La misión del agente estadounidense Irvine en Angostura
Escrito por Javier Escala   

altCorría el año de 1818. La República de Venezuela era todavía una parcela restringida a la enorme pero despoblada provincia de Guayana.

Bolívar, Jefe Supremo del Estado, venía de sufrir un importante revés militar en los llanos del Guárico que casi le hace perder la vida en el Rincón de los Toros. Por el lado realista, el teniente general Pablo  Morillo, herido de gravedad en la batalla de La Puerta, continuaba dueño de Caracas y de los territorios occidentales.  Los movimientos militares quedaron así limitados en Venezuela a los llanos de Barinas y a ciertas zonas del oriente. 

Fue en este ínterin— el cual abarcó desde el fracaso de la Campaña del Centro hasta la instalación del Congreso de Angostura (mayo 1818-febrero 1819) —donde tuvo lugar el primer enfrentamiento diplomático entre los Estados Unidos y la incipiente República de Venezuela.  La querella,  motivada por la confiscación de dos goletas en el Orinoco, resultó una rica batalla epistolar de cuatro meses entre Bolívar y el agente Irvine que solo encontró finiquito con la coacción del comodoro Perry.

Sin más previos expongamos con el detalle que nos permite este espacio los hechos. 

En junio de 1817, un mes antes de la toma de Angostura, dos goletas norteamericanas (Tigre y Libertad) fueron capturadas en el Orinoco por las fuerzas sutiles de la República. El motivo: violación del bloqueo fluvial y marítimo decretado por Bolívar a inicios de ese año. Los capitanes de las embarcaciones (Tucker y Hill), abandonando toda condición neutral y con discernimiento del contexto, habían vendido armamento y demás suministros a los realistas sitiados en Guayana. 

La aprehensión y posterior proceso judicial generó, tras el incidente de la Florida, el segundo altercado entre Bolívar y los Estados Unidos. Sin embargo, en esta oportunidad no se trataba de una disputa territorial sino meramente económica. Los dueños (Peabody, Tucker y Coulter), renuentes a comparecer  a juicio y considerando la confiscación de las goletas como injusta y violatoria del derecho internacional, solicitaron al Secretario de Estado de su país John Quincy Adams asistencia a sus reclamos de indemnización. El 21 de enero de 1818, Adams con la venia del presidente James Monroe, comisionó a Juan Bautista Irvine agente especial de los Estados Unidos en Angostura.

De Juan Bautista Irvine poco se conoce. La historiadora Anahías Gómez señala que el personaje había desarrollado una vida periodística en Maryland, donde sufrió varios juicios por difamar a las autoridades. Que para 1812 luchó en las milicias locales durante la guerra anglo-estadounidense y diez años después pretendió con Ducoudray Holstein fundar en Puerto Rico la República Boricua, proyecto financiado por Estados Unidos. Además, se halló que vivió en Venezuela en 1824 como miembro del personal diplomático del cónsul Robert K. Lowry.

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El 12 de junio de 1818 el agente llegó a Margarita y el 19 de julio a Angostura. Allí, después de ser recibido y acreditado por el Jefe Supremo de la República, inició con aquél un prolongado epistolario, el cual consta de 23 cartas, 11 de Bolívar y 12 de Irvine, escritas entre el 25 de julio al 13 de octubre de 1818. En la primera misiva el agente norteamericano, quien Bolívar pensó se trataba de un enviado oficial para reconocer a Venezuela, denunció con poco tacto que los miembros del gobierno pretendían esclavizar el comercio de los mares con un bloqueo de dudosa aplicación. El Libertador respondió in extenso que el bloqueo fue aplicado con rigurosidad y su decreto publicado para conocimiento público en la Gaceta de Norfolk, el 6 de marzo de 1817.  Sin embargo, agregó, el  personal de la goleta Libertad fue notificado en el Orinoco del sitio en Guayana, mientras que el del Tigre, según el diario de Tucker, estaba informado de la captura de otras embarcaciones por infringir el decreto de asedio. Por consiguiente, los capitanes de las goletas conocían muy bien la situación y sus riesgos.

La neutralidad fue otro punto a discusión en el epistolario entablado entre ambos personajes.  Irvine consideró que ésta no exime la venta de mercancías: “siempre que se haga de manera imparcial”. Bolívar respondió: “Que la prestación de auxilios militares a una potencia beligerante es una declaratoria implícita contra su enemiga, es un principio incontrovertible y que está confirmado por la conducta de los mismos de los Estados Unidos, donde no se permite que se hagan armamentos de ninguna especie por los independientes contra los países españoles, donde han sido detenidos y aprisionados algunos oficiales ingleses que venían para Venezuela, y donde se ha impedido la extracción de las armas y municiones que podrían venir para el gobierno de Venezuela”. En el caso de las goletas Tigre y Libertad,  propiedad de particulares que vulneraron todo principio de neutralidad sin aprobación de su gobierno, la hostilidad contra Venezuela quedó automáticamente manifiesta con el auxilio militar prestado a los españoles para hacerle la guerra. Por tanto, sus dueños no podían ampararse en un principio que desconocieron y que ahora, juzgados por la justicia del país agredido, buscaban tomar para no ser condenados. 

Finalmente, cansado de la obstinación, acusaciones y hasta burlas de Irvine, Bolívar resolvió poner fin a la discusión en la misiva del 7 de octubre: “Parece que el intento de V.S. es forzarme a que reciproque los insultos: no lo haré; pero sí protesto a V.S. que no permitiré que se ultraje ni desprecie al Gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndonos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra populación y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra la España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende. Concluyo celebrando con V.S. la despedida del asunto, que doy por terminado…”. No obstante, el día 12 escribió por última vez: “No creo que haya ningún argumento bastante fuerte para que pueda contraponerse o balancear siquiera la autoridad de las leyes que se han aplicado. Así tengo derecho para esperar que cese la correspondencia de que han sido objeto”. El 21 de ese mes, Pedro Briceño Méndez comunica al agente que El Libertador salió a dirigir operaciones militares y que en su lugar quedó encargado de oír sus reclamos El Consejo de Gobierno, formado por los ilustres Roscio, Urdaneta y Peñalver. 

El agente Irvine quedó así ignorado y furioso de no haber conseguido su cometido: “el régimen del Dictador Bolívar [escribía a Adams el 2 de noviembre] ha producido desórdenes que necesitarán mucho tiempo para reparar; he terminado mi correspondencia y no deseo tener más roces con él; regresaré a los Estados Unidos en enero o febrero”.  Sin embargo, Bolívar, que a pesar de todo no perdió su norte de estadista, le envió el 9 de diciembre ejemplares de su declaración del 20 noviembre, donde ratificaba la voluntad de Venezuela a ser libre: “Yo suplico a V. S. que trasmita a su Gobierno alguno de estos ejemplares en testimonio del respeto y consideración que merece al Pueblo libre de Venezuela”. Finalmente, el 14 de febrero de 1819 lo invitó a presenciar su discurso inaugural en el Congreso de Angostura. Irvine aceptó ir y marchó de Venezuela a inicios de marzo. 

Meses después, el 25 de julio de 1819 llegó su reemplazo con tres buques de guerra. Se trataba del comodoro Oliver Hazard Perry, héroe militar de la Guerra de 1812. El Vicepresidente Francisco Antonio Zea en ausencia de Bolívar, por entonces luchando en la Nueva Granada, accedió  sin mucha resistencia a sus demandas y entregó las goletas, sólo indemnizando el cargamento de la Tigre: “…porque ni eran efectos de contrabando, ni comestibles destinados para la plaza enemiga bloqueada”. Bolívar sólo calificó la acción como “una capitulación humillante”. En palabras del historiador bolivariano Vicente Lecuna resultó ser: “el primer acto de fuerza de los muchos que han sido víctimas nuestros países, y el primer acto de debilidad de nuestra lamentable diplomacia”.

En suma, Bolívar no mostró oposición en indemnizar a los propietarios de las goletas pero condicionó tal acción al reconocimiento del agente estadounidense del derecho aplicado por Venezuela: “Los ciudadanos de los Estados Unidos, dueños de las goletas Tigre y Libertad, recibirán las indemnizaciones que por el órgano de V.S. piden por el daño que recibieron en sus intereses, siempre que V.S. quede plenamente convencido de la justicia con que hemos apresado los dos buques en cuestión”. Con este compromiso procuraba el Libertador una aceptación tácita hacia el nuevo Estado. Sus miras no dieron fruto en esa ocasión.  Los Estados Unidos sólo reconocerían, ante un inminente acercamiento geopolítico y comercial de la Gran Bretaña con los antiguos territorios españoles de ultramar, la independencia no de Venezuela sino de Colombia la grande el 19 de junio de 1822. Pero eso es otro capítulo que implicó intereses económicos y nuevos mercados para ambas naciones angloparlantes.

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