Del mito político: a medio siglo de un suicidio
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 16 de Mayo de 2016 00:30

altUgarte Pelayo es un actor importante en el juego político y, por supuesto, en las complejidades de la vida interna de los partidos de entonces que, además, contrasta con la triste y grosera simplicidad del presente

“Mi hermano fue un fin de raza. Un personaje

que cabalgó en la transición del país rural al país urbano.

Yo no, yo fui decididamente un muchacho
urbano, un televidente, un profesional de la democracia,
un posible agente del desarrollo que se auguraba
a la caída de Pérez Jiménez.

En fin, mis mitos fueron otros”
[Torres, 1999: 86]
 

A mediados de la década de los sesenta del XX, la opinión pública venezolana experimenta otro estremecimiento con el suicidio de Alirio Ugarte Pelayo, cuya estelaridad en el escenario político resulta insospechada en el nuevo siglo. Más que una mera crónica de la tragedia, intentamos una explicación inicial que nos permita  deducir y proyectar la trascendencia del evento, partiendo de una básica noción del mito.

 I.-    De la acuñación mítica

Término equívoco y polémico, optamos por la perspectiva del mito que ofrece Mircea Eliade, entendida como una realidad cultural: historia sagrada, acontecimiento del tiempo primordial, expresión de los “comienzos”. Tratamos del relato de una “creación” con intervención “sobrenatural”, cuya función principal es la de “revelar los modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas significativas” a los que debemos volver para corregir las situaciones actuales, darle significación al mundo y a la existencia humana [Eliade:12-14, 151-153], imitación y re-creación.

Constitutivo del ser humano, el pensamiento mítico – por obra de los mass-media – cuenta con renovadas versiones y, apartando las observaciones del autor sobre las sociedades de masas y el consumo cultural, tomamos una expresión útil, como es la del “culto de la originalidad extravagante”, dificultosa e incomprensible [Ibidem:196]. Inferimos, culto que explica nuestra gesta independentista que exige continuidad para remediar los males del presente, retornando a los esfuerzos y testimonios excepcionales que nos fundaron como país.

El eterno retorno, exacerbado por el régimen inaugurado en 1999, confundiendo al mismo Chávez Frías con Bolívar, luce como una tentación impuesta por las circunstancias ahora en curso.  Hipotéticamente, al decaer el actual régimen,  hará inevitable la revalorización de la democracia representativa y la de los actores políticos que lo precedieron para otra acuñación mítica.

II.-    Sucinta relación biográfica

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Información suficientemente consolidada, Alirio Ugarte Pelayo nació en Anzoátegui (localidad del estado Lara), el 21/01/1921, y falleció en Caracas, el 19/05/1966, al suicidarse en su casa de habitación antes de dar una rueda de prensa como el esperado preámbulo para un nuevo derrotero político. Adoptado por Luis Horacio Ugarte y Hercilia Pelayo, fue hijo biológico del general José Rafael Gabaldón y Romelia Tamayo, circunstancia que marcó toda su vida, provocando no pocas especulaciones de los adversarios.

Presidió el Consejo Supremo de la Federación de Estudiantes de Venezuela (1942), asumiendo importantes responsabilidades políticas en el gobernante Partido Democrático Venezolano (1943) del cual fue concejal por Caracas (1944). Luego de la llamada Revolución de Octubre (1945), dos veces detenido, desempeña actividades periodísticas para Últimas Noticias, El Heraldo y El Nacional, recibiéndose como abogado por la Universidad Central de Venezuela, para inmediatamente ejerce la docencia superior;  y, caído el gobierno de Rómulo Gallegos (1948), es corredactor del Acta Constitutiva de la Junta Militar, director de Política del ministerio de Relaciones Interiores y, al año siguiente, gobernador del estado Monagas.

Después del magnicidio de Carlos Delgado-Chalbaud, renuncia en 1952 por ante la Junta de Gobierno y emprende un viaje voluntario a Europa y América del Norte  hasta 1956,  cuando regresa y cumple  funciones de asesor legal para la Creole. Contactado con la Junta Patriótica, al caer el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, es nombrado secretario con rango ministerial de la Junta Provisional de Gobierno (1958),  renunciando y descartando la embajada venezolana en Francia a los muy pocos meses para aceptar la invitación que le hace Jóvito Villalba, a objeto de integrarse a Unión Republicana Democrática (URD), como su secretario de Doctrina y representante por ante el Consejo Supremo Electoral (CSE), cumpliendo funciones de embajador en México (1959-1961).

Ya había perdido como candidato a senador por el estado Cojedes en los comicios de 1958, poco promisorio para URD, no hallando cupo para una diputación y soportando también una leyenda negra como cooperador de la dictadura. Emero, fue exitoso su desempeño diplomático y regresó para reasumir sus nada despreciables responsabilidades políticas en el partido y en el CSE.

De nuevo en Venezuela, es detenido por supuestas vinculaciones conspirativas con Carlos Savelli Maldonado, a la vez que es electo diputado por su estado natal (1963), y – previa reforma estatutaria – se convierte en el subsecretario general de URD,  promoviendo el apoyo y la incorporación al gobierno de Raú Leoni (1964), mediante la coalición denominada Ancha Base, aunque hay  se evidencian contradicciones al respecto. Presidente de la Cámara de Diputados y subsecretario general de su partido (1965), encabezó la corriente opositora al gobernante partido Acción Democrática que, entre otras vicisitudes, motivó la suspensión de la militancia partidista,  a la cual definitivamente renunciaría (1966) con la finalidad de constituir el Movimiento Democrático Independiente (MDI), cuyo anuncio formal se esperaba cuando decidió quitarse la vida en la biblioteca hogareña: “Yo no me creo talentoso, pero procuro serlo, no me creo bondadoso, pero procuro serlo”, señaló Ugarte Pelayo en una entrevista de prensa tres meses antes  [Reinoso, 1966].

De probadas inquietudes intelectuales, la Fundación Polar expone las siguientes obras: “Coplas del amor ausente”, Guanare, 1940; “Poemas”, Editorial Artes Gráficas, Caracas, 1942; “Espacio de mi tiempo, cantos nacionales y otros poemas”, Ávila Gráficas, Caracas, 1952; “32 meses de gobierno en el estado Monagas”, Gobernación del Estado, Maturín, 1952;  “Destino democrático  de Venezuela”, Unión Republicana Democrática,  Caracas, 1960; “La cueva del Guácharo”,  Ediciones del Bicentenario de Maturín, 1960; “Discursos parlamentarios”, Cámara  de Diputados, Caracas, 1966; y “América Latina ante Estados Unidos”,  Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1967. A la evidente inclinación poética, sumamos la de las artes plásticas como una excepcional inquietud para un activo dirigente político palpable en los textos de opinión de la época.

Valga acotar el formidable impacto político que produjo el suicidio, obligando al reacomodo de sus partidarios ya fuera de URD. E, igualmente, señalar que, con el tiempo, el recuerdo de la destacada figura fue diluyéndose [1].  

III.-    El contexto de una tragedia

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Para mayo de 1966, Ugarte Pelayo es el centro de una severa y también clásica crisis de un partido que está asociado al gobierno, suscitando toda la atracción que ésta condición concede. Ocurre en el marco de un país todavía violento, pues, convengamos, aún la insurrección armada no se sabe definitivamente derrotada con los comicios de 1963, conmocionado por el hallazgo del cadáver de  Alberto Lovera y el pavoroso homicidio de la esposa de un diputado acción-democratista.

Curiosamente, al relacionar la prensa de tres decenios caraqueños, Manuel Alfredo Rodríguez finaliza su referencia al año (y al libro mismo), con un extenso obituario dando cuenta del fallecimiento de las personalidades destacadas por causas naturales y – asimismo – criminales, aunque esboza las obras de progreso que adelanta el gobierno de Raúl Leoni [2]. Empero, sentimos que, políticamente, la atención está centrada en las expectativas que generan las elecciones pautadas para 1968, como solución a los problemas en desarrollo y a la clara competencia por el liderazgo en la Venezuela que aún distaba de la polarización abierta en 1973.

Ugarte Pelayo es un actor importante en el juego político y, por supuesto, en las complejidades de la vida interna de los partidos de entonces que, además, contrasta con la triste y grosera simplicidad del presente. Víctor Manuel Reinoso dejó un testimonio periodístico que apunta muy bien al larense, presumiéndolo bajo un control absoluto de sus emociones: “Alirio Ugarte Pelayo no sólo ha sido el político de las últimas dos semanas. Ha sido el político del mes. De repente se halló en las puertas de la expulsión del partido del cual es Subsecretario, pero Alirio, en sus 42 años, ha aprendido mucho, sobre todo a ser sereno (…) De Ugarte no es fácil decir algo nuevo. Los periodistas están siempre detrás de él”  [Reinoso, 1966].

IV.-     Facetas de interés

Atendiendo nuestro presupuesto conceptual, identificamos cinco aspectos en la vida de Ugarte Pelayo que pueden suscitar el interés actual de legos y especialistas. Atañen al compromiso político más remoto y al más reciente, acentuando su más íntima preocupación y convicción sobre el tema militar, además de las inevitables vertientes personales: el trauma que lo aquejó y su inquietud intelectual.

1)    Héroe trágico

Ugarte Pelayo fue hijo extramatrimonial del reconocido general José Rafael Gabaldón y, aunque “muchas veces analizó el problema de su nacimiento (…) jamás lo hizo para juzgar a sus padres, indica una importante biógrafa que,  además, accedió a los archivos personales del larense y publicó una parte de su correspondencia íntima. Autora que, por una parte,  nos remite a las costumbres de las familias reputadas de la época,  probablemente justificando el comportamiento del militar calificado como “jefe responsable de familia armoniosa y bien constituida”;  y, por otra, apuntado el trauma inevitable de una difícil crianza, advierte la “gallardía moral” de Ugarte Pelayo, quien consideró innecesario llevar el apellido paterno, como lo deseaban sus hermanos Gabaldón Márquez, siendo consecuente con la familia que lo acogió [Torres Molina: 7,10].

Destaquemos que esta circunstancia personalísima fue de dominio público, pues, la abordaba con franqueza Ugarte Pelayo en los medios escritos y audiovisuales [Reinoso, 1966].  En la Venezuela previa a la reforma del Código Civil de principios de los ochenta, fue amarga la distinción entre los hijos legítimos y los naturales, por lo que la situación del larense pudo enmarcarse en la de aquellos que, a pesar de las más adversas condiciones que impuso el no-reconocimiento paternal y formal, dignos de emular, lograron destacarse por sus realizaciones positivas así terminasen trágicamente su trayectoria heroica y susceptible del mito que la explicase.

Además, no por casualidad, Enrique Meléndez insiste en el profundo impacto que produjo en Venezuela  la versión de  ”El derecho de nacer” de Félix B. Caignet, melodrama que conjugaba elementos como los el racismo, los prejuicios sociales y el amor, con un final infeliz y de visos shakespeareanos en el caso de Ugarte Pelayo, calificándolo de “hombre sicótico”, capaz de pasar de pasar de la “euforia a la depresión más absoluta”, según el testimonio de Donato Villalba  [Meléndez: 177, 217, 223, 225]. Incurriendo en el obituario, damos cuenta que figuras estelares de la farándula radiotelevisiva de mediados de los sesenta, como Edgar Jiménez (“El Suavecito”) y Carlos Alcides González, fueron suicidas en un tiempo que constituyó un fenómeno aparentemente recurrente y que, en el caso de la dirigencia política, un destacado articulista que desempeñaba el oficio, anotó como una carencia de lo llamado por los psicólogos “éxtasis emotivo” para afrontar las adversidades, el miedo y el desencuentro [3].

2)    El compromiso político mediato

Nuestra contemporaneidad ha necesitado de un tiempo referente, primordial o fundante que la legitime y, unos, lo encuentran – derivado de la gesta independentista – en la llamada Revolución de Octubre (1945), y, otros, en los gobiernos que la precedieron ejemplificando una evolución segura y pacífica hacia la democracia. Aquélla fecha alcanza la fuerza y el vigor del mito, siendo lo “esencial” para las élites, no la historia de los dioses, sino la “situación primordial” que produjo y a la que debe volverse (“regressus”), más por un “esfuerzo del pensamiento” que por la vía de los rituales [Mircea: 119-121].

Ugarte Pelayo, líder emergente en 1958, no pertenecía al “tiempo primordial” e, incluso, como Arturo Uslar Pietri, fue víctima de los eventos, pero – ambos – contribuyeron, voluntaria e involuntariamente, a redibujar el proyecto original para hacerlo definitivamente viable a través del Pacto de Puntofijo. No obstante, uno y otro, tuvieron que soportar igualmente la descalificación de una adscripción que se hizo cada vez más remota.

Dirigente de trayectoria, el larense fue director de la Federación de Estudiantes Venezolanos (FEV) y victorioso concejal de Caracas, ya militante del gobernante Partido Democrático Venezolano (PDV) y, ya caído Isaías Medina Angarita, tomando la política “un camino de afro-cubano sabor rumbero”, como le dijo a Adolfo Blonval López, convencido que “desgraciadamente” el depuesto presidente no eliminó a los viejos oficiales ni admitió el voto directo [Cit. Torres Molina: 68 s., 161], se hará reportero de un importante diario, culminará sus estudios de derecho y ejercerá la docencia en la UCV. Al caer Rómulo Gallegos, por influencia nunca negada de Luis Felipe LLovera Páez, desempeñará la dirección de Política del ministerio de Relaciones Interiores y, después, la gobernación del estado Monagas, suficientes para el posterior denuesto del que se hizo acreedor.

Siendo director de Política del aludido ministerio, desmiente los señalamientos hechos sobre las condiciones en las que se encontraban los presos políticos y, al citar a los medios, refirió, trató de alertar a la propia Junta de Gobierno [Reinoso, 1966].  Gobernador en 1949, con una obra destacada, proclive a la consulta con el mismo Jóvito Villalba para algunos nombramientos [Torres Molina: 235], el también profesor de secundaria,  diligenciará ante Germán Suárez Flamerich, sucesor del malogrado Carlos Delgado-Chalbaud,   y en la convención de gobernadores, la reapertura de la UCV, negándose a destinar a los detenidos en el estado a Guasina y a inscribirse en el FEI, partido gubernamental.

Ha versado sobre un “frente de solidaridad nacional” con URD, COPEY (sic), representantes del lopecismo y del medinismo, como del comercio, agro e industria, intentando detener el fraude electoral de 1952, incluyendo diligencias concretas como la de hablar y comprometer al jefe de la Guarnición de Caracas, coronel Hugo Fuentes, y al de la Guardia Nacional, mayor Oscar Tamayo Suárez: “… Es ofue secreto y yo no lo voy a revelar, sino cuando escriba mis memorias. Todavía no pienso hacerlo (…) Creo que todo político debe escribir las suyas, por bien de la historia” [Reinoso, 1966].

Removido de la gobernación, sale al exilio voluntario en 1952 y, aludido por su colaboración con el gobierno militar, dijo   “contribuir al enrumbamiento  del país hacia una organización constitucional equilibrada” para “frenar las violencias de una demagogia chillona” y los “apetitos reaccionarios que de una vez quisieron monopolizar la voluntad militar”, insistiendo en una  gestión autónoma como gobernador. Ugarte Pelayo se marcha y, en el borrador de una carta dirigida a Jóvito Villalba, expresa que “siempre en acuerdo con usted, incluso cuando resolví regresar al país”  [Torres Molina: 163, 235].

3)    Convicción sobre la corporación castrense

Huelga comentar sobre el mito militar en Venezuela, como exclusivo forjador de la Independencia, beneficiario de otro como el del “gendarme necesario” e impoluto árbitro de los destinos del país. A la caída de la dictadura perezjimenista hubo reacciones extremas ante las Fuerzas Armadas, como la de rescindirlas completamente, facturándolas por el soporte que le dio, o la de devolverlas al poder, poniendo coto a todo desorden y anarquía.

Ugarte Pelayo procurará ponderarlas en el marco de la institucionalidad necesaria, propia del Estado de Derecho, dejando por sentada la incompatibilidad entre democracia y militarismo, pero a la vez – a propósito del respaldo a la candidatura presidencial del contralmirante Wolfgang Larrazábal, en 1958 – busca la precisión política no menos necesaria: “… Consideramos incorrecto proclamar que la democracia requiere un Presidente civil. Tan incorrecto y abusivo como afirmar que la estabilidad de las instituciones demanda un Presidente militar. La verdadera cuestión es otra. Venezuela necesita llevar a la Presidencia de la República a un hombre con talla de estadista, con sensibilidad histórica, con formación doctrinaria, con experiencia en el manejo de los resortes de la vida pública” (Ugarte Pelayo, 1960: 27 ss., 32 ss., 37 ss.). Sin embargo, está muy consciente del rol que ha jugado la entidad armada, demitificándola.

Entre los documentos privados del larense, revelador de sus íntimas convicciones, Torres Molina cita uno, suscrito en Madrid, en 1954, con el título “Meditaciones” (Torres Molina: 151-163). Lo consideramos relevante al versar en torno a “toda una concepción política del Estado, fundamentada sobre el predominio militar”, con una interesante mirada sociológica, acaso, un secreto a voces, pues,  las Fuerzas Armadas constituyeron y constituyen un canal de ascenso social, como lo ilustra Ana Teresa Torres en una escena de su novela, cuando el general Pardo vuelve a la casa donde fue sirviente [Torres: 37 s.],  Empero, en el siglo XXI, la exacerbación de los privilegios que le concedió el perezjimenato, traspasa las fronteras del delito.

Señala Ugarte Pelayo  un incremento de la organización castrense, cuya hipertrofia significa una “carga pesada para el régimen financiero de la Nación”, alcanzando las características de una “verdadera casta”, ventajista, excluyente, aislada con sus familias e íntimos, en urbanizaciones, edificios, escuelas, hospitales propios. Luce exagerado considerar al Ejército, desnaturalizándose,  como la más elevada institución del país, además de originaria y capaz de sustituir al Estado, convirtiéndose en árbitro permanente de la vida venezolana.

Entre el “instrumento personalista de un tirano” y el “instrumento técnico de un Estado constituido conforme a derecho”, opta por el soldado profesional, una institución armada de sólida estructura técnica, para la defensa nacional y garante de las instituciones, prohibida la “inmiscuencia permanente en la vida política”. Añade, “… No solamente es la República la que necesita de un ejército profesional y técnico para garantía de su evolución normal, sino que el Ejército necesita el Estado de Derecho para alcanzar su  plano más alto”.

Llega al escarnio, pues, al Ejército “se le convierte en cauda servil del afortunado que habla arrogándose el derecho de adivinar la voluntad de un cuerpo que carece de órganos precisos para analizar, formar y definir los elementos doctrinarios y prácticos de lo que pudiera ser su verdadera voluntad”, dándonos otra pista de una postura a reivindicar en el siglo XX.  Y, a los fines del presente trabajo, importa citar in extenso: “Históricamente, el Ejército venezolano es, mutatis mutandi, nuevo. Una criatura del gobierno de Gómez. En cierto modo, una conquista democrática en el camino hacia el Estado de Derecho. Por eso el Ejército venezolano no tiene glorias, por eso Venezuela no tiene glorias militares. Glorias guerreras que alcanzan dimensiones universales, sí.  Pero eso fue otra cosa. Esas glorias son tan de los actuales militares como de los periodistas o de los médicos o de los apicultores. Aquello fue el pueblo en armas. O las porciones del pueblo que sucesivamente se fueron sintiendo posesas  del genio de la libertad denominado Simón Bolívar, tomaron las armas y se fueron a calentar con su corazón los hielos de los Andes y a vestir sus desnudeces con los pendones arrogantes de los vencedores de Napoleón Bonaparte. No digo estas cosas para menospreciar a los actuales integrantes de las fuerzas armadas, ni para negar el valor de la función militar que el estamento castrense tiene la oportunidad de cumplir ahora. Simplemente señalo unas verdades por las cuales nadie debe ofenderse. Ni los escritores, ni los comerciantes, ni os agricultores, ni los militares libertaron a Venezuela. La libertó el pueblo, la libertó Bolívar; el pueblo de las montoneras y el Bolívar de las proclamas”.

4)    Inquietud intelectual

Hay claves más importantes que otras en el desarrollo del liderazgo político y nos preguntamos cuál fue  la decisiva de Ugarte Pelayo, susceptible de generar el mito correspondiente. Apartando otras cualidades, quizá haya que sintetizarla  en dos: una contrastante profundidad en el planteamiento y el relacionamiento interpersonal. Acaso, en esto se parecía a Domingo Alberto Rangel, cuya vocación por el estudio y su ascendencia en determinaron sectores juveniles,  le dieron un sello distintivo y controversial.  

Al glosar las posturas del larense, a propósito de la participación comicial  de los partidos ilegalizados, como el  PCV y el MIR, en el seno del Consejo Supremo Electoral del cual era representante de URD, Meléndez glosa el testimonio recogido por Torres Molina. La disertación revelaba al “hombre que se movía en el terreno de la lógica y en el que no dejaba de estar presente el profundo espíritu democrático (…) planteadas irrefutablemente, lo que aquel señor expresaba, como cuando argumentaba, y lo que nos pone en evidencia a condición de dirigente político que fue Ugarte Pelayo  desde un punto de vista intelectual” [Meléndez: 210].

De sólida formación y estilo propio, es el responsable de adoctrinar a las nuevas generaciones surgidas de URD, surgidas a la caída de la dictadura. No obstante, hay otras facetas en el mismo ámbito de la inteligencia que se expresa: “Este hombre fue un caso bien particular en la política venezolana. Se trataba de un poeta prestado a la función pública: un hombre de verbo fluido y profundo; lo que le había hecho labrarse un puesto en la arena pública en una forma prematura, que le granjeó numerosas en enemistades, producto de una cierta envidia que genera” [Meéndez: 216].

Compartirá gustos e inquietudes con muchos de sus coetáneos, pero – convengamos – ahora se exhibiría como una “personalidad extravagante”. Torres Molina cuenta que hizo un curso de historia de la pintura en el Museo del Prado en la Escuela del Louvre, redactando una obra inédita (“Lo abstracto y lo concreto en la historia de la pintura”), lo cual explica algunos de los artículos que la vieja prensa le recoge; y  agrega: “Amaba sus libros, sus muebles, sus cuadros, sus esculturas, pues, “los límites de su cultura y capacidad creadora eran imponderables, imposibles de precisar” (Torres Molina: 43).

El mito, expresado en un mitologema, está representado por imágenes y símbolos que sobrepasan todo cuestionamiento conceptual y, como refiere la literatura especializada, no es un mero relato, sino una realidad vivida. Probablemente, por estas facetas enunciadas, como las que exhibió Ugarte Pelayo, podrá verse reivindicado por estos años, sobre todo por razón del  contraste que, en líneas generales,  ofrece con el dirigente político de hoy con escasas preocupaciones intelectuales, añadidos aquellos ámbitos como la música o el arte.

El emblema por excelencia de un líder culto fue Arturo Uslar Pietri y, ahora, después de una excesiva banalidad de los dirigentes capturados por el solo instante mediático, haya una recuperación de aquél que también genere confianza por sus dotes personales. Independientemente de toda adscripción política e ideológica. Mutatis mutandis, la actual atracción que ocasiona Henry Ramos Allup, entendemos, no se debe solamente al “kilometraje político” que expone, sino a la capacidad de argumentar qué es un delito, en medio del acalorado debate parlamentario, juzgado como un aleccionador jurídico.

5)    El compromiso político inmediato

Después de 1958, se abre el otro tiempo primordial o fundante, dispuestos los actores políticos a corregir los yerros del llamado Trienio Adeco. Ugarte Pelayo, quien contactío a la Junta Patriótica y se convirtió en funcionario indispensable de la Junta Provisional de Gobierno, desempeñará roles muy importantes en la difícil transición política.

De la detención de 1963, acusado de conspirador, ocupará una curul parlamentaria al año siguiente. Presidirá la cámara de Diputados y, simultáneamente la subsecretaría general de un partido decisivo, como URD. Hay capacidad de despliegue en un juego político altamente competitivo, dentro y – con mayor razón – fuera de la entidad amarilla que presidente – nada más y nada menos – que Jóvito Villalba.

El larense aludía hacia 1964: “La polémica política ha padecido en los últimos años de un gran vicio: el de sustituir la información por la calumnia, el argumento por el insulto, la razón por el odio. Y el país está cansado de eso. Si los dirigentes de Partido permitimos que esa realidad negativa se prolongue, los Partidos van a quedar al margen de los intereses históricos de la Nación y las fuerzas sociales terminarán por buscar otro camino. O hacemos una política constructiva desde el Gobierno y desde la Oposición, o el régimen democrático quiebra”, expresando más adelante, sobre las candidaturas presidenciales, la “necesidad de un entendimiento” a objeto de mantener las instituciones, salvando así lo fundamental del proceso democrático (Cit. Torres Molina: 58 s.).

O, empleando una retórica que, en el presente, puede convertirse en  toda una seductora novedad,  luego del envilecido lenguaje público, Ugarte Pelayo manifestaba en la cámara hacia 1965: “El sentido del presente y la clave de nuestro futuro están en la realización en el país de una democracia funcional y de un venezolanismo  revolucionario, dando a la palabra revolución el sentido realizador de la creación fecunda y no el catastrófico de la estéril destrucción; dando al concepto de venezolanismo su alcance bolivariano de afirmación de lo patriótico para lo universal; dando a la idea de funcional una significación pragmática de operatividad a favor de las mayorías, sin el sacrificio de los valores individuales y estamentales …” [Ugarte Pelayo, 1965: 115].

Hará una vida intensa de partido hasta su expulsión, sugerida una línea de deslealtad, como la de celebrar reuniones sociales nada inocentes, con representación de los más diversos sectores políticos y económicos, añadidas las personalidades de la extrema izquierda [4]. De insostenible posición, buscará fundar otra organización política.

V.-    ¿La emergencia de un mito?

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Políticamente, el mito asegura la unidad, la participación, la claridad y la predisposición favorable hacia una determinada causa tomada por histórica, primordial o fundante. En la Venezuela del siglo XXI, agotada la versión que impulsó e impuso Chávez Frías de un interesado bolivarianismo,  se abre la posibilidad para una distinta interpretación de lo que se concibe como una transición política que necesitará de referentes, hechos y actores que faciliten la recuperación de valores, hazañas y testimonios que la hagan viable.

Probablemente, la experiencia democrático-representativa ofrezca una orientación indispensable para la otra, propia de la nueva centuria, signada por una radical incertidumbre. Hubo situaciones muy duras y complejas de zanjar, líderes de cualidades a descubrir, como testimonios de lucha que comprender y retomar, pero – de un lado – se trata de volver al espíritu de una época – anterior a las grandes bonanzas petroleras –  a la que no da tiempo para abordajes racionales, importando una interpretación que integre, movilice, esclarezca y estabilice; y – por otro – sugiere un inventario, porque también generó una mitología de la ultraizquierda que sepultó cualesquiera otras de las manifestaciones de centro, centro-derecha y centro-izquierda, como un poco  puede apreciarse a lo largo de la obra de Ana Teresa Torres [5]. Es  decir, la transición apunta a la producción más o menos espontánea de un mitologema que le otorgue la certeza que la única explicación racional no concede para los efectos políticos deseados.

1)    El régimen mítico

La sentencia popular de “éramos felices y no lo sabíamos” aporta a la hipótesis planteada sobre la atención que podemos prestar a la década de los sesenta, en la que comenzó a construirse la democracia representativa que derrotó, por cierto, la subversión exportada desde Cuba. He acá la originalidad extravagante de Mircea, nuevamente magnificados eventos,  como los que nos dieron sello e identidad:  23 de Enero de 1958 [6].

Se dirá, retomaremos el curso de la historia, con el mito correspondiente de renovación [Mircea: 42]. Ugarte Pelayo, incluso, emplea un lenguaje que puede resultar atractivo para las nuevas generaciones hastiadas por las consignas, colándose un propósito programático, pues, imputó la caída de Pérez Jiménez a un “estado polifacético de conciencia”, en el que  todos los sectores civiles y miltares “terminaron por paralizar al régimen” y, “a la hora de formar Gobierno no hubo una avalancha de triunfadores enardecidos sino una composición de fuerzas responsabilizadas”. Y ante los viejos rencores y posiciones excluyentes, “el primer valor a defender es el de la estabilidad de las instituciones” (Ugarte Pelayo, 1960:  23 ss.).

La “edad de oro” cuenta con una poderosa fuerza didáctica, acaso insustituible al tratarse de recuperar los niveles de calidad de vida que hemos perdido, incluyendo el funcionamiento de los partidos políticos [7].  Al respecto, la trayectoria del larense, añadido su heroísmo trágico,  ayudará a reivindicar instituciones adicionales como el de los medios de comunicación a los que libremente podemos exponernos o el mismo parlamento, como escenario de una polémica indomable.

2)     La personalidad mítica

Que haya varias cuentas en Twitter, con el nombre de “Alirio Ugarte Pelayo”, independientemente de sus contenidos, es algo revelador. Acaso, cumplimentan al mito como suerte de garantía o póliza, pues, “garantiza al hombre que lo que se dispone a hacer ha sido ya hecho, le ayuda a borrar las dudas que pudiera concebir sobre el resultado de su empresa” [Mircea: 149].

La trayectoria del larense, puede atraer a quienes – además – incursionan actualmente en la política, sin tenerla, obviando algunas de sus convicciones, como la favorable al centralismo democrático al escribir en 1959 en torno a casos marginales de indisciplina partidista  [Ugarte Pelayo, 1960: 133,], o aplaudiendo la defensa del libre mercado. Intentando tomar a título de inventario algunas de las vicisitudes políticas frecuentemente detestadas, como las intrigas internas, las denuncias sobre un acercamiento con Pérez Jiménez, la oferta de fusión de pequeños partidos, entre otros de múltiples aspectos inherentes a la pasión política [Torres Molina: 244 s., 246 s., 249 s.]. Sin embargo, luego de su desaparición física, el fundado MDI, dirigido por Raimundo Verde Rojas, coincidió con el perezjimenismo, por añadidura, en reclamo de la libertad de Laureano Vallenilla-Lanz [8].

Por varias décadas, fue casi una hazaña que algún dirigente político se declarase abiertamente como liberal.  Ugarte Pelayo, reclamaba para sí tal postura, adscrito al liberalismo popular defendido por URD,  “sin contradicciones” frente a la “aberración impropiamente liberal” que acepta al  hombre aislado, explotado y envilecido, comprobando  la “necesidad y aún la conveniencia del desarrollo capitalista que cumple el país”, aunque – nacionalista ortodoxo - es partidario del petróleo bajo control del Estado por “conveniencia nacional”, ecléctico para “aprovechar lo mejor” del marxismo y del capitalismo  [Ugarte Pelayo, 1960: 9 ss.; Torres Molina: 230; Reinoso, 1966].

La “estrella fugaz de la política” [Meléndez: 195], puede suscitar interés en quienes buscan una personalidad mítica a la cual imitar, diferente a las que suelen ponerse en la mesa. Apartando la natural inquietud histórica, quizá hablamos de un postrero poder carismático.


Notas

[1]    Una rápida revisión de la prensa, especialmente el diario El Nacional, Caracas, nos permite constatar que, al celebrarse el primer mes del suicidio de Ugarte Pelayo, otras noticias se imponen como la aprehensión y, luego, muerte de Fabricio Ojeda, en junio de 1966, añadido el agasajo que Jóvito Villalba le dispensara al visitante Carlos Lleras Restrepo. En la edición del 19/05/76 del citado periódico, aparece – además del obituario – un aviso pagado del Movimiento Alirista en los días quese adelantaba  un proyecto de reforma del Código Civil, fuese reprimida la protesta de calle promovida por COPEI, o siguiese el caso de William Niehous, recordado el décimo aniversario de la muerte de Lucas Manzano y conmovida la opinión pública por el trágico accidente tránsito de Aquiles Nazoa.  Para el 19/05/86, persiste el modesto obituario, mientras se celebra al octogenario Arturo Uslar Pietri, está planteado el Plan Eléctrico Nacional, se habla de guyaneses en territorio venezolano y la Iglesia Católica difunde una importante carta.


[2]    Rodríguez, Manuel Alfredo (1975) “Tres décadas caraqueñas 1935-1966”, Editorial Fuentes, Caracas, 2004: 199-202.


[3]    Al parecer, el suicidio fue una práctica frecuente y, al explorar rápidamente la red, nos encontramos – por ejemplo – con afirmaciones como la de “otro dato importante es que desde el año 1965 al 1987 la incidencia de suicido entre los adolescentes y los jóvenes se triplicó, y en los últimos 10 años este porcentaje ha disminuido…”,  en: S/f. “Suicidio, signos y síntomas”, en:  http://www.psicologiavenezuela.net/suicidio-signos-y-sintomas/).  A propósito de Ugarte Pelayo y Fabricio Ojeda, en el concierto de las cada vez más escasas notas directas que suscitaba el larense, Cárdenas se afianza en Ignacio Lepp para aseverar: “El triunfador presente puede ser el olvidado del futuro. El político descalabrado hoy puede ser quien marque mañana el paso de la historia” y “mientras el combatiente no ha agotado la esperanza tiene fácil la lucha”, en: Cárdenas, Rodolfo José (1966) “Afrontamiento del combate despiadado”, El Nacional, Caracas, 24/06.


[4]    Hernández, Humberto J. (1966) “Afirma Jóvito Villalba: La unidad interna de URD está más fuerte que nunca”, La Esfera, Caracas, 22/01.


[5]    Asegura García-Pelayo: “… Las representaciones míticas pueden tener  también su punto de partida en personajes, acontecimientos o estructuras históricas a las que, sin embargo, se imagina de modo que no corresponde a la realidad o, al menos, que no satisfacen la prueba entre lo proclamado y la realidad”; y, además, “… el  mito no trata de satisfacer una necesidad de conocimiento y de conducta racionales, sino una necesidad existencial de instalación y de orientación ante las cosas, fundamentada en la emoción y en el sentimiento y, en algunos casos, en profundas intuiciones, todo lo cual no excluye que subsidiariamente el mitologema pueda incluir algunos componentes racionales o que, sin ponerlo en cuestión, puedan desarrollarse, partiendo de él, ciertos argumentos lógicos”. Vid. García.Pelayo, Manuel (1991) “Obras completas”, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2009, II: 1735 s.


[6]    Independientemente de los hechos realmente acaecidos, Dávila versa sobre la magnificación del mito de los orígenes centrado en el 23-E,  con la vastedad de sus promesas de la nueva sociedad. Vid. Dávila, Luis Ricardo.  “Momentos fundacionales del imaginario democrático venezolano”, en: AA. VV. (2006) “Mitos políticos en las sociedades andinas. Orígenes, invenciones y ficciones”, Equinoccio-Universidad de Marne-Vallée-Instituto Francés de Estudios Andinos,  Caracas: 152).- Las crisis también se explican por las irracionalidades que emergen para solventarlas. Al versar sobre aporte de García-Pelayo, Leáñez Sievert comenta – por ejemplo - que “el mito explica lo que en nuestros tiempos corresponde a la ciencia y sirve de norma a la vida”. Vid. Leáñez Sievert (2005) “Mito y política medieval en la obra de García-Pelayo”.  Fundación Manuel García Pelayo, Caracas: 14.- Sin embargo, la experiencia venezolana de más de década y media, no está avalada precisamente por la racionalidad del debate, así se diga de la propuesta oficial del llamado socialismo del siglo XXI. Todo lo contrario, hemos recobrado representaciones que – en un momento – se presumieron superadas, amén de la continuamente debilitada influencia que ha tenido la academia en el marco de una opinión pública controlada en todo  lo posible por el régimen. A propósito de Leáñez Siervet, constatamos que muy escasamente se recurre a la noción de una sociedad sin clases, las invocaciones anti-imperialistas lucen indigeribles, como la propia condena al Estado liberal-bugués, a favor del culto exacerbado a la personalidad de Chávez Frías, trasunto del boliviariano, agregada otras manifestaciones mágico-religiosas, que suscitan fascinación e integran emocionalmente a sus partidarios. En la acera opuesta, desafiando la consabida satanización hecha en torno a las décadas del puntofijismo, gana difusión aquella convicción de que “éramos felices y no lo sabíamos”.  


[7]    El mito supone la búsqueda constante de los orígenes que concedan una orientación masiva y coherente ante los retos actuales, por la fuerza de sus representaciones. Orígenes susceptibles del cuestionamiento que lleva – precisamente – a los esfuerzos parciales de demitificación. En su sistemático, directo y quizá decisivo ensayo que deja atrás otros intentos de análisis conocidos en los últimos años, Perera advierte que “mirar al futuro sin ver para atrás es para acordarnos que no existió la ‘edad de oro’, que durante los gobiernos pasados, aunque sin duda en una escala muy inferior, también presenciamos el cierre de periódicos, los asesinatos políticos, el encarcelamiento de los periodistas y el allanamiento de universidades”. Vid. Perera, Miguel Ángel (2012) “Venezuela ¿Nación o tribu? La herencia de Chávez”, Universidad Central de Venezuela, Caracas: 298.- Apartando cualquier matiz o discrepancia, convengamos en la necesidad de un referente fundacional, siendo el más lejano el propio nacimiento a la vida republicana y, el más cercano, el de la democracia representativa. O en todo caso, siendo nuestra hipótesis, la recuperación de los hechos y de los  líderes arquetípicos que los hicieron posible de una forma u otra, incluyendo un elemento quizá inadvertido y también innecesario cuando hay estabilidad institucional, como el del “mucho coraje físico” observado en: Caballero, Manuel (1998) “Las crisis de la Venezuela contemporánea”, Monte Ávila Editores-Contraloría General de la República, Caracas: 52.


[8]    Formalizado como “Movimiento Alirista”, en octubre de 1966, el MDI contó entre sus fundadores a “Villa Torres de Molina”, por lo que descartamos que la obra de Torres Molina haya sido meramente por encargo. Vid. Manuel Vicente Magallanes (1973) “Los partidos políticos en la evolución histórica de Venezuela”, Ediciones Centauro, Caracas, 1983: 497 s.-  Llama la aención que, incluso, en Wikileaks, haya registros de esa cercanía con el perezjimenismo, ver aquí y aquí

Referencias esenciales:

  • Eliade, Mircea (1963) “Mito y realidad”, Editorial Labor, Barcelona, 1992.  
  • Meléndez, Enrique (2007) “Mi partido y yo, yo y mi partido”, Editorial Venezelia, Caracas.
  • Reinoso, Víctor Manuel (1966) “!Sensacional! Alirio se confiesa”, Élite, Caracas, nr. 2102 del 05/02;
  • Rivas Aguilar, Ramón A. (1988) “Ugarte Pelayo, Alirio”, en: Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, Caracas, tomo III.
  • Torres, Ana Teresa (1999) “Los últimos espectadores del acorazado Potemkin”, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas.
  • Torres Molina, Billa (1968) “Alirio”, Cromotip, Caracas.
  • Ugarte Pelayo, Alirio (1960) “Destino democrático venezolano”, Editorial América Nueva, México.
  • --- (1965) “Discursos parlamentarios”, Publicaciones de la Secretaría de la Cámara de Diputados, Caracas.
  • Villegas, Carlos (1966) “Ugarte Pelayo: No represento ninguna nueva corriente en URD”, La Esfera, Caracas, 22/01.

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Última actualización el Lunes, 16 de Mayo de 2016 00:05
 
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