Entre la brasa y el Ávila
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   

altSalvo contadas excepciones, los golpes de Estado tienen, como en la legislación laboral, pre-aviso.

A pocos desprevenidos agarran de sorpresa. Se tejen poco a poco hasta hacerse, de un zarpazo, del gobierno y el poder. Incluso, algunos se anuncian abiertamente, otros, mediante algún  imprudente comentario, por delaciones de reuniones clandestinas o acaso por un atorrante comprometido para demostrar que está al tanto y de todo de lo que va acontecer.

Aquel hombre fuerte, de 63 años, de voz ronca, acostumbraba  sentarse  muy temprano en el balcón de su casa antes de iniciar sus complicadas y difíciles obligaciones cotidianas. Encendía un cigarrillo, leía rápidamente la prensa, saboreaba un café recién colado, y contemplaba por  instantes el majestuoso Ávila.

En cierto modo, las circunstancias lo habían obligado a transitar el espinoso camino de la política. En verdad, lo suyo eran las letras, el magisterio, la enseñanza de valores como la libertad, la democracia y en soñar con una Venezuela distinta.

Aquella mañana, con puntualidad inamovible, fue a su balcón. Encendió el habitual cigarrillo y entre  mirar fijamente la brasa y  contemplar el imponente cerro, examinó presurosamente su vida, sus triunfos y derrotas, sus horas felices al lado de su amada esposa y sus dos hijos. Sentía una enorme satisfacción por el constante reconocimiento a su obra literaria. Sus novelas habían caído en miles de manos que las leían con extremada fruición. A su mente acudieron los afanes del liceo, la breve senaduría y el ministerio, la fundación del partido así como la campaña electoral del 41 y la última del 47, en la que obtuvo un resonante triunfo que lo había elevado a la más alta magistratura nacional. Al fin, la democracia por la que tanto había luchado, tenía asidero y futuro.

Observaba la brasa y contemplaba la inmensidad avileña. Hacía un poco de frío. El sol recién se alzaba por los lados de Petare. Uno que otro lugareño de Altamira o Los Palos Grandes, que cruzaban frente al balcón, lo saludaban amablemente, gesto que respondía con cierta afabilidad.

Lo presentía. Sabía que sus horas como Presidente de la República estaban contadas. Su joven Ministro de la Defensa, por quien sentía enorme afecto, días antes había jurado suicidarse si continuaban las sospechas de  su complicidad para dar al traste con el gobierno democrático.

Solo la brasa del cigarrillo y el imponente Ávila lo acompañaban en este doloroso trance. No quería alarmar de sobre manera a la familia, tampoco a los ayudantes de turno. Rememoraba, cómo aquel inocente nazareno esperaba con rectitud y dignidad, la sentencia del verdugo.

En plena mañana llegó la hora. Lo vinieron a buscar una feroz soldadesca comandada por un tal Teniente-Coronel Albornoz para trasladarlo, como si se tratara de un vulgar delincuente, a la Academia Militar. Y así como  arrancaron violentamente al hijo de Dios  de Getsemaní, así se llevaron prisionero al hijo de la democracia para luego aventarlo  al destierro. Aquel fatídico 24 de noviembre de 1948, en el que pronto se  cumplirán 72 años, no solo denigraron de un honorable Presidente y excelso ciudadano. Agarrada de su mano, también a arrastras profanaron la anhelada democracia, que apenas daba sus primeros pasos. Entonces, hubo que esperar unos cuantos años para que en 1958 retornara al balcón, a mirar la brasa del cigarrillo y volviera a contemplar su  majestuoso Ávila. Junto a él, asidos de la mano, la rediviva democracia y la ansiada libertad. Digno de recordar en estas aciagas circunstancias.

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