Juan Germán Roscio, un ideólogo y constructor de la República de Venezuela
Escrito por Javier Escala   

alt “Sabio Legislador… honesto ciudadano, amante esposo, amigo fiel, y de las prendas todas que honran la humanidad, cabal dechado”

Andrés Bello

El 10 marzo conmemoramos los 200 años de la desaparición, prematura por lo que aún pudo realizar, de unos de los hombres más activos con la pluma y el verbo durante la independencia; hablamos de Juan Germán Roscio, un constructor de la libertad en el campo de las ideas, punto algo desdeñado por la historiografía de tinte épico que aún nos rodea. Se trató de un civil que desde 1810 tomó la bandera del autogobierno como “Diputado del Pueblo”, contribuyendo a tremolarla con más energía  a través de escritos de notable mérito. Roscio redactó el primer reglamento electoral de la historia nacional, El Acta de Independencia, el Manifiesto que hace al Mundo la Confederación de Venezuela, La Constitución de 1811, el folleto El Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes y su obra cumbre El Triunfo de la Libertad sobre el Despotismo. Fue también persona de acción en el terreno parlamentario. Sus discursos como diputado durante el primer Congreso Constituyente de 1811 resultaron influyentes para los sucesos a seguir.

La obra de Roscio fue grande pero poco valorada entre sus compatriotas. En Venezuela se desconoció por muchas décadas El Triunfo de la Libertad sobre el Despotismo, así como demás escritos de tan eximio ser. Para 1912, un siglo después de su actuación estelar como político, el bibliógrafo Manuel Segundo Sánchez en un artículo titulado “Algo sobre varios artículos políticos del doctor Roscio” (El Universal, Caracas, 7 de abril de 1912) afirmó que en la capital no existía ejemplar alguno de las obras de Roscio, por lo que “suplicaba de las personas que puedan ser sabedoras, el informe correspondiente a adquirirlas”. Tiempo después, Pedro Grases, ante la ausencia de textos roscianos en bibliotecas nacionales, adquirió en Oxford una copia del Triunfo y reunió otra serie de impresos y correspondencia de no menor valía. El resultado material de tan exhaustiva labor fue la publicación, con el patrocinio de la Secretaria General de la Décima Conferencia Interamericana, de las Obras de Roscio en 1953. A partir de entonces, comenzó el pensamiento y vida de este actor civil a cobrar interés entre los escritores venezolanos.

La vida de Roscio no fue fácil y podríamos considerarlo, al igual que Juan Vicente González o José Domingo Díaz, ejemplo de superación.  Nació en San Francisco de Tiznados, actual Guárico, el 27 de mayo de 1763. Era mestizo, hijo de Cristóbal Roscio, un inmigrante milanés, y María Paula Nieves, mujer india de la región[1]. En la sociedad estamental donde le tocó desenvolverse el color de la piel era una limitación para ascender; Roscio viviría y enfrentaría tales restricciones aceptadas como norma divina en el régimen colonial. Pudo estudiar en la Universidad gracias a la protección temprana de Doña María de Luz Pacheco, hija del Conde de San Javier. En esa casa de estudios, próxima a cumplir tres centurias de vida académica, obtuvo los títulos de Bachiller en Cánones (1792), Doctor en Cánones (1794) y Derecho Civil (1800), ejerciendo después el oficio de profesor en latín y derecho.  

Esta formación lo dotó de un conocimiento cabal en teología y leyes, los cuales utilizó más adelante contra el sistema monárquico que aun servía con lealtad irreprochable. En 1797 vino el primer cuestionamiento hacia el régimen estamental de la época. Roscio, en calidad de abogado defensor, litigó en favor de la señora Isabel María Páez, esposa de Juan José Ochoa, y a quien el Cabildo de Valencia había prohibido el uso de alfombra para hincarse en la iglesia por ser potestad exclusiva de las blancas mantuanas. Al año siguiente, su actuación en aquella causa, le granjeó la exclusión del Colegio de Abogados por su condición mestiza, pero Roscio, lejos de rendirse al dictamen, se defendió con todas sus armas legales y logró finalmente ser aceptado en 1805. En ambos episodios atacó la desigualdad establecida por la filosofía escolástica con bendición clerical: “Los hombres - escribía- nacieron todos libres, y todos son igualmente nobles, como formados de una misma masa y criados a imagen y semejanza de Dios...cuando los hombres se resolvieron vivir en monarquías y repúblicas, escogieron para el gobierno de unas, y otras, no los más blancos, los más hermosos, los más prietos, ni los más rosados, sino los de más talento y virtud”(Citado por Parra Márquez, p.446).

Por tales críticas fue tachado entre sus enemigos, que ya comenzaban a crecer, de subversivo contra orden establecido e incluso llegó a involucrarse su persona con la conspiración frustrada de Gual y España. Sin embargo, su elocuente defensa y fidelidad hacia la institución real le permitieron vivir y ejercer el oficio de las leyes sin más sobresaltos y con gran prestigio hasta 1810. De hecho, el propio Roscio reconoció su aceptación indiscutible, por crianza y formación, a la monarquía borbona: “Por los malos hábitos de mi educación yo no conocía otro derecho natural que el despotismo, otra filosofía que la ignorancia, ni otra verdad que mis preocupaciones...ciegamente sacrifiqué mis servicios a la tiranía española hasta el año de 1809”(Obras, Tomo II, p. 267) para señalar que durante la expedición de Francisco de Miranda por Ocumare y Coro[2]: “Yo fui uno de los que en 1806, tomaron armas y pluma para destruir los buenos que intentaban conquistar mi libertad y la de mis hermanos”. (Obras. Tomo I. p 379) Se trataba entonces de un Roscio cuestionador de las desigualdades raciales pero no antimonárquico. Esa condición no la cambiaría hasta el surgir de la crisis metropolitana de 1808 y su impronta en estas regiones. 

El 19 de abril de 1810 irrumpió como Diputado del Pueblo en la escena pública. En esa jornada, que inicia sin prever consecuencias una clase social, estaría al lado del canónigo José Cortés de Madariaga,  el hacendado José Félix Ribas, el abogado José Félix Sosa y el médico Vicente Salías en la deposición del Capitán General y formación del gobierno reemplazante, denominado Junta Suprema de Caracas. Ocupó en el susodicho régimen el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores y preparó con Andrés Bello una comisión, conformada también por Simón Bolívar y Luis López Méndez, para ir a Londres en procura del sostén inglés contra Francia y la Regencia. 

La contribución de Roscio en esta primera etapa de vida independiente como propagandista, escritor[3] y político fue significativa, contando con el reconocimiento de sus coetáneos: “De la naciente libertad- escribiría Bello- no solo fue defensor, sino maestro y padre” (Poesías originales, p. 49).  Fue además promotor de una Biblioteca Publica en Caracas, que por los avatares suscitados no encontró materialización, y redactor del Reglamento para la elección de Diputados que han de componer el Cuerpo Conservador de los Derechos del Sr. D. Fernando VII en las Provincias de Venezuela.  En este primer código electoral, de carácter censitario, se imprime la inclusión de todos colores al no haber otro requisito para optar a diputado que el estar avecindado en unas de las provincias.

Al año siguiente, electo diputado por Calabozo para el Congreso General de Venezuela, tuvo actuación protagónica como organizador del nuevo Estado. Roscio fue un férreo convencido de la independencia aunque tenía objeciones que pronto la historia se encargaría acertar. En la sesión del 5 de julio expresó: 

“…los obstáculos que pueden oponerse a esta independencia no creo que son los inconvenientes externos, que hasta ahora se han apuntado por los anteriores oradores, sino que nacen de las circunstancias mismas, en que se hallan algunos pueblos de Venezuela que aún no se nos han unido; Maracaibo, Coro y Guayana, por cuya unión y felicidad suspiro, quizá se alejarán de nosotros más que nunca y los tiranos que las dominan se aprovecharán de nuestra declaración para hacernos ver con horror y execración; ellos nos harían juzgar en estos países desgraciados como unos rebeldes que, abusando del nombre de Fernando VII, han hecho de él un fantasma para encubrir su desenfreno… Estas falsas ideas son muy fáciles de influir a pueblos a quienes de antemano se ha prevenido contra nosotros, y sería en mi dictamen el último de los males que ellas imposibilitasen su libertad y unión con nosotros. Estos son los únicos inconvenientes que temo y desearía sinceramente que se me demostrara su falsedad o poca importancia para convenir en la declaración de nuestra absoluta independencia, que deseo ardientemente” (Actas del Congreso, Tomo I, pp. 112-113).

En suma, se debía primero ser solventada la situación interna de las provincias aisladas al proyecto juntista y combatir la idea implantada del derecho divino de los reyes, que tanta  oposición haría a la independencia. Para él no era viable una separación absoluta con España si la gran mayoría del pueblo la consideraba errada y contraría a la voluntad de Dios. Bajo estas condiciones, ser libre implicaba la temible guerra civil que a seguidas llenó de sangre, devastación y miseria los campos y ciudades de Venezuela. Roscio no se oponía a la independencia pero creía que esta debía tener unas condiciones interiores más favorables para su cristalizar. No obstante, a pesar de tales observaciones, votó en favor de ella aquel 5 de julio y dos días después, con la ayuda de Francisco Isnardi, presentó El Acta con que se sellaría el destino de siete provincias. 

En 1812 caía el primer ensayo republicano en manos de Domingo Monteverde y con ello iniciaban años oscuros para Roscio, quien en compañía de Madariaga, Juan Pablo Ayala, Juan Paz del Castillo, Manuel Ruiz, José Mires, Antonio Barona y Francisco Isnardi, fue enviado prisionero a Cádiz y luego a Ceuta. Allí quebrantaría la salud, mientras la mente estuvo en constante labor con la escritura del Triunfo. En 1814 escapó a Gibraltar, dominio británico, pero fue devuelto junto con sus compañeros a la autoridades españolas. Un año después, por medio de una hábil carta de él para el príncipe regente de Inglaterra, Jorge IV, obtuvo de Fernando VII la preciada libertad. Marchó pronto a Jamaica y luego a Estados Unidos, donde en 1817 publicaría El Triunfo de la Libertad sobre el Despotismo. 

La obra en síntesis pretendía desmontar el derecho divino de los reyes y la misma Monarquía como forma de gobierno a través de la Biblia. Roscio voltea la interpretación tradicional de las Santas Escrituras en favor de la República y los derechos individuales. Su lucha fue en el terreno de las ideas y su propósito, desde la época de la primera República, rasgar el velo de la dominación mental ejercida por la iglesia en alianza con el despotismo absoluto. No bastaba ganar batallas sin liberar conciencias: “La España nos ha hostilizado con gente americana, con provisiones americanas, con caballos americanos, con frailes y clérigos americanos, y con todo americano”. (Obras. Tomo III, p. 168)Por eso su imperiosa necesidad de rescatar de la ignorancia aquellos que con un dogma católico distorsionado y una errada educación se inmolaban a favor de la férula fernandina.

Roscio señaló que en principio los hombres, creados todos iguales y semejantes a Dios, vivían en plena libertad. Los reyes, emperadores y tiranos no fueron creación suya, sino el fruto de la propia corrupción e idolatría humana. El pueblo de Israel, argumenta, no conoció el dominio de reyes propios hasta Saúl, el cual llegó a ocupar el trono más como un castigo de Yahvé, pues el pueblo hebreo, deseoso de imitar a sus vecinos y sin tomar en cuenta las advertencias del profeta Samuel, se entregó al dominio real que tantos males traería a esa nación, con reyes idolatras, disgregadores y devorados por las tiranías asiria y babilónica. De esta forma, basado en razonar bíblico, aseveró: “sin rey cualquiera puede y debe vivir” (Citado por Blanco y Aizpurúa, Tomo III. p. 337. La Monarquía, en su discernir, ha tenido por origen la fuerza, la dominación de unos sobre muchos, siendo mantenida como sistema despótico por una obediencia ciega que reposa en ideas engañosas e incondicionales a las coronas. 

La otra crítica, sin renegar de su credo religioso[4],  fue para con el clero deshonesto y servil al absolutismo: “…son oprimidos, pero arrebatados de su ambición y codicia, toleran la opresión por el placer de oprimir a otros muchos, por los emolumentos y distinciones que reciben. Es para ellos más amable la dominación que la independencia, y consienten llevar sus cadenas, con tal que a su vez encadenen la porción que les ha cabido en el repartimiento” (El Triunfo…p.87). Esos ministros han sido los principales propagadores de la ignorante y supersticiosa idea de que sin Rey no podía vivirse. Contra ellos iba su magna obra y para los hombres del mundo sus razonamientos, pues El Triunfo de la Libertad sobre el Despotismo fue una disertación teológica-política no para un pueblo o un país, sino para todo el género humano que vivía y creía con obediencia ciega en la potestad divina de los reyes. Desgraciadamente, este texto no contaría con la difusión deseada en el momento oportuno. Condenada e incinerada por los realistas y poco propagada entre los republicanos, El Triunfo  resulto así ser un texto más divulgado en Estados Unidos y México que en la propia “gran” Colombia[5]

Para 1818 Roscio se hallaba en Angostura al servicio de la República creada por Bolívar. En esa latitud colaboró como director y redactor del Correo del Orinoco, periódico oficial del gobierno, además de volver a las lides políticas como diputado de Caracas en el Congreso de 1819. Por sus ideas y proyectos fue uno de los colaboradores más cercanos del Libertador, quien llegaría a llamarle “Catón prematuro en una república en que no hay leyes ni costumbres romanas[6] (Carta a Santander, 13 de septiembre de 1820). A finales de 1819 fue nombrado vicepresidente de Venezuela y contraería nupcias con María Dolores Cuevas, dando aquella unión por fruto una hija de nombre Carmen Roscio Cuevas. 

La vida de Roscio llegaría a concluir el 10 de marzo de 1821 en la villa de Cúcuta. Su última misión, que no completaría por victoria de la muerte, era ir a instalar como vicepresidente el Congreso que debía dar forma constitucional a Colombia la grande. Sus restos, que llegó a creerse reposaban en Ciudad Bolívar, quedaron extraviados entre los escombros de la iglesia de Cúcuta, destruida por el terrible terremoto de 1875. 

Los aportes de Juan Germán Roscio a las ideas políticas y a la causa por la independencia en Venezuela son incuestionables. Abandonó una prestigiosa carrera de abogado y funcionario del Rey para entregarse a la azarosa vida revolucionaria. Combatió no con el fusil sino con sólidos argumentos a quienes por creencia o interés deliberado alimentaban el pesado yugo de la tiranía. Llevó a la práctica sus ideas de igualdad en el reglamento electoral, con ilustre razonar jurídico la declaratoria de independencia y con vehemencia el propósito de liberar conciencias. 

Hoy 10 de marzo sus restos simbólicos fueron depositados en el Panteón Nacional. El acto resulta una justicia histórica postergada en el tiempo pero no la única honra para con este prócer civil. La mayor contribución para con su memoria debe ser el estudio y conocimiento de su obra, valorar a este hombre desde sus entrañas y no solo en fechas redondas. Roscio ha sido desconocido y visto de manera secundaria en episodios concretos de la primera República. Es hora de echar más manos a sus textos que a la historia anecdótica y circunstancial, Roscio lo vale.  

 

Bibliografía.

Adolfo Rodríguez. Juan Germán Roscio, el máximo constituyentista venezolano. San Juan de los Morros.  Consejo Legislativo del Estado Guárico. 2011.  

Andrés Bello. Colección de poesías originales. París. Librería de Rosa y Bouret. 1870.

Héctor Parra Márquez. Historia del Colegio de Abogados de Caracas. Caracas. Imprenta Nacional. 1952.

Independencia, Constitución y Nación: Actas del Congreso Constituyente de 1811-1812. Caracas. Asamblea Nacional. 2011.

José Félix Blanco y  Ramón Aizpurúa.  Documentos para la vida pública del Libertador. Caracas. Imprenta de la Opinión Nacional. 1876.

Juan Germán Roscio, Obras. 3 Vols. Caracas. Secretaria General de la Décima Conferencia Interamericana. 1953.

_________________, El Triunfo de la Libertad sobre el Despotismo. Caracas. Monte Ávila Editores. 1983.

Luis Ugalde. El pensamiento teológico-político de Juan Germán Roscio. Caracas. Bid & co. Editor. 2007.



Notas

 

[1] Esta unión tuvo aparte de Juan Germán cuatro hijos más: Juan Crisóstomo, incorporado a la lid independista y ejecutado en 1813; José Félix, presbítero y partidario de la libertad; Félix Matías, quien sufrió cárcel en Puerto Cabello por sus ideas emancipadoras; y Paula María.

[2] Roscio combatió a Miranda desde su frustrada invasión en 1806. Como Fiscal interino de la Real Audiencia abogó por la pena capital para los prisioneros capturados de la incursión. Más adelante, ya en 1811, discrepó del proyecto incaico mirandino y de la Sociedad Patriótica por considerarla un club jacobino.   

[3] Durante este periodo Roscio escribió en la Gaceta de Caracas: “Vicios legales de la Regencia de España e Indias deducidos del actas de su instalación el 29 de enero en la isla de León” (29 de junio de 1810); “Los católicos de Irlanda” (31 de diciembre de 1810); “El patriotismo de Nirgua y el abuso de los Reyes” (10 de diciembre de 1811). Sus discursos también fueron reproducidos: “ Alocución del Reglamento para la elección de diputados al Primer Congreso” (1811); “Discurso sobre la insurrección de Valencia” (15 de febrero de 1812)

[4] En ese aspecto fue muy claro Roscio en su testamento: “Primeramente declaro y confieso que profeso la religión santa de Jesucristo, y como más conforme a ella, profeso y deseo morir bajo el sistema republicano, y protesto contra el tiránico y despótico gobierno de monarquía absoluta como el de España”. (Obras, Tomo. II, p. 136)

[5] Las ediciones conocidas antes de su publicación en Venezuela fueron en Filadelfia (1817, 1821 y 1847) y México (1824, 1828 y 1857). Benito Juárez, luchador contra la monarquía de Maximiliano en México,  tuvo el libro como obra de cabera.

[6] Se ha atribuido a esta frase, sacada a pinzas y de contexto, como un elogio de Bolívar hacia Roscio. Si leemos con detenimiento la carta observamos que los temas centrales de la misma son: la marcha de la guerra y la conducción de la nueva República. En esto último, Bolívar señalaba, algo desencantado por las maquinaciones: “Yo estoy resuelto a separarme del mando el mismo día que se instale el congreso de Colombia: estoy tan resuelto, que pienso no asistir a él, para que no me fuercen a aceptar mi deshonor y mi ruina; pues que, con los hombres que tenemos, es muy difícil que un magistrado escape de uno de estos dos esco­llos, y aun de entrambos. Si aún no estamos en paz aceptaré el mando del ejército del Sur. Si estamos en paz, me voy a los países extranjeros. Todo esto es irrevocable; sí, irrevocable, y dígalo Vd. así a todos los diputados de Cundinamarca para que piensen en nuevo presidente. Si a mí me admiten en el congreso, doy a Vd. mi voto, porque es la expresión de mi conciencia, y estoy conven­cido de que ninguno otro lo hará mejorEl señor Zea no sirve para estas cosas. Roscio es un Catón muy prematuro en una repú­blica en que no hay ni leyes ni costumbres romanas. Los demás no los he experimentado. Soublette ha empezado, faltando a su deber, abandonando el poder ejecutivo inconstitucionalmente.” La descripción hecha a Roscio por Bolívar es la de un hombre idealista, adelantado a las condiciones existentes y poco apto para el gobierno que imponía las circunstancias. 

 


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