Historia
Oviedo y Baños: conquista y poblamiento de Venezuela
Escrito por Dr. Ángel R. Lombardi | @lombardiboscan


OVIEDO Y BAÑOS: CONQUISTA Y POBLAMIENTO DE VENEZUELA
El legado hispánico en nuestro medio es cuando mucho un recordatorio del pesar, de un duelo perenne alrededor de sus victimas: indios y negros. La Independencia suplantó al pasado inmediato y lo codificó bajo la impronta de la Leyenda Negra, de edad oscura, de momento de oprobio.
El “retorno de los galeones” (Max Henríquez Ureña) nunca volvieron del todo en el caso de la Historia de Venezuela, al contrario, encallaron y naufragaron una y mil veces. Es común referirnos a los indios como los “nuestros” y a los conquistadores hispánicos del S.XVI como los desalmados protagonistas de un genocidio. La historia se convierte en un prontuario de crímenes, en una fosa abierta de cadáveres. La denuncia y los fantasmas condenados sustituyen una comprensión abierta y serena.
Decir éstas cosas es peligroso dentro de un medio que asume el pasado no de acuerdo a lo que fue sino como debió haber sido y bajo una militancia político/ideológica alrededor del mito Bolívar.
José de Oviedo y Baños (1671-1738) es uno de los primeros historiadores del país, y su obra: “Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela” (1723), una auténtica rareza. Si bien es un español nacido en América, al igual que Bolívar, su escrito es la justificación de la clase social a la cuál perteneció, de la misma manera que lo fue, aunque en otro contexto, la Carta de Jamaica para el Libertador.
Oviedo y Baños quiere registrar un recuerdo que logre burlar al olvido. Sus personajes y temas son los esforzados conquistadores del S.XVI venezolano devenidos en antropófagos viscerales y codiciosos materialistas. Aún así, les exalta, aunque repruebe la odisea sanguinaria de El Peregrino (Lope de Aguirre) rebelado contra Felipe II.
La “Tierra de Gracia” era en realidad un infierno en forma de laberinto y la búsqueda de un sueño: El Dorado. Los “irracionales” indígenas son teloneros de un teatro cuyos principales actores sucumben ante una naturaleza hostil y la ferocidad de un egoísmo sin límites. Españoles y alemanes disputan contra el medio natural como si se tratara de la conquista del espacio sideral. Sus fuerzas son sobrepasadas y aún así logran prevalecer matando sin discriminación y fundando poblaciones de precaria constitución.
Más que un sometimiento al indio, el cuál fue arrasado por los microbios importados, lo que hubo fue la instalación de nuestras endógenas guerras civiles y de nuestra particular manera de ser indisciplinada (“la ley se acata, más no se cumple”).
Leer y releer a Oviedo y Baños es un deber de patria, porque el génesis de la nacionalidad futura se encuentra en forma de clave en sus muchas páginas. El mestizaje biológico y cultural, la desmesura de los espacios geográficos y la abundancia de los recursos naturales dilapidados, la violencia germinal que todo lo arrasa y descompone, y lo más significativo: la incorporación de lo hispánico, con sus virtudes y maldades.
Comprender lo hispánico, aunque sea bajo protesta, es un acto de madurez histórica. Y un buen comienzo es leer a “nuestros” cronistas de Indias sin los prejuicios y anatemas al uso. ¿Cómo entender entonces que Bolívar se haya casado con una madrileña en Madrid y que asuma como sus “padres” a los conquistadores hispánicos del siglo XVI?
DR. ANGEL RAFAEL LOMBARDI BOSCAN
DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS HISTORICOS DE LUZ

altEl legado hispánico en nuestro medio es cuando mucho un recordatorio del pesar, de un duelo perenne alrededor de sus victimas: indios y negros.

 
Libertador: falsear la historia
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis


Lecturas de papel
Libertador: falsear la historia
Juan  Guerrero (*)
La más reciente película de Alberto Arvelo Mendoza, Libertador, co-producción hispano-venezolana, estrenada el 24 de julio pasado, nos indica que estamos frente a un director cinematográfico que finalmente nos muestra en esta obra, la madurez de su trabajo.
Desde su opera prima, Candelas en la niebla (1986) ha venido desarrollando un estilo de dirección, que después de varios y muy merecidos reconocimientos, le colocan como un aventajado director de cine de las nuevas generaciones.
De tema histórico-biográfico, su última producción se presenta con una inmejorable serie de locaciones donde en más de cien sets se construye una obra fílmica de excelente factura técnica a un costo de 50 millones de dólares. En ello habría que reconocer el talento fotográfico de un Xavi Giménez quien presenta unos cuadros gráficos muy bien cuidados que aportan movimiento a la cinta.
También es de reconocer el estético trabajo de Sonia Grande con su diseño de vestuario, que ambienta muy certeramente los diferentes momentos de la película.
Esperaba sin embargo, una mejor propuesta en la banda sonora que no es del todo mala, pero pasa sin pena ni gloria. De Gustavo Dudamel, aunque es su primera incursión en composiciones para largometrajes, siempre se espera lo mejor, y esto no ocurrió.
La película desarrolla secuencias sobre la base de primerísimos planos, donde los rostros de sus personajes mantienen la tensión de una hiperrealidad que secuencia el drama de un tiempo que pudo ser así de dantesco y dramático.
Con el uso de más de diez mil extras y cientos de caballos, se presentan batallas creíbles donde los detalles mostrados por un manejo de cámara que se mueve al ritmo adecuado, introducen al espectador en el fragor de semejantes acontecimientos bélicos.
De los actores resaltan por su versatilidad, la colombiana Juana Acosta (Manuela Sáenz) sobre una caracterización que la obliga (por el guión) a mostrarnos una amante eterna, que va de la cama a la espera del héroe.
Otro es Edgar Ramírez, bien plantado en su personaje y a tono para caracterizar al héroe en sus diferentes cambios en sus estados de ánimo.
Me agradó el aplomado Imanol Arias (Juan Domingo Monteverde). Bien que si fue de escasa aparición, lo hizo con un adecuado manejo del rostro que lo dice todo.
La históricamente pudorosa, casi sin pecado concebido, María Teresa del Toro, caracterizada por María Valverde, muestra un personaje que es recordado más por el olor de la guayaba en el olfato del Bolívar de Ramírez, que por la actuación de una premiada actriz.
Dos precarias actuaciones las hacen, un Francisco de Miranda (Manuel Porto) quien más parece un comerciante venido a menos (el hijo de la panadera?) oscuro y actoralmente flojo, y un Simón Rodríguez (Francisco Denis) quien casi raya en lo payasesco. Ambos, junto con un Páez parecido a los de la película Piratas del Caribe, quiebran negativamente las excelentes caracterizaciones del resto del elenco.
Dejo la reflexión final para el guión. Este (Timothy Sexton) no solo falsea la verdad histórica, que ha sido comprobada por innumerables investigadores a lo largo de estos siglos, también que está llena de lugares comunes (-eres tan pobre que solo tienes dinero) comentario de Simón Rodríguez al libertino Bolívar, cuando se encuentran en París.
Y es que el guión no solo falsea lo histórico y crea lugares comunes, también inunda los posibles estados y momentos de silencio que pudieran existir con parlamentos demasiado extensos, que llevan al espectador a adormecerse. Por ello las disquisiciones de pobres reflexiones filosóficas de Rodríguez o Miranda o del mismo Bolívar, resultan excesivas y cansonas.
Prefiero el lenguaje de imágenes que es superior a una pobreza de guión donde se sitúan inexactitudes históricas, como por ejemplo: Monteverde jamás fue a visitar a los Bolívar y menos almorzó con ellos. Tampoco Simón Rodríguez conoció personalmente a la esposa de Bolívar. Y si bien Bolívar fue uno de los que se embochincharon contra Miranda, nunca lo entregó personalmente a Monteverde.
Pero lo más curioso es ver a Bolívar por los bosques de Cartagena, cual Ché Guevara, organizando a los cimarrones para una especie de guerra de guerrillas, mientras arenga a la población de indígenas, mestizos y negros.
Resulta interesante como se resuelve la película de Arvelo. La tuberculosis fue heredada por el Libertador, gracias a su padre, don Juan Vicente Bolívar. Libertino personaje quien además, gustaba de amancebarse con niñas de entre 9 a 13 años. Esto consta en documentos históricamente certificados. Así que eso de que mientras estaba en el embarcadero presto para viajar, fue emboscado y asesinado, como muestra la peli de Arvelo, es otra falsedad histórica o cuando menos, una estratagema para mostrarnos, en otro truculento guión, la segunda parte de esta superproducción.
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altLa más reciente película de Alberto Arvelo Mendoza, Libertador, co-producción hispano-venezolana, estrenada el 24 de julio pasado, nos indica que estamos frente a un director cinematográfico que finalmente nos muestra

 
El sitio de Angostura
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis

Lecturas de papel
El sitio de Angostura
Juan  Guerrero (*)
Cuenta el oficial realista Tomás Surroca y de Montó, en su libro La Provincia de Guayana en la Independencia de Venezuela, que la población de Angostura (actual Ciudad Bolívar) fue sitiada por las fuerzas patriotas a la cabeza del general Piar, desde el 12 de enero al 17 de julio de 1817.
Este riguroso cerco que las fuerzas patriotas causaron al ejército español y la población civil, resultó en el más devastador exterminio que se ejecutó contra civiles en toda la historia venezolana.
Como testigo de esta tragedia y su posterior sanguinario desencadenamiento da testimonio este oficial, quien estaba bajo las órdenes del brigadier Miguel de la Torre, comandante de la plaza de Angostura.
En su libro, Surroca indica que el “día doce de enero de 1817 los implacables enemigos de los españoles, Piar y Cedeño se presentaron frente a la capital, y colocando gruesos piquetes de caballería en los caminos que van a ella, la dejaron enteramente sitiada.” Esto obligó a la población civil a pernoctar en las embarcaciones que estaban ancladas en el muelle de la ciudad. Ya de día regresaban a sus hogares o iban cautelosamente a las orillas del Orinoco para buscar forma de alimentarse.
Surroca y de Montó detalla la manera cómo debió la población soportar las penurias que traen la falta de alimentos, medicinas y demás insumos necesarios para sobrevivir.
En su libro el teniente coronel cuenta que al paso de los meses la población agotó todo lo almacenado. Esto llevó a decretar “el exterminio de los gatos, perros, zamuros, lagartos, ratones y otros animales inmundos” que se convirtieron en manjar para los famélicos habitantes de Angostura.
La práctica de “comer cueros de vaca y de novillo” se hizo cosa común en la población angostureña. “Al principio se contentaban con tostarlo y pelarlo bien con navaja y después lo echaban a la olla que hacían con verdolaga, pira y otras hierbas. (…) Cuando lo ponían a cocer le mudaban también dos o tres ocasiones a los primeros hervores y luego lo dejaban hasta que estuviese bien cocido”
De las sobras de carne de puerco y de gallina, criados en rústicos espacios y cercados en palo a pique, los hambrientos pobladores se las ingeniaron para mezclarlos con algunos frijoles y arroz. De ello se origina ese plato gastronómico que después de tantos siglos es santo y seña de la identidad guayanesa.
Pero en los meses del cerco de Angostura hasta eso se agotó e incluso también, los cueros y demás alimañas. Fue tanta la desesperación por la falta de alimentos que la gente llegó al extremo de comerse las hierbas que sobresalían por entre las piedras de las calles y calzadas.
Los hambrientos lugareños soportaron poco más de seis meses, entre las amenazas de asalto a la ciudad, continuos bombazos que los patriotas lanzaban desde la población de Soledad o la incertidumbre por la violación de las mujeres o aniquilación total de la población. “Desde el primero de julio –escribe Surroca- que no había pan para el pueblo, ni había más alimento que el cuero, cuya comida atacó a los cuerpos débiles, de manera que privándoles el sudor se hinchaban monstruosamente y muchos morían caminando por las calles; y así fue que era rara la familia que no iba vestida de luto.” “A las madres que criaban a sus hijos se les huyó la leche y morían de necesidad sus tiernos hijos.”
El sitio terminó cuando las autoridades españolas ordenaron la evacuación de la ciudad, a través del Orinoco. Poco más de cuatro mil almas se embarcaron en bergantines, barcazas y goletas, y hasta curiaras y fueron a dar a la antigua Angostura (hoy Castillos de Guayana) cerca de la desembocadura del río. Fue trágica la travesía. Debieron enfrentar al otrora “pirata Brión” y sus legionarios, además de la cólera del “tirano Bolívar”, quien meses antes había sido derrotado y causado significativas bajas por los realistas.
Los lugareños embarcaron con sus pertenencias, enseres, objetos de valor en oro y plata, y hasta los bienes de la iglesia, sus santos y archivo de la diócesis. La mayor parte de este tesoro fue a dar al fondo del río, perdiéndose totalmente. Allí quedó sepultada también más de la mitad de la población que fue acosada por las embarcaciones patriotas.
La plaza de Angostura fue abandonada definitivamente, el 19 de julio de 1817 y “solamente la sostenía un corto número de esqueletos ambulantes.”
Cuenta Surroca que por la disputa de estos bienes se debió la enemistad entre Piar y Bolívar, quienes “armaron tal disputa que llegaron al extremo de darse pescozones; y a no haber sido, que algunos oficiales de palacio acudieron a pacificarlos, sin duda que el mulato hubiera acabado con el Jefe Supremo.”
De las cuatro mil y tantas almas que partieron de Angostura apenas poco más de mil llegaron a su destino final, la isla inglesa de Granada. Allí fueron tratados mal y muchas familias debieron continuar para otros sitios.
(*) camilodeasis  /  @camilodeasis

altCuenta el oficial realista Tomás Surroca y de Montó, en su libro La Provincia de Guayana en la Independencia de Venezuela, que la población de Angostura

 
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