Manoa, una herencia que pervive
Escrito por Javier Escala   

altEn 1943, cuando la humanidad vivía la guerra más mortífera de su historia, Enrique Bernardo Núñez (1895-1964)

periodista, novelista, historiador y primer cronista oficial de Caracas escribía un ensayo titulado Orinoco (Capítulo de una historia de este río). En esas páginas, el autor de la célebre novela Cubagua o la implacable crónica La ciudad de los techos rojos, abordó, con el mito del Dorado como fondo, el episodio más controversial y amargo de las reclamaciones fronterizas entre Venezuela y la Gran Bretaña.  Se trata de un trabajo que funge de antesala a  su obra Tres momentos en la controversia de límites de Guayana (1944-1945).

Orinoco (Capítulo de una historia de este río) se compone de cuatro secciones (Manoa, la golden city, El Secreto del Dorado, El viaje de Raleigh y La herencia de Elizabeth). En el primero de ellos, Núñez abordó el mito del Dorado, ciudad cubierta de oro que activó el ansia de fortuna fácil de conquistadores y aventureros europeos en el siglo XVI. Uno estos hombres, el  corsario inglés sir Walter Raleigh llegó a situarla en las márgenes del lago Parima, geografía de la por entonces incipiente provincia de Guayana. Esta urbe legendaria, llena de oro por todos lados y que Raleigh buscó afanosamente, ofrendaría a Inglaterra y a su reina virgen Isabel I Tudor mayores tesoros que Perú y México juntos. 

Todo daría este hombre por conquistar Guayana, aquel vasto y casi impenetrable territorio donde se hallaba la rica Manoa. Escribiría una obra de sus viajes para encantar a su soberana y compatriotas, viajaría en dos oportunidades hacia esas selvas (1595 y 1617) en procura de gloria y fortuna, sería acusado de conspirador y confinado en la Torre de Londres, enfrentaría a los mismos españoles por el control de la zona y vería morir a uno de sus hijos en tal travesía. Todo ello es narrado con genial pluma y brillante síntesis por Enrique Bernardo Núñez, quien identificaría la incursión de sir Walter Raleigh como la primera hecha con apoyo de la corona inglesa para tomar los recursos de Guayana y que, lejos de cesar con el fracaso de este explorador, continuaría  alentándose en los siglos venideros hasta llegar a la geofagia de Robert Schomburgk y su línea fronteriza que sería base para el despojo final del Esequibo en un laudo negociado entre potencias.

Esto fue denominado por Núñez como la “Herencia de Elizabeth”. Herencia, porque los propósitos de colonizar esa zona, incluyendo las bocas del río Orinoco, datan desde el siglo XVI con un Raleigh que actuaba, al igual de Amyas Preston o Francis Morgan, con patente de corso autorizado por la propia reina Isabel Tudor. En el siglo XVIII Gran Bretaña tomó el control de Trinidad, ínsula que fungía de llave para el próximo codiciado botín que era las bocas del Orinoco. Asimismo, durante la siguiente centuria, explorarían todo el Esequibo, poblarían el lugar al este del río con el mismo nombre para aplicar el utti possidetis facto. El enviado Schombrurk sería el encargado de retrasar cualquier tratado de límites con Venezuela hasta no explorar el terreno, mejor dicho, ampliar hasta donde la gula por esa área fuese satisfecha con una línea fronteriza beneficiosa a los británicos.

En 1880 la línea Schomburgk abarcaba desde las bocas del Orinoco hasta las montañas de Roraima. El río de la mítica ciudad dorada estaría así bajo el dominio inglés y con él una inmensa región rica en recursos minerales. El Dorado, el formado en el subsuelo, el genuino, permanecería bajo la férula de la Union Jack. Sin embargo, en esa misma década, un personaje inesperado, el presidente Guzmán Blanco colocó a un nuevo actor en el sitio: Los Estados Unidos de América. El águila y el león se encuentran en Guayana con la astucia del divide y vencerás del Ilustre Americano. 

Guzmán Blanco otorgó concesiones al estadounidense Cyrenius Fitzgerald en el Delta y el Esequibo. Así nació la empresa Manoa, encargada de extraer minerales en una época en donde Guayana vivía su propia fiebre del oro y hombres como Antonio Liccioni o Juan Bautista Dalla Costa amansaban capitales con el negocio aurífero y sus derivados. El reclamo inglés no tardó en venir e hizo saber al gobierno venezolano que no toleraría injerencia en sus predios, aduciendo ser “territorios en disputa”. La concesión Fitzgerald fue traspasada a George Turnbull en 1896. Era este beneficiario un súbdito inglés que rápidamente demostró lealtad a los intereses de su patria allende a la mar océano. La concesión fue vendida al gobierno de S.M.B Victoria I y los Estados Unidos, como gran nación adalid de la libertad mundial, invocó la conveniente Doctrina Monroe. El arbitraje era imperativo para resolver los intereses del Tío Sam y John Bull sin menester de pólvora y acero. El asunto fue decidido en París sin voz ni presencia venezolana. El Esequibo para Gran Bretaña y las bocas del Orinoco para Venezuela. El despojo quedó así sancionado. 

De esta manera, Enrique Bernardo Núñez resumió en escasas páginas la historia de río padre de la nación en lo concerniente a las ambiciones y reclamaciones inglesas por los territorios que conforman su vasta y codiciada cuenca. La conclusión de este prolífico ensayista, en tiempos en que el tema del Esequibo estaba desempolvado por las declaraciones de Mallet Prevost, fue contundente: “A cambio de la Doctrina Monroe, El Dorado quedó en poder de Inglaterra”. 

Hoy, 121 años después, la solución al despojo de 1899 parece lejos de solventarse. Ahora es la República de Guyana, herencia política del colonialismo inglés, quien brega con Venezuela la soberanía de la apetecida región. La herencia de Elizabeth, como la definió el prolífico Núñez, continúa vigente pero con el Dorado del oro negro como principal aliciente. 

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