De la Guerra Fría (y Estado de Excepción)
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 31 de Agosto de 2015 01:49

De la Guerra Fría (y Estado de Excepción)
Luis Barragán
Días atrás, Nicolás Maduro señaló que Álvaro Uribe se quedó pegado a la Guerra Fría de 1715 (https://www.youtube.com/watch?v=E_JKBxgeNpk), evidentemente equivocado. Sin embargo, frente a aquellos que arguyen el deliberado yerro presidencial que cumple frecuentemente con el objetivo de una masiva confusión, es tiempo de asegurar que padecemos de la olímpica ignorancia de gobernantes que, así, se burlan de los gobernados.
La alusión fue propicia para retomar y completar una compilación publicada a fines de 2014, presta para la coincidencia y la discrepancia: “Venezuela y la Guerra Fría”, dirigida por Alejandro Cardozo Uzcátegui (Nuevos Aires – Universidad Simón Bolívar – Consorcio Geo, Caracas). Concursando Catalina Bank, Juan Acuña, José Alberto Olivar, Domingo Irwin, Luis Alberto Buttó, Otoniel Morales, Claudio Alberto Briceño Monzón y Carlos E. Hernández Gonzalez,    la Guerra Fría brilla en el  siglo pasado, particularizándola a través del petróleo, la Doctrina de Seguridad Nacional, la cultura, sucesos como El Porteñazo, Estados Unidos, Unión Soviética, la geopolítica latinoamericana, el equipamiento militar.
Por fortuna, la academia está respondiendo en torno a aquellos asuntos que urgen de la claridad actualizadora, evitándonos caer en las habituales emboscadas de un régimen que irresponsablemente versiona el pasado común.  Sin embargo, por lo pronto, deseamos acotar un par de observaciones muy particulares que la obra en cuestión suscita.
Por una parte, luce oportuna la referencia que Briceño Monzón hace, en el contexto de la geopolítica latinoamericana durante la Guerra Fría,  sobre Forbes Burnham, mandatario guyanés del que escasamente sabía Chávez Frías. En los ochenta del XX, Venezuela gozaba de la credibilidad que le concedía su política caribeña y el impulso dado al Nuevo Orden Económico Internacional,  por lo que no bastaba el esfuerzo de victimización del vecino país, cuya crisis hallaba en el diferendo territorial una magnífica válvula de escape (245 ss.).
La sola circunstancia apuntada, contrasta con el desconocimiento exhibido por el grueso de los parlamentarios oficialistas que, con motivo del único debate que se ha dado sobre el Esequibo,  divagaron apelando al libreto que literalmente empuñaron para la inevitable derrota que los argumentos de la oposición les propinaron. Desde el más alto nivel del gobierno, no permea una información más sobria y consistente, porque – empezando por el ocupante de Miraflores – le da igual disertar en torno a la guerra friolenta en el paleolítico, cuyo mejor perfomance es la improvisación.
Por otra, Irwin escruta El Porteñazo ofreciendo una tesis tan innovadora como documentalmente fundada, reparando en la ausencia de civiles especializados y de alta calificación en el área de de defensa y seguridad, no sólo en el otrora ministerio de la Defensa, sino en las comisiones afines del ya extinto Congreso Nacional (117 ss.).  Indispensable a los efectos del control civil, no disponemos de información actualizada al respecto:  ni siquiera de la propia Asamblea Nacional y de su elenco de asesores, aunque por la calidad de las intervenciones oficialistas en la cámara dudamos que  cuenten con un personal suficientemente adecuado, por lo menos, para orientarlos en el propio lenguaje empleado.
La demanda sigue en pie, habida cuenta de la transición democrática pendiente. Se dirá, por lo menos, que en tiempos pasados la prensa independiente exhibía la opinión de algunos especialistas en seguridad y defensa, más o menos asiduos como los expertos petroleros, criminólogos, geógrafos, juristas o médicos que solían dar una cierta e indispensable orientación, pero ahora – en la era de la censura y el bloqueo informativo – los medios impresos y digitales  exponen a muy pocos voceros de una vocación pública que no entorpece el desempeño privado.
Estado de Excepción
El Estado de Excepción no es otra cosa que eso: la excepción. No obstante, apenas se decretó en la zona fronteriza, no pocos diputados del oficialismo lo reclamaron para todo el territorio nacional, como un gesto de solidaridad automática con Nicolás Maduro para evitar cualquier duda o ambigüedad en el pesado y feroz juego interno del partido, a veces razonado débilmente como parte de una cierta proeza de liberación en lo que suponen toda una epopeya: la ya tristemente célebre OLP.
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altDías atrás, Nicolás Maduro señaló que Álvaro Uribe se quedó pegado a la Guerra Fría de 1715, evidentemente equivocado.

Sin embargo, frente a aquellos que arguyen el deliberado yerro presidencial que cumple frecuentemente con el objetivo de una masiva confusión, es tiempo de asegurar que padecemos de la olímpica ignorancia de gobernantes que, así, se burlan de los gobernados.

La alusión fue propicia para retomar y completar una compilación publicada a fines de 2014, presta para la coincidencia y la discrepancia: “Venezuela y la Guerra Fría”, dirigida por Alejandro Cardozo Uzcátegui (Nuevos Aires – Universidad Simón Bolívar – Consorcio Geo, Caracas). Concursando Catalina Bank, Juan Acuña, José Alberto Olivar, Domingo Irwin, Luis Alberto Buttó, Otoniel Morales, Claudio Alberto Briceño Monzón y Carlos E. Hernández Gonzalez,    la Guerra Fría brilla en el  siglo pasado, particularizándola a través del petróleo, la Doctrina de Seguridad Nacional, la cultura, sucesos como El Porteñazo, Estados Unidos, Unión Soviética, la geopolítica latinoamericana, el equipamiento militar.

Por fortuna, la academia está respondiendo en torno a aquellos asuntos que urgen de la claridad actualizadora, evitándonos caer en las habituales emboscadas de un régimen que irresponsablemente versiona el pasado común.  Sin embargo, por lo pronto, deseamos acotar un par de observaciones muy particulares que la obra en cuestión suscita.

Por una parte, luce oportuna la referencia que Briceño Monzón hace, en el contexto de la geopolítica latinoamericana durante la Guerra Fría,  sobre Forbes Burnham, mandatario guyanés del que escasamente sabía Chávez Frías. En los ochenta del XX, Venezuela gozaba de la credibilidad que le concedía su política caribeña y el impulso dado al Nuevo Orden Económico Internacional,  por lo que no bastaba el esfuerzo de victimización del vecino país, cuya crisis hallaba en el diferendo territorial una magnífica válvula de escape (245 ss.).

La sola circunstancia apuntada, contrasta con el desconocimiento exhibido por el grueso de los parlamentarios oficialistas que, con motivo del único debate que se ha dado sobre el Esequibo,  divagaron apelando al libreto que literalmente empuñaron para la inevitable derrota que los argumentos de la oposición les propinaron. Desde el más alto nivel del gobierno, no permea una información más sobria y consistente, porque – empezando por el ocupante de Miraflores – le da igual disertar en torno a la guerra friolenta en el paleolítico, cuyo mejor perfomance es la improvisación.

Por otra, Irwin escruta El Porteñazo ofreciendo una tesis tan innovadora como documentalmente fundada, reparando en la ausencia de civiles especializados y de alta calificación en el área de de defensa y seguridad, no sólo en el otrora ministerio de la Defensa, sino en las comisiones afines del ya extinto Congreso Nacional (117 ss.).  Indispensable a los efectos del control civil, no disponemos de información actualizada al respecto:  ni siquiera de la propia Asamblea Nacional y de su elenco de asesores, aunque por la calidad de las intervenciones oficialistas en la cámara dudamos que  cuenten con un personal suficientemente adecuado, por lo menos, para orientarlos en el propio lenguaje empleado.

La demanda sigue en pie, habida cuenta de la transición democrática pendiente. Se dirá, por lo menos, que en tiempos pasados la prensa independiente exhibía la opinión de algunos especialistas en seguridad y defensa, más o menos asiduos como los expertos petroleros, criminólogos, geógrafos, juristas o médicos que solían dar una cierta e indispensable orientación, pero ahora – en la era de la censura y el bloqueo informativo – los medios impresos y digitales  exponen a muy pocos voceros de una vocación pública que no entorpece el desempeño privado.

Estado de Excepción

El Estado de Excepción no es otra cosa que eso: la excepción. No obstante, apenas se decretó en la zona fronteriza, no pocos diputados del oficialismo lo reclamaron para todo el territorio nacional, como un gesto de solidaridad automática con Nicolás Maduro para evitar cualquier duda o ambigüedad en el pesado y feroz juego interno del partido, a veces razonado débilmente como parte de una cierta proeza de liberación en lo que suponen toda una epopeya: la ya tristemente célebre OLP.



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