Fin del Imperio Español en Venezuela (1820)
Escrito por Dr. Ángel R. Lombardi | @lombardiboscan   

altEn enero de 1818, las tres principales autoridades en la Provincia de Venezuela, Pablo Morillo (militar), Juan Bautista Pardo (política) y Francisco Xavier de Arambarri (fiscal), elaboraron

conjuntamente un escrito en el que señalaron lo siguiente: “Sobran en este país tropas, valor, disciplina y entusiasmo para triunfar de los enemigos de las banderas reales y del orden público; pero la espantosa escasez del Erario, la imposibilidad de proveerse en esta devastada tierra de la paga y subsistencia de los guerreros, y la dificultad consiguiente de los movimientos militares paraliza los planes más indestructibles para concluir prontamente esta guerra homicida y destructora, hace alguna vez contingentes los sucesos, inspira animosidad a los rebeldes del país, y de otras Provincias Americanas; y desacredita el poder de S.M. y de la Nación Madre”.

La falta de dinero quiso suplirse a través de otros territorios vecinos en teoría más prósperos y con una estructura administrativa más regular. Las autoridades españolas en Venezuela procedieron de ésta manera: “… se declaró unánimemente que para salvarlas sin dilación y con seguridad no había otro recurso eficaz que solicitar a la Habana, Veracruz y Santa Fe los socorros abundantes y determinados, que humanamente no puede producir esta tierra, siendo sus rentas, impuestos extraordinarios y exacciones de todo género insuficientes a cubrir la mitad de los gastos de la primera atención; cuyo acuerdo tenemos el honor de pasar a V.E. rogándole se digne inclinar el Real ánimo a la aprobación de esta medida para que en consecuencia se expidan las reales órdenes más precisas a los Virreyes Superintendentes de Real Hacienda de México y Santa Fe, y al Superintendente General Subdelegado de la Habana, a fin de que suministren por el espacio de dos años las cantidades de plata y especies que la expresada Junta ha creído indispensables y proporcionadas a la posibilidad de cada uno de aquellos gobiernos”. 

Estas desesperadas peticiones fueron respondidas con indiferencia por parte de las autoridades de México, La Habana y Santa Fe. Los funcionarios de esos territorios alegaron no disponer de suficientes recursos para poder ser compartidos. Los jefes realistas en América no tardaron en percibir el abandono y la indiferencia de la Metrópoli, a pesar de que ésta había optado por una salida represiva en contra de los vasallos rebeldes desde el año 1815. España supuso que con decretos y proclamas, respaldados por una pequeña fuerza militar, sería suficiente para acabar con la rebelión dentro de sus colonias. En 1818, los españoles carecieron de los fundamentales recursos para financiar la costosa guerra ultramarina que llevaban a cabo. Y a pesar de ello optaron por lo imposible. Jamás los realistas pusieron en duda su legítimo derecho a defender con las armas sus territorios imperiales, y ni la distancia ni las dificultades logísticas de toda índole impulsaron a sus líderes a negociar algún acuerdo con los alzados en armas.

Sólo el inesperado levantamiento liberal de 1820 obligó a los jefes españoles de Venezuela a ofrecer algún tipo de negociación, a pesar de su penosa situación económica, política y militar. Solos pero con Dios, la Virgen y el Rey. Y como dice agudamente el historiador británico Raymond Carr: “El régimen de Fernando VII y la regencia de Portugal sólo podían salvarse por la solvencia y la prosperidad; y ello implicaba la recuperación del imperio americano y la restauración de las relaciones comerciales con Brasil, ambas cosas fuera del alcance de las posibilidades de lo que se llamaba “les tours secondaires”. España se negó a hacer concesiones o a aceptar la mediación británica con la misma inflexibilidad que “si tuviera a Europa a sus pies”; la diplomacia inglesa, por su parte, mostró poco tacto hacia la susceptibilidad del decadente imperialismo, y sus intereses comerciales en América del Sur envenenaron sus relaciones con España. La última jugada fue el intento de continuar sola, esa negativa a aceptar lo inevitable que infunde a la política española una especie de locura gloriosa. La España fernandina no podía producir un ejército capaz de evitar la derrota americana: la fuerza expedicionaria andaluza derrotó, no a los rebeldes americanos, sino a la monarquía misma”. 

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