¿”Anárquica” o princesa del hampa?
Escrito por Manuel Caballero   
Lunes, 10 de Agosto de 2009 06:16

altDecir que “un grupo anárquico” asaltó Globovisión es un disparate semántico. Decir que “un grupo anárquico” asaltó las instalaciones Globovisión es, en el mejor de los casos, un disparate semántico; y en el caso de los voceros del gobierno, una mentira pura y simple. La anarquía como hecho y como doctrina es el rechazo de toda autoridad. Quien lo expresó con mayor claridad fue Pierre-Joseph Proudhon, quien llegó a decir que “quienquiera que ponga su mano sobre mí para gobernarme es un usurpador y un tirano y lo declaro mi enemigo”. De acuerdo con esa idea, la jefa del grupo asaltante no tiene nada de anárquica, pues jura y perjura en el nombre del más aborrecible de todos los poderes, el poder personal; y peor aún si encarnado en lo que los anarquistas de todo pelo y condición más detestan y combaten: el militar. A un grado tal que durante la guerra de España, los milicianos anarquistas se vigilaban para no marchar jamás al paso. Protegida y estimulada Desde que se hizo conocer, esta dama ha sido no sólo una vociferante partidaria de ese poder, sino que éste la ha cubierto, protegido y estimulado, como lo evidencia su más somero apunte biográfico. La primera vez que se oyó hablar de ella, fue a raíz del asesinato de miles de personas inocentes en el atentado contra las Torres Gemelas de New York. Con un grupo de sus secuaces, a modo de celebración del crimen, quemó entre gritos de alegría, fanfarrias y canciones una bandera norteamericana. O sea que estaba exaltando una triste hazaña del odio de otro de los poderes combatidos toda la vida por los anarquistas: el de la clerigalla, esta vez musulmana. Porque su celebrado Osama Bin Laden no atacaba el Estado sino al pueblo norteamericano, el “Gran Satán”, con la aspiración confesa de establecer en todo el mundo un régimen teocrático, sustituir el Estado laico y democrático por un absoluto y despótico Comendador de los Creyentes.

Su carrera criminal A partir de allí comenzó su carrera delincuencial. Las páginas rojas suelen hablar del “hampa común” para diferenciar sus acciones de aquellos que cometen delitos pretextando que lo hacen para mayor gloria de la Revolución. Mientras que aquellos cometen atracos, éstos hacen otro tanto pero prefieren llamarlos “expropiaciones” como en la clandestinidad pre-octubrista acostumbraba llevar a cabo el camarada Stalin. Pero en el caso de la señora Ron, desde el principio era prácticamente imposible diferenciar sus acciones de las del hampa común, a partir de algo tan simple e inmediato como su lenguaje procaz, el habitual de los tratantes de blancas.

Todo el mundo presenció horrorizado como esa señora desarrollaba sus acciones con un frenesí y un estentóreo lenguaje que hacían sospechar que su apellido no fuese tal sino el combustible de un exaltado delirium tremens. Todo el mundo condenaba esas acciones y se asombraba con ingenuidad de que semejante peligroso parásito social gozase de una aparente impunidad.

El altar de la Revolución Hasta que se supo que esa impunidad no era ni aparente ni producto de la desidia policial. En una de sus delirantes habladurías de “¡Aló Presidente!”, este último señor condenó no a las acciones criminales de la susodicha, sino a los que, desde diferentes ámbitos, “satanizaban” a quien era, dijo, sólo una meritoria “luchadora social”. De tal modo y manera, que por obra y gracia del Supremo, Lina Ron era consagrada Gran Dama de la Revolución, elevada a los altares del proletariado junto con Louise Michel y Flora Tristán, Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, la Pasionaria y Zoia Konmodemianskaia.

Con semejante aval, esta señora ha continuado su meteórica carrera en el hampa: desde el asalto al Palacio Arzobispal hasta las agresiones a los medios independientes, no gubernamentales. Cuando se le va la mano, sobre todo cuando actúa en uno de esos momentos en que el Héroe del Museo Militar decide endosar la piel de cordero y la doña, para decirlo en el lenguaje de la farándula, le “roba el show”, se le hace algún leve reproche, se le pincha sin maldad un glúteo.

La adoptó Diosdado A partir de cierto momento, Diosdado Cabello la tomó bajo su directa protección, y por eso se le veía menos en Caracas mientras gozaba de su sinecura en la Gobernación de Miranda. Pero el electorado de aquel Estado decidió no soportar más a aquel señor que aparte de sus bellos ojos exaltados por su Comandante en Jefe, no mostró (ni tampoco hizo ningún esfuerzo por adquirir) mérito alguno que le ganara la reelección. Y aquí sí se montó, como se dice, la gata en la batea: sacando la más simple de las cuentas, un contralor de la región demostró que el fulano podría tener los ojos más bellos del mundo, pero también la mano veloz del carterista: el enriquecimiento ilícito le ha ganado un puesto a la diestra del Dios Padre de la revolución bonita, en un Olimpo que de ladrones ya está atestado en un volumen desconocido en la historia de Venezuela (y mire que los ha habido, antes y después del Benemérito General Juan Vicente Gómez). Como los medios comenzaron a denunciar la insaciable ladronería del señor Cabello, aquí ha vuelto a entrar en liza esta princesa del hampa “bolivarera”.

El mandón de Miraflores designó a Diosdado Cabello para acabar con la libertad de expresión sabiendo que pondría en eso todo su empeño, por ser quien más tiene que perder si los mass media se emperran en denunciar sus malhechurías. Y como la burocracia es siempre lenta, allí está presente para proceder a las “expropiaciones” de rigor este raro espécimen de una “anárquica” protegida y mantenida por el poder. El pobre Mijail Bakunín debe estar revolviéndose en su tumba.

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