Agonía y muerte de los últimos partidos nacionales del siglo XIX
Escrito por Javier Escala   

alt1897 marcó el fin de los partidos políticos del siglo XIX.

Ese año se enfrentaron en polémicas elecciones presidenciales el Partido Liberal Nacionalista liderado por José Manuel "Mocho" Hernández y el Partido Liberal Amarillo dirigido por Joaquín Crespo, cuyo candidato impuesto fue el merideño Ignacio Andrade. Desde hacía 50 años el país no veía un aspirante opositor a la presidencia recorriendo el territorio, dando discursos de pueblo en pueblo y disuadiendo con el verbo la preferencia del electorado a su favor. El Mocho Hernández, quien copiaba las estrategias electorales usadas por William McKinley en 1896[1], repetía de esta manera algunas acciones políticas llevadas por el viejo liberal Antonio Leocadio Guzmán en víspera de aquellas elecciones no poco polémicas de 1846.

Cinco décadas después el fraude, la intimidación y el uso de la maquinaria gubernamental en apoyo de su candidato se hicieron de nuevo presentes. Crespo, presidente saliente y padrino político de Ignacio Andrade, no dudó en valerse de la fuerza para obtener el triunfo en esa jornada del 1 de septiembre, tomando las juntas electorales congregadas en las plazas con campesinos armados, prohibiendo a la oposición participar con libertad de concurrencia en los comicios y forzando el voto haciendo que personas sufragaran repetidas veces por el candidato oficial. El resultado, ante tales violaciones y amaños, fueron 406.610 votos para Andrade; 2.203 para José Manuel "Mocho" Hernández; 203 para el ex-presidente Rojas Paúl; 152 para el retirado Guzmán Blanco y 31 para el caudillo oriental Nicolás Rolando. El general José Manuel Hernández, a quien se daba ganador días antes, no aceptó de buena gana el fraude electoral y apeló a la insurrección por vía de las armas[2], forma tradicional y efectiva de obtener el poder en esa turbulenta centuria, con la llamada Revolución de Queipa el 2 de marzo de 1898.

El sistema de partidos y sufragio popular directo perdía ante las masas, por la débil institucionalidad del país frente a la voluntad personalista, total credibilidad. Pocas semanas después de la insurrección de Hernández, Joaquín Crespo, jefe real y heredero de Guzmán Blanco del Partido Liberal Amarillo, moría de un disparo en la Mata Carmelera (Cojedes) el 16 de abril de 1898. El gobierno de Andrade quedaba sin su líder efectivo y el Partido sin su cabeza única y respetada. Hernández, sin embargo, no pudo derrocar al vacilante régimen  al ser reducido a prisión por los generales Antonio Fernández y Ramón Guerra en junio del mismo año que insurreccionó.  

Carente de una cabeza política fuerte y unificadora de las voluntades internas, el Partido Liberal Amarillo caería en la pugna de facciones que pretendían reorganizarlo bajo nueva égida: " … el Presidente Andrade, libertado por la muerte de los compromisos contraídos con el General Crespo, pensaba fundar su propia Causa, y Zoilo Bello Rodríguez y Laureano Villanueva que veían debilitado y casi en derrota al crespismo, miraban con asombro cómo se alzaban en el seno de gobierno una nueva y poderosa corriente (los familiares de Andrade, los Troconis, los Febres Cordero, los Sosa, el doctor Arvelo) cuya aversión por los hombres del liberalismo amarillo era universalmente conocida"[3]. Los vencedores generales Ramón Guerra y Antonio Fernández aspiraban, por su parte, a ocupar la candidatura presidencial del acéfalo y extenso Estado Miranda[4] tras la muerte de su titular Crespo; lo mismo ambicionada el doctor José Ramón Núñez, secretario de la Presidencia, y artífice político de la postulación de Andrade hacia un año. 

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Estas aspiraciones y pugnas dentro del Partido de gobierno, ajeno a los problemas que atravesaba el país en aquél tiempo, creaba las condiciones necesarias para que su descomposición fuese más acelerada e irreversible.  El general Ramón Guerra no sólo aspiraba el gran e influyente Estado Miranda sino la misma presidencia de la República para el próximo periodo. La ambición del prestigioso militar iba contrapuesta a la de Andrade, quien resolvió, ante la inminente elevación de Guerra en el cargo regional, reformar la Constitución de 1893 a fin de devolver autonomía a los estados y disminuir el poder de su rival.  

La reforma desmembraría los grandes estados y con ello el apetecible corredor mirandino. González Guinán, Tosta García, Ramón Ayala, José Ladislao Andara y otros connotados amarillos mostraron férrea oposición a la reforma territorial ejecutada por Andrade para disminuir el poder centralizado de los militares crespistas. Alegaban que tal cambio, que pretendía devolver las autonomías estadales previstas en 1864, no era aplicable para el periodo vigente por estar sujeto al orden territorial de la Constitución 1893; por tanto, proponían hacer el cambio efectivo para 1902. Otra fractura más dentro del último gobierno oficial del liberalismo amarillo. 

En el último Congreso oficialista reunido en febrero de 1899, la división entre los liberales sobre la reforma territorial inmediata propuesta por gobierno o siguiendo el marco legal de los opositores se volvió manifiesta y pública. La idea de volver a 20 Estados, tal como lo establecía la primera Constitución federal de 1864, contraria a las 9 entidades político-territoriales de la Carta Magna de 1893, finalmente fue aprobada el 22 de abril de ese año 99 con 66 votos a favor y 25 en contra. Además de aumentar las jurisdicciones, la reforma otorgaba potestad al Congreso de dictar leyes sobre la organización de las Cortes Federales y Asambleas Legislativas mientras que autorizaba al presidente Andrade  nombrar a los funcionarios interinos de los nuevos Estados hasta las próximas elecciones de 1902.

A la par de esta pugna política, el año 99 abría con un general Guerra, abortado en sus pretensiones de ejercer la jefatura del Gran Estado Miranda, levantado en armas contra el gobierno del Partido al que pertenecía y con una Venezuela bastante precaria. El militar fue doblegado el 22 de marzo mas no así la ambición de otros caudillos, los cuales, ante la debilidad del gobierno, veían la ocasión perfecta para imponer un nuevo y prolongado personalismo nacional. 

Ignacio Andrade no tenía intenciones de someterse a otro gran caudillo, sino todo lo contrario, crear un piso político propio dentro del Partido. Sin embargo, carecía de respeto entre el tren gubernamental que "lideraba" constitucionalmente. El general Celestino Peraza, por ejemplo, jefe de Carabobo, decía del mandatario: "… se cree con una gran cabeza y no pasa de ser un pigmeo incapaz de luchar con una situación seria como la que se le viene encima"[5] Las pretensiones de los crespistas, partidarios de Manuel Antonio Pulido y algunos mochistas, no dejaban de existir con eliminación política de Guerra y la prisión del Mocho. El régimen un tanto disociado del panorama se sentía seguro de su estabilidad y no daba  importancia suficiente a la descomposición interna del Partido.

Por consiguiente, el Partido Liberal Amarillo descabezado, con una militancia civil débil ante las aspiraciones de los caudillos y una pugnacidad por suplir a Crespo tan intensa entre Andrade y los acólitos crespistas se tornaba de espalda a los grandes menesteres del país. Por si fuera poco, el descrédito entre la población por el fraude electoral realizado hacía poco de manera descarada y evidente conducían a la tolda amarilla hacia un derrotero sin salida satisfactoria.

Por otro lado, el Partido Nacionalista, que en principio se volvió oposición activa hacia el gobierno de Andrade, se plegó en alianza con el régimen oficial en procura de la liberación del Mocho Hernández. Se acompañó esta actitud de respaldo, el nulo apoyo de los nacionalistas a la revuelta de Guerra y su llamado de abstención a las elecciones regionales que permitió Andrade desmantelar los principales focos crespistas en los Estados. El Partido fuerte, con contenido programático, líder popular y elocuente, y burlado electoralmente por el vigente ocupante del ejecutivo, pasaba ahora a las lides de la unión a fin de "mantener la paz" con la administración de Ignacio Andrade. Para 1899, soltado su dirigente de la cárcel y ante una maniobra de Andrade para cohesionar la militancia de su Partido poco conforme con la división territorial que impulsaba, el grupo Nacionalista se reintegraba a la arena política a través del diario "El Liberal Nacionalista", dirigido por Rafael Castillo Chapellín, en cuyo primer número manifestaba el descontento mayoritario de la población con la sentencia: "Hemos perdido la fe en nuestros hombres públicos"[6]. No obstante, resultaba tarde aspirar a otro lance electoral con el liberalismo amarillo, pues, desde la ciudad fronteriza de Cúcuta, un hombre de Capacho y con pasado anduecista marchaba a la cabeza de sesenta hombres hacia la capital de la República: "En medio de aquella confusión, Cipriano Castro era para el liberalismo amarillo el mal menor. Como la mayoría de los generales y doctores que hasta ese momento eran dueños de la situación lo conocían y no otorgaban alta jerarquía al revolucionario tachirense, pensaban en utilizar su presencia en el poder para forjar nuevos acuerdos que permitieran destruir la maquinaria político-militar que Zoilo Bello Rodríguez había tratado de armar desde 1897"[7].  Poco imaginaba que aquella partida de sesenta hombres lograría en 5 meses lo imposible: derrocar al gobierno y tomar Caracas.

Para el momento de llegada de Cipriano Castro, quien promete en varias alocuciones la restauración del liberalismo amarillo y la tolerancia del nacionalismo, el Partido fundado por Guzmán Blanco y del cual Castro era militante no contaba con una base de poder real y menos con una dirigencia dispuesta o interesada en reorganizar la bandera amarilla,  sino solo en servir como individualidades áulicas al nuevo jefe político. 

Castro, para no generar nuevos focos de poder que rivalizaran con la centralización que procuraba establecer, creó un Partido Restaurador que funcionó  más como desiderátum presidencial que como organismo doctrinario y autónomo. Para 1906, ya vencedor de caudillos y airoso de un bloqueo anglo-germano, escribía al doctor Razetti  lo que sigue:  “no se diga que los partidos políticos son esencialmente necesarios en la vida de las naciones, cualquiera que sea el grado de cultura que éstas hayan alcanzado. No. Ese es un argumento inspirado por la mala fe; ese es un sarcasmo de los satánicos insufladores  de la discordia. No hay más partidos racionales que los dos que han venido combatiendo el predominio de las ideas en la brega de los siglos; pero cuando ya la lucha ha terminado por el triunfo definitivo del derecho, cuando las sombras del error político han sido disipadas, cuando la libertad ha extendido sus hermosas alas en el cielo de un país, no hay ni puede haber más que un partido: el de la unidad nacional[8] No se hablaría más de Partido Liberal hasta 1936[9], cuando Andrés Pacheco Miranda, J.M. Ortega Martínez  y Alejandro Ibarra fundaron el Gran Partido Liberal, el cual duró muy poco y no tuvo nula fuerza entre las nuevas generaciones, sumidas en otras ideologías como la socialdemocracia o el comunismo. 

Finalmente, el destino del Partido Liberal Nacionalista estuvo unido al de su jefe José Manuel "Mocho" Hernández. Preso por Crespo y luego por Castro, dejó al organismo sin cabeza visible y popular entre las masas, mientras que Alejandro Urbaneja, el ideólogo y asesor político de Hernández, también desamparó al Partido y se unió al castrismo. De esta manera, el Nacionalismo Liberal dimitía al quedarse sin líder alguno, sin permiso de existencia por el gobierno y sin anhelo constitucional posible de tomar el poder por vía pacífica-electoral. Su viabilidad resultó cuesta arriba frente a un régimen que combatió a su dirigencia desde 1900 y abolió el sufragio directo para elegir presidente. Sin líder inmediato, sin ideólogo, derrotados militarmente y sin posibilidad de ascender por vías democráticas al poder, el Partido Nacionalista quedó disuelto.

Notas 

[1]  William McKinley fue el 25º presidente de los Estados Unidos. Gobernó entre 1897 y 1901. Murió en el cargo a manos de un anarquista, Leon Czolgosz, el 14 de septiembre de 1901. Fue el tercer de los cuatro presidentes estadounidenses asesinados (Abraham Lincoln 1865, James Garfield 1881, William McKinley 1901 y John Kennedy 1963). Theodore Roosevelt, sucesor de McKinley tuvo relaciones conflictivas con Cipriano Castro.

[2]  José Manuel Hernández protestó por vías legales el resultado pero la acción del gobierno fue encarcelarlo hasta febrero de 1898, mes que tomaba posesión el nuevo presidente. Se esperaba de ésta manera usar el tiempo como olvido y garantía de sucesión efectiva del poder sin trauma civil.

[3]  Ramón J. Velásquez. La caída del liberalismo amarillo. Ediciones de la Contraloría. 1972. p. 183.

[4]  Comprendía los actuales territorios de Miranda, Aragua, Guárico y Nueva Esparta.

[5] Citado por Ramón J. Velásquez. op.cit. p. 190.

[6] Citado por Ramón J. Velásquez. op.cit. p. 194.

[7] Ramón J. Velásquez. Cipriano Castro y su época. p. 57. 

[8] Citado por Manuel Vicente Magallanes. Los Partidos Políticos en la evolución histórica venezolana. Editorial Arte. 1977. p. 196

[9] Los partidos existentes en la largo periodo gomecista (La Nueva Venezuela y La Unión Patriótica; Sociedad Patriótica Venezolana; Partido Republicano Demócrata; Partido Republicano, Unión Revolucionaria Venezolana; Partido Revolucionario Venezolano; Unión Cívica Venezolana; Partido de Liberación Nacional; Agrupación Revolucionaria de Izquierda; Frente Popular Venezolano) se formaron en el exilio por viejos caudillos y sin programa la mayoría de ellos, más allá de derrocar a Gómez, sólo la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV), por cierto el único fundado clandestinamente en Venezuela, presentaban ofertas políticas alternas a la simple salida y retorno de la libertad: lucha contra el latifundio y la explotación indiscriminada del petróleo por los capitales extranjeros; exoneración de impuestos a los campesinos; reducción de la jornada laboral; igualdad de salarios entre hombres y mujeres; educación gratuita; entrega de tierra a los indígenas; campaña masiva de alfabetización; autonomía universitaria; revisión de contratos y concesiones mineras fueron algunas de las propuestas sostenidas por ambas toldas (ARDI-PCV), cuyos integrantes eran en su mayoría jóvenes desvinculados con las antiguas formas de hacer política.

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