Petkoff
Escrito por Siul Nagarrab   

altLuego de veinte años de incultura deliberadamente irradiada desde el poder, no sabemos ya en qué consisten ciertas cualidades.

Es difícil reconocer públicamente como cultas y sabias a las personas, dos dimensiones ciertamente diferentes.

Puede decirse, la una trata del conocimiento vivenciado y, la otra, del conocimiento experimentado: está la inclinación natural  y cotidiana de cultivar el que otros pueden juzgar como valioso, al lado de la experiencia de años que lo convierte en una habilidad ejemplarizante, radicalmente contrario al conocimiento que académica, sistemática y utilitariamente hemos acumulado para darnos un oficio o profesión. Más allá del ejercicio político, por cierto, que lo tuvo a pesar de sus desplantes, en el imaginario social el referente por excelencia del hombre culto fue o todavía es Arturo Uslar Pietri, aunque él mismo negara esa condición a un entrevistador, por faltarle el dominio de las matemáticas. 

Días atrás, murió Teodoro Petkoff,  quien – por cierto – injustamente no mereció un Acuerdo y, menos, obligó a su discusión, por una Asamblea Nacional que demuestra no tener idea de lo que representó, además, un parlamentario de amplia trayectoria. . Independientemente de las diferencias políticas, fue una persona culta, como muy pocas de la más reciente contemporaneidad (o extemporaneidad, mejor decir), venezolana. 

Rara combinación la del intelectual y la persona de acción, quien sepa de sus aciertos y errores aportados, entenderá cabalmente cómo el submarinista por afición, podía muy bien versar sobre un novelista de difícil y hondo calado, con la naturalidad de un grato conversador que exhibía también ese humor corrosivo que rompe con la cómica burla, la descalificación y humillación que domina este lado del mundo.  Son muy pocos los dirigentes políticos que hoy pueden equiparársele, así de sencillo.

En síntesis, es el Petkoff a quien se le salió con extrema espontaneidad una palabra como “gnoseológico”, en una entrevista realizada para un periódico político, como “Deslinde”, en 1969, cuando estaba a las puertas o ya nos había escandalizado con ese candelazo sobre Checoeslovaquia, estremeciendo una polémica de alcance universal; o  el que quiso conocer personalmente, según lo confesara, Gabriel García Márquez, desde antes que se hiciese la celebridad que ambos fueron. Valgan estas notas como un tributo que, por faltar la conexión en casa, no pudimos explayar, presentida su muerte, en un blog que dejó engatillado numerosos archivos de quien dejó una gran  lección: sólo los estúpidos no cambian de opinión.


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