Banner
Banner

Caracas, Martes, 09 de Marzo de 2010
Opinion
Noticias
Banner
Banner
Banner
La taquigrafía, el alambrito y la electricidad PDF Imprimir E-mail
Escrito por J. J. Peña Peña   

altCuando comencé en estas lides del periodismo, los únicos grabadores eran unos "ladrillos" que, por supuesto, eran incómodos por grandes y pesados. No había, ni siquiera, la posibilidad de echárselo a un bolsillo, mientras que los existentes en las redacciones eran unos cajones como de 40x40 centímetros que funcionaban con unas cintas de esas que se ven en las películas de los años 60. Grandes, sí, muy grandes.

Eran accesorios de trabajo al que recurrían los periodistas de entonces y quienes ni siquiera se imaginaban que en los próximos años vendrían equipos pequeños, muy pequeños como para contradecir aquello de que el tamaño sí importa. Los periodistas de los años iniciales del CNP, muchos menos de la AVP, no podían concebir que a la vuelta de la esquina venía una tecnología tan moderna que, con la digitalización, hasta se puede lograr que un condenado aparatico, así de chiquito (junten ustedes los dedos pulgar e índice) hasta puede transcribir directamente en texto Word lo que se ha grabado.

Todo este proceso de captación de palabras, desde antes hasta ahora, ha venido desarrollando, con las excepciones de caso, una generación de periodistas que se han convertido por una perversa costumbre, en simples transcriptores, lo que no les permite, por la inmediatez del trabajo, el análisis y el razonamiento, aparte de ir perdiendo la memorización y la consideración de lo que se dice en una entrevista.

Cuando se graba se corre el riesgo de no captar el punto más importante del mensaje pues, por lo regular, se deja la responsabilidad de lo que se está expresando a lo que recoja el grabador.

Hechas estas reflexiones, permítaseme señalar que en todos estos años metido en la comunicación social, han sido muy pocas las oportunidades en que he recurrido a un grabador. Lo he usado para entrevistas en que las cifras son lo más esencial, lo primario, lo elemental, el meollo o quid de los datos que se están aportando. Para lo demás, no. Por eso ha sido una constante que el entrevistado mirara mi libreta de apuntes y, con toda desfachatez me haya hecho la pregunta que resulta un tanto temerosa: "¿Y usted sí entiende lo que dice ahí?" Y no ha faltado, por supuesto, el que, con cierta sutileza, mirando mis garabatos interrumpiera sus palabras para probarme: "¿Cómo era que iba diciendo?".

Pues bien, por iniciativa propia, por quitarme de encima lo "ladilloso" que significaba desgrabar (¿se dice así?) hice lo de Rafael Caldera: aprender taquigrafía por mi propia cuenta y, desde entonces, todo ha sido pan comido. Con el tiempo, las rectas y curvas, así como los gramálogos se han fusionado con mi escritura en español resultando, entonces, una taquigrafía acomodaticia.

Y, ¿a qué viene todo ésto? Es que quería echar el cuento que en un librito de ejercicios de Taquigrafía Gregg venía una especie de anécdota que, más o menos es así: un notario fue llamado al lecho moribundo de un hombre muy rico para hacer el testamento, pero como acababa de morir, los sobrinos le colocaron un alambrito a la cabeza de manera que pudieran moverla a voluntad. Cuando el notario llegó, le dijeron que el tío no podía hablar y sólo por señas diría su voluntad, de manera que comenzaron a preguntarle si le dejaba a uno u otro sobrino cada una de las propiedades y, por supuesto, la cabeza se movía afirmativamente. De pronto, el notario dijo: "Ahora me toca a mí". "¿Deja usted al notario que da fe de este testamento la finca con quinientas reses que están en el sector Los Samanes, así como el edificio ubicado en la avenida principal de esta ciudad?". La cabeza permaneció quieta. El funcionario volvió a preguntar y la cabeza seguía firme en su sitio sin dar ninguna señal, hasta que el notario exclamó: "¡Señores, o el alambrito funciona para todos o ustedes se quedan sin testamento!".

Con toda esta descripción en la que quería resaltar la última anécdota, pienso yo que con este racionamiento de electricidad con el que nos dejan a oscuras o se nos empichan los alimentos de la nevera, ¿no habrá la manera que el alambrito funcione para todos? Algo así como eso de la igualdad de condiciones de las que nos ha hablado últimamente Diosdado Cabello. ¿No habrá posibilidad, digo yo, que cuando se vaya la electricidad por aquellos sectores de Cafinca, a la planta eléctrica que funciona en la residencia de Adelis Chávez también le muevan el alambrito para sus vecinos? Es que, mire usted, ¡cómo nos morimos de envidia cuando quedamos en tinieblas y vemos allí, en aquella residencia, todo tan reluciente como un sol!

El alambrito, reflexiono yo, debe ser un rasero: que funcione para todos.

La Prensa de Barinas

 
Banner
Banner