En torno al 19 de abril de 1810
Escrito por Luis Alberto Buttó | @luisbutto3   

altOprobiosa es la tarea de quien se dedica a ideologizar la interpretación de los hechos históricos al tergiversar deliberadamente la lectura

que de ellos debe hacerse con la aviesa intencionalidad de estructurar una falsa conciencia de la realidad vivida y por vivirse. Oprobiosa e inútil al mismo tiempo; esto último porque se desperdicia irremediablemente el intelecto involucrado en tan vergonzosa faena. El erotizado y/o tarifado que se desliza a la condición de peón del veneno que de este comportamiento se desprende olvida con torpeza que, por su limitada condición humana, le es menester imposible negar, ocultar y/o modificar la real esencia de los sucesos pasados, en tanto y cuanto no hay entre nosotros semidiós alguno con la suficiente capacidad de alterar el significado y alcances de lo ya acontecido. Sin embargo, hay quienes no sienten prurito en trascender los linderos de la verdad y se empeñan en arrogarse el papel de arcángeles de la historia, en aras de alterar desembozada y siniestramente la exactitud de lo ocurrido. Inexactos e insinceros; doble acto de maledicencia frente a lo que salta a la vista.       

Así las cosas, no extrañan ciertas apreciaciones radicalmente equivocadas, cuando no palmariamente falseadas, sobre hechos históricos desencadenados en el período republicano venezolano. Ejemplo vivamente ilustrativo de lo dicho lo constituye la reiterada alusión que plumíferos al servicio de poderes despóticos de ayer u hoy hicieron y hacen de la desafortunada convicción asumida por Simón Bolívar en torno al supuesto alumbramiento de la patria en el seno de un vivac y acerca de que la Venezuela de su época debía caracterizarse recurriendo a la simbología de un cuartel. Nada más desbarrado en el ideario bolivariano, pero, al mismo tiempo, nada tan recalcado en los intentos de los círculos asociados al espíritu y prácticas pretorianas por deformar la historia, a través de sus tristes amanuenses, con el objetivo de justificar, impúdicamente, la extensión ad infinítum y ad náuseam del opresor proyecto político emprendido por aquellos que desde siempre y por siempre han representado y representarán la antiestética cara del poder. 

Se equivocó de plano Bolívar en la infeliz afirmación traída a colación porque, en verdad, la patria venezolana fue engendrada en el alma, corazón y mente de lo más granado de la elite civil políticamente activa a principios del siglo XIX. La rebeldía manifestada el 19 de abril de 1810, la posterior declaración de independencia de julio de 1811 y la consecuente creación de la república única e indivisible que ha prevalecido hasta la contemporaneidad en el territorio sito al norte del subcontinente sudamericano, fue, sin lugar a dudas posibles, un proceso netamente civil. No hay de otra. En consecuencia, es cuestionable y repudiable que a estas alturas del estado del arte se pretenda presentar cualesquiera interpretaciones contrarias a esta característica definitoria de los hechos fundacionales de nuestra nación.

Para puntualizarlo en la única dimensión posible: amén de la expuesta, no cabe ninguna otra interpretación sobre el origen, esencia y significado de la autodeterminación asumida en abril de 1810 y concretada con todas las de la ley en julio de 1811. Los auténticos padres de la patria fueron mayoritariamente civiles y, como tal, el proyecto que echaron a andar nació siendo civil por los cuatro puntos cardinales y desde cualquier punto de vista. Ése fue su signo distintivo. Esa cualidad está esculpida de manera indeleble en el ADN del proceso republicano.

Fenómeno histórico completamente distinto es la circunstancia de que la independencia haya tenido que sostenerse y/o defenderse con la acción de hombres a caballo y lanza en ristre. Por supuesto que ayuda a definir un hecho el derrotero que éste sigue una vez iniciado, pero eso, bajo ningún concepto, se traduce en que irresponsablemente se pueda trabucar el contenido intrínseco que condujo a su gestación. Como ante a cualquier evento histórico, la guerra de liberación venezolana sólo puede ser estudiada y comprendida de manera integral al ubicarla en el contexto exacto en que se produjo; es decir, evitando incurrir en anacronismo, el más vergonzoso de los errores cometidos por «historiadores» que desvirtúan el legado de su formación, o por aprendices de brujo que se lanzan al ruedo autoproclamándose pomposamente cultores de la ciencia histórica. La ignorancia, al igual que la mentira, es por definición atrevida.

Hay que dejarlo en claro y repetirlo hasta la saciedad cuantas veces sea necesario: la masa crítica que con su ánimo, ideas y esfuerzo soñó, impulsó y definió la colocación de la piedra liminar de la autodeterminación venezolana se gestó en el politizado sector civil de principios del siglo XIX. Argumentar en contrario y pontificar que los iniciales y decisivos pasos de nuestra caminata emancipadora los guiaron hombres de uniforme es no entender y/o trabucar el legado histórico concreto de esos días definitorios. La Venezuela que hoy conocemos es el resultado de la audacia, voluntad y decisión de próceres auténticos (por civiles), inexplicable y tendenciosamente marginados de la historiografía oficial u oficiosa. Gústele a quien le guste y disgústele a quien le disguste, la patria que siempre hemos tenido fue procreada por civiles y para entender y explicar de manera cabal aquel alumbramiento es absolutamente inapropiado recurrir al eufemismo-falacia «movimiento cívico-militar». Quien así procede es porque posee mentalidad subalterna pretoriana, manifiesta o subyacente.  Su condenable objetivo es avalar en los días que corren, como lo hicieron otrora, la inconveniente y abusiva intervención militar en política, secular y desafortunada constante histórica presente en estos lares.

El 19 de abril de 1810 el Capitán General de la época contaba con los armas, pero los ideólogos de la libertad, inteligentemente, se apuntalaron en la gente para vencer la resistencia del representante del orden establecido de ir a Cabildo; inevitable era que la ecuación se resolviese en contra de la legitimidad perdida. Es harto conveniente no olvidar esa magistral lección de cómo se gestó y concretó aquel gigantesco salto hacia lo que terminó siendo la definitiva independencia político-territorial de esta tierra, en especial porque pasadas dos centurias todavía hay quienes persisten, de manera absurda e infantil, en invocar héroes de chistera que, valga la aclaratoria, nunca han existido. Ya debería haberse aprendido que los proyectos corporativos no desembocan en proyectos nacionales. Cuando amanece, el cielo es azul, no de otro color.      

En su especificidad, los hechos históricos no se repiten, pero, ¡vaya que enseñan!

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