Hiperinflación en Venezuela y el sector industrial
Escrito por Enrique González (economista)   
Miércoles, 16 de Agosto de 2017 02:02

altVenezuela se encuentra transitando una ruta peligrosa, muy parecida a la mostrada por Zimbabwe antes de entrar en su explosiva hiperinflación

durante los años 2000s -especialmente durante 2007-2008-.

En el ámbito Macroeconómico estas crisis económicas masivas y multidimensional, por ejemplo en el caso de Zimbabwe[1] se caracterizó por: 

  • La posición de la balanza de pagos se deteriora, especialmente producto del deterioro del nivel y valor de las exportaciones.
  • Deterioro de los valores de commodities que constituyen la base de las exportaciones y del acceso a divisas.
  • La Cuenta de Capital se deteriora producto de las dificultades de acceso al crédito externo -lo que adicionalmente podría profundizarse producto de la fuga de capitales-.
  • Nueva Inversión Extranjera Directa no se encuentra en el horizonte cercano.
  • En lo que respecta a los portafolios de inversión, los inversionistas extranjeros resultan vendedores netos de activos domésticos.
  • El crédito externo y el rating crediticio se deteriora producto de la desestabilización Macroeconómica.
  • Despilfarro de recursos internos al involucrarse en conflictos políticos -o utilizados en corrupción-.
  • Un Programa de Reforma Agrícola y de Tierras desorganizada por razones políticas, clientelar y de supervivencia, profundizaron la crisis. Posteriormente derivando en una situación de ausencia de Estado de Derecho -caso Zimbabwe no muy distinto al venezolano-.

Este deterioro del cuadro macroeconómico suele ser producto o suele empeorarse debido a la instrumentalización de lo que se ha denominado la Macroeconomía del Populismo[2], consistente en las siguientes fases:

Primera Fase: durante la primera fase, los tomadores de decisiones en materia de políticas públicas se creen y entienden justificados en actuar ante la situación económica de estancamiento y la necesidad de conseguir crecimiento económico, salarios reales, y sostenimiento del empleo. Durante esta fase los efectos de las políticas macroeconómicas no son de inmediata visualización o comprensión; por lo que malas políticas podrían tener enorme potencial negativo pero sus efectos actúan con cierto rezago. Los controles de precios y anclajes nominales pueden parecer funcionar o cuando menos sus efectos distorsionantes no se manifiestan inmediatamente. El desabastecimiento suele ser enfrentado por medio de las importaciones. La desaparición de inventarios y la habilidad para importar financiada por una disminución de las Reservas Internacionales y el agotamiento de las fuentes externas de financiamiento permite intentar mantener la demanda por un lado, y reducir su impacto sobre la inflación por el otro -pero en el muy corto plazo-.

Segunda fase: en esta fase la economía se adentra en una serie de cuellos de botella explicada por una expansión de la demanda doméstica en términos nominales o corrientes y un límite en el intercambio externo. Si la primera fase se caracterizó por una desacumulación de inventarios, en esta segunda fase los bajos niveles de inventarios y su reconstitución, constituyen los principales retos y problemas. La inflación se empieza a acelerar significativamente mientras los salarios se mantienen relativamente altos -cuando menos nominalmente-. El déficit fiscal empeora debido a una política agresiva de subsidios sobre salarios, bienes, servicios y el tipo de cambio. La visión de redistribución forzosa y de corto plazo sin la acumulación de capital, inversión, productividad e incentivos a la producción suele acelerar los desequilibrios.

Tercera fase: El desabastecimiento se hace persistente y generalizado, la inflación se acelera sustancialmente, el gap cambiario genera fuga de capitales y desmonetización de la economía. El déficit fiscal se deteriora dramáticamente en la medida que la base impositiva y su recaudación se deteriora y los costos y las presiones en favor de los subsidios cruzados aumentan significativamente. Los gobiernos intentan detener el déficit cortando los subsidios y depreciando en términos reales. Los salarios caen en términos reales y los gobiernos entran en desesperación por el deterioro acelerado de las variables macro y las condiciones de vida[3].

Cuarta Etapa: esta etapa según la define Dornbusch y Edwards[4] -no exenta de polémica por no analizar cuándo y cómo se llegaría a ella-, simplemente asoma la aplicación de políticas económicas ortodoxas, una vez se produce un eventual cambio de gobierno.

El International Accounting Standard 29 describe cuatro signos que podrían evidenciar que una economía se encuentra en hiperinflación: 

  1. La población en general prefiere mantener su patrimonio, riqueza o caja en activos no monetarios o en moneda dura -divisas-. Cualquier monto mantenido en moneda local es inmediatamente convertido para mantener su poder de compra.
  2. La población en general considera, expresa o compara cualquier monto en moneda local no en el signo monetario doméstico sino en términos de cualquier otra moneda dura o divisa. Los precios domésticos suelen ser reexpresados, así sea informalmente, en divisas.
  3. Compras y ventas a crédito se realizan a niveles de precios que anticipan la pérdida de valor ante el financiamiento negativo en términos reales -incluso en periodos de tiempo extremadamente cortos-.
  4. Las tasas de interés, los sueldos y precios se encuentran parcialmente o referenciados e indexados a los índices de precios, y la inflación acumulada durante tres años cuando menos alcanza 100%.

Algunas definiciones cuantitativas de la hiperinflación abarcan:

  • Tasas de inflación extremadamente elevadas, usualmente superiores al 50% mensualmente[5].
  • Una inusualmente alta tasa de inflación monetaria, cuando los precios aumentan a una tasa superior al 100% anualmente.
  • Cuando la tasa de incremento de los precios acumulada en tres años supera el 100% (International Financial Reporting Standards).

Los sectores manufactureros e industriales según lo validan los distintos estudios que han analizado aquellos países que han transitado episodios hiperinflacionarios, resultan los más perjudicados y lesionados en su desempeño y en el sostenimiento de sus operaciones.

Tal desempeño negativo ante escenarios hiperinflacionarios ocurre a pesar de la enorme importancia del sector manufacturero para cualquier país, pero muy especialmente para uno en vías de desarrollo.

Algunos de los beneficios, de las ventajas e importancia del sector manufacturero e industrial para una economía redundan en:

  • Constituye un sector económico en el que se genera un alto nivel de empleos.
  • Operando a toda su capacidad instalada, el sector manufacturero aporta significativamente al PIB doméstico.
  • Constituyen por excelencia cadenas de valor y articuladores de valor, desde la materia prima aguas arriba hasta el producto final para el consumidor final aguas abajo.
  • Determina hasta qué punto una economía doméstica es autosuficiente.
  • Este sector suele constituir la base de todo modelo de desarrollo bien sea uno basado en la sustitución de importaciones, bien se encuentre basado en Exportaciones, así como aquellos basados en pasar de ser un país monoproductor de commodities o agrícola a una economía basada en valor, productos terminados y en la exportación.
  • Sirve de soporte y apalancamiento para el desarrollo del sector servicios y de actividades I & D.

Por su parte, las principales variables y acciones que afectan el crecimiento, la productividad y la competitividad de la industria y la manufactura, y que casualmente se ven tremendamente afectadas por episodios hiperinflacionarios son: 

  • Inversiones en I & D.
  • Intensidad en Capital.
  • Orientación a la exportación.
  • Competencia en los mercados.

Las crisis económica graves caracterizadas por hiperinflación suelen forzar a las empresas a reprimir la inversión en actividades incluidas en la lista anterior, entre otras explicado por la dificultad de acceso a divisas y al financiamiento, dado el perfil temporal de la inversión en este tipo de actividades. La crisis obliga a las empresas a ser parcial o relativamente más intensivas en personal -lo que en términos netos no frena el desempleo generalizado-.

Este tipo de crisis económicas caracterizadas por hiperinflación han impactado negativamente, especialmente sobre el desempeño de los sectores manufactureros por su carácter de inversión de largo plazo y de producción continúa. En este sentido, distintas investigaciones han demostrado que indicadores de desempeño como la participación del sector manufacturero sobre el PIB, el número de establecimientos industriales y empresas que cierran operaciones, el porcentaje de capacidad instalada utilizada y el valor agregado manufacturero per capita suelen mostrar peor desempeño que otros sectores económicos que componen el PIB doméstico ante escenarios hiperinflacionarios.

Desde la perspectiva de las empresas manufactureras, la hiperinflación genera entre otros problemas a las empresas productoras los siguientes: 

  • Riesgo de reducción del Capital de Trabajo por desarticulación entre los tiempos y valores de los ingresos con respecto a los de los egresos.
  • Constreñimiento y restricción al acceso al crédito -tanto comercial como financiero-.
  • Dificultad para reponer inventarios.
  • Dificultad de acceso a las divisas.

Así las cosas, los esfuerzos de compras se vuelven complejos en escenarios hiperinflacionarios por el descalce temporal entre tiempos de acceso a materia prima, procesamiento y venta, así como el cobro de las ventas y finalmente los tiempos y precios de reposición. Adicionalmente las fuentes de acceso a materia prima y consumibles, así como el acceso y la disponibilidad de divisas en escenarios hiperinflacionarios suelen reducirse sustancialmente.

Los mercados financieros y el crédito en general -y el bancario en particular- se reducen no sólo por el fenómeno de tasas reales negativas que obliga a las Instituciones financieras a ofertar productos activos de corto plazo con comisiones flat que al analizarse reduzcan la negatividad de las tasas de intereses activas, sino adicionalmente porque la hiperinflación desmonetiza a las economías.

Lo anterior hace imperativo cambiar las políticas de inventarios de las empresas para no perder valor y no destruir el capital de trabajo.

En los países sometidos a hiperinflación se ha forzado a los agentes económicos a reducir las operaciones productivas y a dedicarse a operaciones especulativas, para mantener el valor del capital para luego poder, eventualmente, regresar a las operaciones productivas. Lo anterior se conoce como estrategias del tipo Real Options que terminan profundizando la recesión y la falta de disponibilidad de acceso a bienes, servicios e insumos.

En Zimbabwe el control de precios resultó especialmente lesivo contra sectores como alimentos y bebidas para el año 2007, reduciéndose dramáticamente su producción y su capacidad instalada utilizada.

La inflación resulta especialmente negativa sobre el sector agrícola debido al grado de incertidumbre que se genera por el distanciamiento temporal entre la siembra y la cosecha, o en el sector pecuario entre el tiempo de nacimiento, engorde y venta del animal.

Se ha encontrado elevada correlación entre la inflación y el decrecimiento del sector agrícola[6].

Resulta interesante revisar la experiencia de Zimbabwe porque demuestra la secuencia temporal de agravamiento de la crisis , así como los errores de políticas económicas a los que “políticamente” se vio “forzado” a incurrir el gobierno de ese país.


Zimbabwe utilizó un Sistema Dual de Subasta que mostró el siguiente comportamiento:

  • Tipo de cambio fijo en febrero de 2003: Z$ 55 por US$.
  • Tipo de cambio fijo en diciembre de 2003: Z$ 824 por US$.
  • Tipo de cambio en el mercado paralelo a mediados del 2003: Z$ 5.700 por US$.

Ante esta situación en Zimbabwe se impuso controles de precios que forzaron el cierre de numerosos establecimientos industriales y comerciales. Los controles de precios ante el divorcio entre el tipo de cambio oficial y el paralelo dificultó mantener las operaciones.

Adicionalmente el Gobierno de Zimbabwe ante la indisponibilidad de divisas se vio tentado en imponer una política de venta obligatoria al banco central de divisas producto de las exportaciones a las empresas que pasó de un 20% a un 50% de julio de 2001 a noviembre de 2002.

En el caso venezolano, no debe dejar de ponderarse el riesgo regulatorio de que ante mayores dificultades en el cumplimiento con las obligaciones y compromisos derivados de la deuda soberana, el Ejecutivo Nacional se vea tentado se rigidizar los Convenios cambiarios referidos a las empresas exportadoras, reducir las ofertas DICOM que dicho sea de paso ya poseen precios de liquidación superior a sus bandas (¿?), y continuar desplazando al sector privado del acceso a las divisas. Adicionalmente, la eventual presión popular sobre la Asamblea Nacional Constituyente en materia económica y específicamente en materia de precios, podría desatar, cuando menos momentáneamente, una fuerte casaría de brujas, especialmente en las cadenas de valor de los productos de primera necesidad, profundizando la crisis a niveles nunca visto.

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Notas

 

[1] Protase Tichafa Sanangurai Zingwiro: Working Caiptal Management in Hyper-inflationary Economies: A case of Zimbabwe. University of Kwa Zulu Natal, marzo 2006.

[2] Rudiger Dornbusch y Sabastian Edwards: The Macroeconomics of Populism. 1991. http://www.nber.org/chapters/c8295

[3] Idem.

[4] Idem.

[5] Cagan P, (1956) The Monetary Dynamics of Hyperinflation in Studies in the Quantity Theory of Money, Chicago University Press.

[6] George Kararach y Raphael O. Otieno: Economic Management in a Hyperinflatipnary Environment: The Political Economy of Zimbabwe, 1980-2008. Oxford University Press. 2016.


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