De los lomos partidos (o léase en caso de emergencia)
Escrito por Luis Barragán (diputado por Aragua) | @luisbarraganj   

altDía algo particular, la agenda de actividades pautaba un par de reuniones en la sede administrativa de la Asamblea Nacional y, luego del mediodía,

otra en la Universidad Metropolitana, las cuales cumplimos. En ésta, nos encontramos con José Alberto Olivar, quien nos obsequió con un recorrido comentado por las bibliotecas “Pedro Grases” y “Arturo Uslar Pietri”, pues, ya estaba cerrada la ”Ramón J. Velásquez” de la casa de estudios, finalizando la tarde con una visita a la embajada chilena, ocasión que no había tenido para compartir con los compatriotas que se refugiaron en ella, antes que el régimen les diera alcance.

Versamos sobre espacios extraordinariamente preservados, seguros y silenciosos, contentivos de las afortunadas donaciones que tuvieron a bien decidir los tres insignes venezolanos, como Sofía Imber lo hizo con la Universidad Católica Andrés Bello y, esperamos, lo haga Guillermo Morón con sus más de veinte mil ejemplares, a favor de una institución seria y confiable. Desafortunadamente, tamaño aporte no puede realizarse al Estado, porque – tan lesionado -  ni siquiera garantiza la preservación de un patrimonio invaluable, fundamentalmente destinado el   presupuesto público para el servicio de la deuda externa, la adquisición de armamentos y los excesos publicitarios que lo caracterizan.

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Grato recorrido, no cesó el intercambio de ideas, la verificación de datos y la propia  admiración por los títulos que zurcen los anaqueles, hallando el que tuvimos la  suerte de concursar, editado por la Unimet, sobre el Esequibo. De la fotografía de un estante de la colección de Ruedo, periódico taurino que animaba a Grases, pasamos a la primera edición en español del más conocido libro de John Maynard Keynes, cuya página inicial registramos en las manos de Olivar, portador de las inquietudes de Uslar Pietri.
 

Léase en caso de emergencia

Pasamos de la cultura oral a la electrónica, sin agotar la escrita. A lo sumo, confiando en el  dispositivo que tenga un diccionario, nos hemos convertido en respondedores insignes de pocos caracteres y muchas imágenes.

El enorme salto tecnológico, con todo y sus retrasos, por lo menos, en este rincón del mundo,  nos orienta hacia una sociedad de ágrafos de interés para una dictadura interesada – precisamente – en que acatemos sus dictámenes. La profusa telegrafía electrónica, no resuelve todas nuestras inquietudes, e – incluso -  bajo la severísima era del control de cambio, nos fuerza aún más a los viejos impresos para cubrir nuestras emergencias, reconocidas y declaradas como tales.

Deterioradas y desmanteladas gran parte de nuestras bibliotecas públicas, quebradas las librerías, huérfanos de divisas para las versiones electrónicas, obstinados en una constante minería de datos para el hallazgo sorpresivo, recurrimos a las reservas domésticas. Y, consabido, son muchos los hogares en los que el libro es el gran ausente, salvo alguna vieja guía telefónica que pintaba de letras un estante escondido, incluyendo el legado de algún tomo pagado a plazos, cuando tocaban a la puerta los vendedores también de electrodomésticos o utensilios del hogar.
 
Además, aún antes de la hecatombe del siglo que ahora nos tiene por precarios inquilinos, las salas públicas constituyen una referencia para el tedio, obligado el joven estudiante a merodearla al lado de una minoría que se esfuerza – por añadidura – en fotocopiar lo que un móvil celular capturaría, arriesgando un robo. Philip Roth, observando los cambios experimentados por su natal Newark, exaltaba la biblioteca de la ciudad como modelador de conductas, referente civilizador que adiestraba al usuario (“Lecturas de mí mismo”, 2008), algo que no parecía – ni lo parece ya – en Venezuela.

Las mejores bibliotecas privadas, no necesariamente pertenecen a los escritores que, ante todo, son lectores profesionales. Siendo  una legítima afición, se encontrarán aquellas que, al cumplir con una sentencia atribuida a G. Mouravit, concluye que las mejores se constituyen con el menor número posible de obras sustanciales y sustanciosas, parte de la – a veces insospechada – degustación personal unida a algún género musical, como también ocurre para darle algún ritmo a la colección.
 
Las bibliotecas de Grases, Uslar Pietri y Velásquez nacen de una natural vocación por la lectura, agigantada con  el paso del tiempo por sus afanes de investigación, dándole o no continuidad a una herencia. Se dirá de viejos tiempos en los que el libro ya pasaba a complementar al aparato de radio o al fonógrafo para la íntima distracción, o de los casos que preveían o respetaban un espacio físico para  un solaz adentramiento en las páginas, dándole señorío al inmueble, pero lo cierto es que, como toda biblioteca que se respete, evidenciado en una imitación aproximada de su disposición, en la Unimet, es de uso, más allá de la vanidad – a veces, legítima y, otras, fatua – del propietario.

Nos parece,  una biblioteca doméstica de uso  expone áreas de aparente desorden, con una variedad de lomos, puntos de letra y colores, torres endebles, volúmenes abiertos, que contrastan o se rebelan frente  la armonía del cuerpo, aunque pocas cosas son tan placenteras como la dura tarea de ordenar y de reordenar los libros. Una biblioteca doméstica de desuso luce insoportablemente ordenada, cuidadosamente encuadernada para darle una uniformidad angustiosa y, a veces, compaginada con la decoración de todo el ambiente, con un número de ejemplares y de usuarios que no justifican la clasificación del bibliotecólogo.
 
Una y otra biblioteca doméstica de algún vigor, debe sorprender al visitante ajeno a las lides y, por ello, recordamos aquella respuesta de Manuel Caballero, ante la pregunta por siempre anecdótica que le formularon: ¿Te has leído todo esto? (“El orgullo de leer”, 1988). Cuestión que nos lleva a constatar que una biblioteca de uso contiene libros que perduran virginales, intactos y hasta de original envoltorio, pues, justamente los adquirieron para casos de urgencia, de una previsible y muy puntual lectura, añadido los obsequios – por lo general, autografiados – de las personas interesadas también en la influencia del receptor: hay momentos, en los remates de  las grandes bibliotecas detestadas tras una  herencia recibida a título de inventario, que los mesones están anegados de remotas ediciones con sendas dedicatorias sin destino.

Una biblioteca hogareña está hecha para  … deshacerse, si alguna institución no la rescata por la cuantía de sus títulos sustanciales y la importancia del coleccionista que deja un itinerario de sus recorridos y afanes. Solemos purgarla al cumplirse un período largo, deseando tener a  la mano una biblioteca pública para una segura donación, pues ocurre igualmente que una obra adquirida en un momento, ya no tiene razón para otros; el autor es de efímero interés o nos desencantó, siendo prescindible; o nunca hicimos el ensayo que cierta vez quisimos adivinar, agolpados por otros intereses.
 
Está en constante mudanza, lenta, pero mudanza al fin y al cabo, sospechando de las bibliotecas paralíticas, inamovibles y sordas que sirven de pretexto para archivar recibos de gas o tintorería, portarretratos, pequeñas esculturas que sirven de pisa-papeles, lámparas y también bóvedas artesanales en   que se convierten en los pliegues cifrando algún documento, dinero, fotografía o recuerdo muy confidencial. Pueden  ostentar una edición príncipe,  aunque hoy no se sabe de ellas, con el lanzamiento simultáneo en varios países de una edición que la franquicia  imprime localmente, arrollados por la poderosa industria de la impresión que no distingue entre original y copia; u ostentar una vejez prematura, por la baratura de la tinta y del papel que un levísimo roce de humedad convierte en el semillero de hongos capaz de incendiar la pradera.
 

De los lomos partidos

Distinguimos entre los libros de uso efectivo en casa y los que forman parte de la reserva para atender cualquier eventualidad, corroborado  - a modo de ilustración – por la colección de Uslar Pietri. Humanamente no es posible devorar una biblioteca entera, ni juzgar al bibliotecario porque no lo haga, cuando se sabe de páginas sustanciosas muy distintas a las que indiscriminada y enfermizamente intoxica a un paciente aventajado del libródromo.
 
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Palpar el lomo de un título relacionado con Simón Rodríguez, Bolívar, Lope de Vega, Keynes o Aron, es imaginar al escritor sumergido en la  investigación que los convertió en ensayos o novelas, cincelando sus propios aportes. Recorrer con la yema de los dedos, uno u otro referido a Garaudy, significa acuñar fechas para contextualizar los artículos de prensa que le dedicó al otear la crisis del movimiento comunista internacional alrededor de los ’70 del ‘XX.
 
Contar los ejemplares de Alejo Carpentier, amigo desde los remotos tiempos parisinos, significa que los autografiados o de más delicada condición, se encuentran bajo llave salvo que la familia Uslar los hubiese preservado.  Detenerse en el anaquel que expone tres de los cuatro tomos de Manuel Azaña de una insigne edición que tuvo suerte en Venezuela, sugiere una sosegada lectura de sus aleccionadores diarios de guerra y política.
 
En la presente etapa de los bytes, de la criminal sanforización de las grandes obras, de los audiolibros, de los esquemas que sobresimplifican al repetirse sobre otros esquemas, no hay más lomo partido que delate que la propia exposición del interesado: pildorizado, podrá convencer en sociedades cada vez  más funcionalmente analfabetizadas, mas no en aquellas que sepan de la vanguardia lectora. Públicas o privadas con vocación pública, las biblioteca distan demasiado de cancelarse y el libro no dejará de ser tal aunque varíe de formato, así sintamos nostalgia por la última página recorrida de un impreso, resignados a la indeseada participación del lomo.
 
La enorme ventaja está en saber dónde se encuentran las bibliotecas personales de Grases, Uslar Pietri y Velásquez, como la facilidad de accederlas en un ambiente disciplinador, seguro y confortable. Heredad que enorgullece y reivindica la virtud de tener algo más que una vieja guía telefónica en casa, sosteniendo en lo alto al reuter de nuestros tormentos.
  


 

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