Cuántos asaltos y robos a mano armada, jamás denunciados, debemos calcular para tener un mapa de la criminalidad bolivariana? ¿Cinco, diez millones? ¿Qué familia venezolana se ha librado de los atracos, secuestros, violaciones, robos y la más variada gama de estupros cometidos bajo el imperio de una policía tan corrupta o más que los propios delincuentes?

Esa es la guerra cuyos aires nos devastan, Señor Presidente. Esa, la guerra que usted auspicia y consiente bajo el consejo del siniestro Fidel Castro, para quien más vale una población aterrorizada, que pasada por el hervor del hamponato marginal pueda ser fácil presa de una dictadura totalitaria como la que usted pretende imponernos siguiendo su ejemplo, que un gobierno que garantice la paz, la prosperidad y la solidaridad entre sus ciudadanos. Que es lo que los venezolanos comienzan a anhelar, anhelando simultáneamente su salida. ¿Qué mejor trabajo de ablandamiento sobre una población de tradición levantisca y libertaria como la venezolana que unos barrios pobres y humildes bajo permanente estado de sitio? ¿Quién se atreve en La Charneca o en Plan de Manzano, en La Bombilla o en la Silsa, en la Vega o en Antímano a asomarse a sus ventanas, a salir a sus pasillos y callejuelas cuando el sol se pone en los cerros y colinas que rodean a Caracas, convertida bajo su mandato en siniestro anfiteatro de la delincuencia desatada?

Hay que ser cínico y caradura para pretender acusar a los Estados Unidos de la guerra que libra el narcotráfico colombiano contra el pueblo hermano de Colombia. Hay que ser descarado e hipócrita para armar a las FARC y recusar la presencia de soldados norteamericanos solicitados por un gobierno de aplastante mayoría ciudadana para ponerle atajo a sus sangrientos desmanes. Hay que creer imbécil a la opinión pública mundial para proveer de munición, armas cortas y largas y lanzacohetes suecos a las FARC , respaldar a la alta dirigencia de las narcoguerrillas colombianas y desestabilizar la región con suculentos maletinazos, denunciando simultáneamente la política de agresión del Departamento de Estado y la Casa Blanca.

Se le ve el bojote. Y quienes miran de soslayo y aceptan seguirle el juego – desde Lula a Cristina Kirchner – tendrán que ir cambiando de guión. Las cartas marcadas son demasiado evidentes. El costo político de la complicidad será demasiado alto. Lo sabrán muy pronto, cuando se vean arrasados por la inundación de rechazo que se incuba en las profundidades de América Latina. Honduras es apenas la punta del iceberg. Como el triunfo de Macri en Argentina y la derrota de López Obrador en México. El tiempo corre. Y es implacable.

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Sintomática la diferencia de apreciaciones que existe entre la presidente de Chile, Sra. Bachelet, y el candidato de su alianza de gobierno, el democristiano Eduardo Frei Ruiz Tagle sobre Chávez, su política expansionista, sus aliados del ALBA y la estrategia bolivariana en América Latina. Mientras la Sra. Bachelet intenta el mayor bajo perfil imaginable, viéndose en la obligación de guardar silencio ante los abusos y tropelías del teniente coronel, el Sr. Frei expresa a voz en cuello y frente a quien quiera oírlo que la política del llamado socialismo del siglo XXI atenta contra nuestras democracias. Lo viene sosteniendo desde hace mucho tiempo, incluso desde antes de alzarse con la candidatura. Contrasta su valiente y sincera actitud – propia de un demócrata activo y militante - con el extraño silencio del candidato Piñera, que prefiere no tocar el tema. Y mucho más con el respaldo a Chávez del joven candidato emergente Marco Enríquez-Ominami, que en cinco votaciones de la Cámara de Diputados a la que pertenece ha votado a favor del respaldo al teniente coronel venezolano. Del resto de la izquierda extrema – comunistas y socialistas radicales – no vale la pena hacer mención. Dependen ideológica y financieramente del gobierno venezolano, que los mantiene.

Posiblemente la causa de ese abierto rechazo de Eduardo Frei tenga razones estratégicas y tácticas. Amén de un sincero respaldo a la oposición democrática venezolana, tan comprometida con la causa anti pinochetista durante los feroces diecisiete años de dictadura. Allí donde los candidatos aparecieron vinculados con la política de Hugo Chávez, cosecharon grandes derrotas: Ollanta Humala, en Perú, más recientemente los Kirchner en Argentina, López Obrador en México, Balbina Herrera en Panamá. Tanto como los gobiernos de la región, incluida la Sra. Bachelet, respalden a Manuel Zelaya, lo cierto es que su defenestramiento es directa consecuencia de su subordinación al proyecto de desestabilización regional de Hugo Chávez. No volverá al Poder de Honduras mientras no tome distancias públicas y notorias frente a Chávez.

Es la respuesta contundente a quien quisiera incendiar el continente y ya encuentra el rechazo, puestas sus cartas en demasiada evidencia. Hay aires de guerra en el continente. Los sembró Chávez. Comienza a recoger la cosecha.


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