Sobre el 23 de enero, una vez más
Escrito por Luis Alberto Buttó | @luisbutto3   

alt¿Hasta dónde es procedente establecer parangones entre diferentes momentos históricos vividos por una determinada sociedad?

El caso concreto del proceso político que encontró su epítome la madrugada del 23 de enero de 1958 y la relación que pretenda intentarse con sucesos ocurridos o por ocurrir en estos lares seis décadas más tarde, coadyuva en el esfuerzo de encontrar respuesta(s) en este sentido. Empero, para encauzar el discurso explicativo, surge la necesidad de formular una pregunta adicional: ¿en verdad, qué sucedió en Venezuela aquella fecha memorable?

Lo primero es lo primero y la verdad por desagradable no debe ser matizada. Ese día, la actuación de la fuerza armada, al deponer la tiranía encabezada por el general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, corroboró una constante histórica que la sociedad venezolana o no termina de entender o continúa asumiendo, equivocada y fatalistamente, como necesaria: desde su real y operativa fundación, la institución castrense criolla ha desempeñado un papel político de primera línea, a tal punto que en más de una oportunidad terminó decidiendo el destino nacional. En otras palabras, desde la constitución de la organización en cuestión, facciones actuantes en su seno, concretamente las ideologizadas y motivadas políticamente, recurrentemente se pensaron con propiedad para terciar, directa o indirectamente, en la composición y/o recomposición del poder en Venezuela. El punto determinante en este asunto reposa en el hecho de que, por razones imposibles de detallar en breves líneas, y contrario a lo argumentado por voces que sólo responden a inconfesables intereses personales o grupales, tal intervención militar en política siempre trajo como consecuencia la calamidad de sumir al país en grados diversos de desestabilización política. Para decirlo si se quiere de manera lapidaria: decenas de veces, el involucramiento de los uniformados en asuntos políticos, recalcó y reeditó el secular atraso nacional.

Noviembre de 1948, febrero y noviembre de 1992, abril de 2002, constituyen demostración palmaria de lo expuesto. Sin embargo, para alimentar el caldo cocinado en la acera contraria a la afirmación anterior, pueden traerse a colación los impactos positivos generados tras de sí por los sucesos desarrollados en octubre de 1945, expresados, verbigracia, en la promulgación de la primera Constitución venezolana realmente democrática, con base en la cual se eligió, también por vez primera, al presidente de la república en comicios universales, secretos y directos, como manda el canon moderno. Si bien eso es cierto, paralelamente lo es que en octubre de 1945 se gestaron los prolegómenos del zarpazo propinado tres años después contra el incipiente experimento democrático, punto de partida para laentronización de la llamada «década militar». Sanguinaria y funesta, por decir lo menos.  

Positiva narrativa similar se construyó en torno al 23 de enero de 1958, cacareo repetido y cita persistente de por medio. El imaginario de la conjunción «cívico-militar» y la frase alusiva al «espíritu del 23 de enero» sintetizaron en redondo esa manera de contar lo entonces desencadenado, haciendo por supuesto alusión al indubitable hecho de que la defenestración de Pérez Jiménez abrió las compuertas para que fluyera la anhelada transición a la democracia liberal representativa; sistema político que al instaurarse, y sin por ello pretender desconocer o minimizar sus obvios bemoles, permitió que la sociedad venezolana experimentase el mayor período de vigencia de las libertades políticas, civiles y económicas consustanciales con la modernidad. Lapso de incuestionable progreso durante el cual la población fue masivamente educada y atendida sanitariamente, y gozó de tangibles oportunidades de mejoramiento personal que se tradujeron en rápido ascenso social vertical; todo ello como nunca antes había ocurrido en la historia republicana.

Así las cosas, muy pocos nos atrevemos a resaltar el rostro feo del 23 de enero de 1958. En primer lugar, la valoración mayoritaria hecha de aquella coyuntura histórica esconde la inferencia de que en esas horas, como en tantas otras oportunidades, la sociedad venezolana demostró un inmenso grado de inmadurez y atraso político, palpable en el hecho de que el derrotero nacional fue decidido por sectores motivados políticamente incubados al interior de la fuerza armada. El desenlace se encontró en las balas, no en la organización y movilización de la gente, y eso dice mucho, y dice mal, de la conciencia política para el momento existente en las masas; conciencia política que en sí misma representa la única herramienta válida para la construcción de ciudadanía. Sin ciudadanos no hay democracia segura. Ésta, tarde o temprano, se desmorona. ¿La prueba? En diciembre de 1998 dimos un salto atrás, fuimos incapaces de ver con propiedad el vacío que se avecinaba.

En segundo lugar, por haberse producido la transición a la democracia como resultado de la activación del nunca espantado fantasma de la intervención militar en política (definición de pretorianismo, valga la imprescindible aclaratoria teórica), la fase inicial de la democracia se vio asediada por la actuación de sectores retrógrados enquistados en la institución armada, que por haber sido decisivos en las horas referidas, continuaron creyéndose con pleno derecho a tener la voz definitiva en la configuración de las relaciones de poder. No en balde, con las armas conspiraron de frente contra la democracia y esas conspiraciones costaron muchas vidas y causaron incuantificables sufrimientos. No hubo épica alguna en el proceder de los alzados de esos años; ni siquiera sintieron la vergüenza de haber traicionado el juramento de acatamiento de la soberanía popular que libérrimamente escogió al presidente de la época. Se atrincheraron para no ceder la condición privilegiada que los hechos previos le dieron a entender tenían en sus manos. Es decir, quienes sirvieron la mesa quisieron facturar a su favor. No debería olvidarse que eso siempre pasa. No se dispone de vacuna alguna frente a tan riesgosa posibilidad.

Alcanzado este nivel de análisis, luce sensato repensar la interroganteinicial de este escrito. Nueva formulación: ¿es sano, conveniente e inteligente parangonar diferentes momentos históricos? ¡Dios guarde a los pueblos de las trampas cazabobos diseminadas en su camino!  

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