Dolarización: una arista microeconómica
Escrito por Enrique González Porras   
Domingo, 11 de Marzo de 2018 08:22

altDada la destrucción del bolívar como unidad monetaria, y a pesar que el artículo 328 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece al bolívar como nuestra unidad monetaria,

muchos economistas asoman a la dolarización como el “mejor” método para lidiar eficiente y creíblemente en el corto plazo con el problema de la hiperinflación en Venezuela.

Sus promotores coinciden en que asumir al dólar como la unidad monetaria formalmente en el país constituye la única forma de crear un compromiso infalible para “amarrarle las manos” al Gobierno, imposibilitándolo a emitir dinero para financiar su déficit, truncando la formación de expectativas negativas sobre la unidad monetaria, y evitando presiones monetarias sobre los precios y la inflación como mal público.

Parece ser que el propio Gobierno, a pesar de su mermada credibilidad y carencia de confianza, cree poder echar mano de la lógica anterior al querer pretender “imponer” el Petro en el futuro como eventual unidad monetaria, queriendo imprimirle la característica de finitud en su emisión “asimilándolo” a las criptomonedas, pretendiendo dolarizar indirectamente la economía al darle por “subyacente” el barril de petróleo que se cotiza a nivel internacional en dólares.

Así las cosas, lo primero que destaca de la dolarización es el compromiso que asume el Gobierno de no poder crear dinero inorgánico -lo que aunado a instituciones de contraloría respecto a la política presupuestaria y al endeudamiento en dólares- coadyuvando a rescatar la responsabilidad fiscal, así como una verdadera función de la política impositiva que constituiría el principal instrumento para levantar recursos públicos. Luego se aceptación y credibilidad generalizada  aparente, que ayudaría sobre las expectativas. Sin embargo, los detractores de esta política, asoman que la dolarización es un compromiso con pros y contras, y si bien imposibilita al Gobierno emitir dinero, igualmente reduce la soberanía, limitando la política monetaria con fines de crear incentivos a actividades como la inversión, el crédito, el consumo y finalmente el crecimiento económico.

Sus promotores destacan entre otra de las bondades de la dolarización un hecho que posee una enorme aceptación popular potencial como sería dolarizar sueldos y salarios. Quienes defienden la dolarización la asoman como la única manera de eliminar asimetrías entre los ajustes de los precios de los bienes y servicios, y los rezagos que han solido mostrar los ajustes de sueldos y salarios denominados en bolívares.

Aun así esta ultima aseveración es parcialmente cierta. Debe tenerse cuidado de por diferenciar que una cosa son los precios relativos entre los bienes y servicios, así como la fuerza de trabajo respecto al bolívar, y otra distinta los precios relativos de los bienes y servicios respecto a la fuerza de trabajo. En este sentido, el poder de negociación respecto al pago por la fuerza de trabajo poco podría depender de la unidad monetaria, sino del poder estratégico y de mercado de las partes. Adicional e independientemente del poder de negociación del empresario respecto a trabajadores y sindicatos, se podría estar presentando una inflación de costos cuyo pass-through a los precios dependerá de la demanda del producto y de su elasticidad, mientras que eventuales ajustes de sueldos -distintos a los impuestos por el Gobierno sobre el sueldo mínimo- dependerán del nivel de productividad de los trabajadores, su poder de negociación y la elasticidad de la oferta de trabajo. En materia de precios de bienes y servicios, el asesor presidencial aseguró que ésta resulta materia exclusiva de los empresarios. Sin embargo, para ser más precisos microeconómicamente, las empresas unilateral e irrestrictamente no tienen por qué ser los fijadores únicos de precios porque estarán sometidos a restricciones por parte del entorno, sus competidores y consumidores.

En otro orden de ideas, la dolarización como institución económica sustituye a la convertibilidad administrada o al control de cambio, desapareciendo el tutelaje del Gobierno respecto a quiénes pueden o no acceder a la divisa. Lo anterior podría devolver al consumidor final su soberanía, toda vez que el control de cambio en la actualidad ha servido para que el Gobierno determine quien ópera o no en el país y finalmente a qué tipo de producto tendrá posibilidad de acceso el consumidor final.

Habría que prestarse atención a un tema delicado, hasta la fecha no expuesto por quienes asoman la dolarización incluso como propuesta electoral, como es la productividad relativa de Venezuela bajo un escenario dolarizado. En la actualidad, sin poder generalizar porque podría existir diferencias entre ciertos sectores económicos domésticos, la baja productividad en Venezuela puede comprometer la continuidad de ciertas empresas ya maltrechas por la crisis económica ante una economía abierta.

En este sentido se requerirá tener bien definida una política microeconómica de oferta, una “política industrial” y de competencia tan importante como la propuesta de estabilización macroeconómica, para tutelar la eficiencia, la competitividad y la productividad nacional.

Otro tema que erróneamente los detractores le achacan a la dolarización es que los precios que hasta la fecha no se encuentran “tasados” según el dólar, en la medida que su precio actual sea menor, podrían sufrir un alza tras la dolarización. Esto no es del todo cierto, en la medida que la mayoría de estos sectores corresponden al de servicios y en consecuencia al de no-transables no tendrá por qué producirse este especie de convergencia en precios. Adicionalmente habría que ponderar, para el caso de los transables, nuestro mermado poder de compra y la elasticidad de nuestra demanda, que podría exigir una discriminación de precios en favor de Venezuela.

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