Apuntes sobre el «Caracazo»
Escrito por Luis Alberto Buttó | @luisbutto3   

altEntre los puntos de quiebre que han signado la contemporaneidad venezolana destacan por su dramatismo y trascendencia los sucesos ocurridos entre el 27 de febrero y el 1 de marzo de 1989;

el conjunto de episodios violentos que con muy poca originalidad los medios de comunicación bautizaron como el «Caracazo», franquicia de remoquete posteriormente comprada sin mayor discusión al respecto por la historiografía centrada en tales asuntos. Como suele suceder en estos casos, aunque por supuesto no debería ser así, bajo la consigna de poner orden a como diera lugar, en aquellos momentos de olvido imposible la arquitectura institucional dispuesta en Venezuela para administrar la fuerza legal del Estado incurrió en actos de represión masiva e indiscriminada a fin de frenar los desbordados motines callejeros. 72 horas de atormentadora ruptura de vidrieras, incesante ulular de sirenas y aterrorizador traquetear de fusiles, sirvieron de fondo para dibujar en las calles caraqueñas la abrumadora contabilidad de muertos y heridos dejados al paso por los cuerpos de seguridad del Estado.

A tres décadas de tan rudo estremecimiento que hizo añicos el imaginario de armonía social que nos creíamos los connacionales plantados en esta tierra producto del insaciable disfrute de la renta petrolera, y al opósito de lo esperado en términos del irrenunciable debate que sobre hechos de este tipo está obligada a dar cualquier sociedad que se jacte de haber alcanzado suficiente madurez política, dos preguntas insoslayables relacionadas con la esencia y razón de ser de las particularidades propias de la acción oficial de aquellos días permanecen todavía sin adecuada y satisfactoria respuesta. A saber: ¿era insuficiente e inapropiada la preparación de los efectivos involucrados en aquellos actos en materia de control de orden público y de allí los desmanes cometidos? ¿El número de bajas ocasionadas fue resultado de los excesos cometidos por individualidades con responsabilidades de comando al momento de tomar decisiones sobre el terreno de operaciones o fue producto de la práctica deliberada resulta de la aplicación de cierta concepción gubernamental-estatal mediante la cual se consideraba a la población como enemigo interno según patrones doctrinales autoritarios vinculados con la seguridad interna? El peor escenario posible: ¿todas las opciones anteriores mezcladas en un cóctel dantesco?

El guión de la película apocalíptica que se colaba a través de los receptores se perdió por instantes que se tornaron infinitos. Cadena nacional de radio y televisión para tratar de explicar lo que desde la óptica oficialista ocurría a quienes en sus casas se encontraban sumidos en la angustia al no comprender los motivos y el desarrollo real de la tragedia que se escenificaba en esas aciagas horas. Un ministro del Interior prácticamente desmayado ante las cámaras de televisión al no soportar la presión sin dudas inmanejable, en especial para funcionarios que jamás esperaron encontrarse atrapados en la vorágine de tan descomunal brete. Un ministro de la Defensa erigido rostro y voz solitarios del poder constituido. A fin de cuentas, como demasiadas veces en el transcurso de la historia patria, el país quedó al arbitrio de los militares. ¿El colofón de ello? Todos lo sabemos. No tiene sentido contarlo de nuevo.  

Para algunos, lo acontecido en aquellos días se circunscribe al mal manejo de una situación por demás anómala y circunstancial, nada que ver con la dinámica intrínseca de la sociedad venezolana. En este sentido, hasta una huelga de policías se atravesó en el camino. Para otros, es un mito hábilmente construido la narrativa que habla del estallido social espontáneo como rechazo a las medidas de ajuste económico. El papel desempeñado por instigadores de afuera y de adentro se trae a colación como soporte de este planteo. Hay también quienes sostienen que la lava del volcán se formó por años y la erupción no era más que cuestión de tiempo. Condiciones objetivas que llama el marxismo. En medio, el poder desfasado de la realidad encarnado en un primer mandatario que apelaba a la adhesión que generaba en la población como soporte suficiente para acometer las políticas consideradas necesarias. Se creyó que no era indispensable convencer; la fruta madura se caía por sí sola. En resumidas cuentas, un puñado de explicaciones aderezado por miles de lágrimas. Nada definitorio para rellenar las páginas del libro.

Más tarde, el asunto degeneró en burdo manejo propagandístico. De por medio jerigonza identificada por supuestamente estar en contra de lo que sin base alguna se etiquetó de políticas neoliberales, los ideólogos, jefes y protagonistas de los fracasados en el teatro de operaciones golpes militares de febrero y noviembre de 1992, invocaron al «Caracazo» como fuente primaria de inspiración para acometer su felonía, alegando el rechazo moral que sintieron cuando las armas de la república se utilizaron para la represión interna. Se olvida que varios de ellos fueron precisamente los que estuvieron en el terreno y cuando debieron oponerse a las órdenes recibidas miraron para otro lado, vaya usted a saber el porqué de esa contradicción. Al pasar de los años, se asumió que proferir en volandas acomodaticias declaraciones de «revolucionario», «socialista» o «antiimperialista», era táctica suficiente para borrar pasados ingratos. Mala ésa. En estos casos, las páginas de los libros no quedaron en blanco.

Fin de la historia: a la fecha, el Estado venezolano se mantiene en contumacia y no materializa lo ordenado en la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos fechada en agosto de 2002 donde se abordó lo relacionado con las reparaciones y costas generadas por los sucesos de febrero y marzo de 1989 y se le conminó a …«ajustar los planes operativos tendientes a encarar las perturbaciones del orden público a las exigencias del respeto y protección de los Derechos Humanos»… y a formular procesos de desarrollo de funcionarios encaminados a …«formar y capacitar a todos los miembros de sus cuerpos armados y de sus organismos de seguridad sobre los principios y normas de protección de los derechos humanos y sobre los límites a los que debe estar sometido, aun bajo los estados de excepción, el uso de las armas»... En lo transcurrido desde entonces hasta los días que corren, la palabra represión, de tanto en tanto, no ha dudado en mostrar el rostro fiero y cruel que la caracteriza. Como todo el mundo conoce los detalles, tampoco hace falta contarlos. De sobra, algunos han experimentado la consecuencia de escupir hacia arriba.    

Subsiste cierto compromiso ético en el hecho de recordar lo que no debe olvidarse.

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