El arte disputado
Escrito por Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo   
Sábado, 11 de Julio de 2009 07:36

altLa figura de Napoleón Bonaparte ha llegado hasta nosotros con el aura del militar ambicioso y triunfante, a quien los del nuevo continente ven con agrado, pues favoreció, mejor, ayudó a acelerar, los procesos de independencia latinoamericanos. Sin embargo, detrás del invasor militar, se escondía un depredador del arte que conseguía en su camino. Hay que ver las caricaturas de la época, en España e Italia, válvula de escape para la crítica, las cuales dejan constancia del rechazo que produjo la expansión bonapartista por doquier.

En la Romagna, parte de los Estados Pontificios, sobre los que Napoleón y sus huestes humillaron y saquearon, hay una preciosa exposición que rinde homenaje a uno de sus más ilustres paisanos, Bernabé Chiaramonti, quien más tarde fue elegido Papa con el nombre de Pío VII en el primer cuarto del siglo XIX. Le tocó padecer cárcel, destierro y la humillación por parte del emperador corso que se hizo coronar a la antigua usanza imperial.

Esta muestra atrajo mi atención porque las figuras de Pío VI y Pío VII tienen mucho que ver con Mérida. El primero, creó la diócesis y el segundo nombró a Hernández Milanés y a Lasso de la Vega, los últimos obispos coloniales, produjo la carta encíclica que condenó el proceso independentista y dio los primeros pasos para aceptar las cartas de este último sin el placet regio hispano.

La historia de expropiaciones, hurtos, rescate y recuperación de las obras de arte que Napoleón se llevó a París desde 1796, tendrá fin después de Waterloo en 1815. Entre los protagonistas de estos acontecimientos estuvieron el papa cesenatico, Pío VII Chiaramonti y Antonio Canova. Les tocó la misión imposible de recuperar los tesoros sustraídos, reconstituir el Museo Italia y fundamentar el concepto moderno de patrimonio cultural.

Después de la derrota de Napoleón y el Congreso de Viena, Pío VII apoyó la recuperación de las numerosas obras sustraídas por los franceses con la colaboración de Antonio Canova, gran escultor neoclásico. Las obras expuestas muestran el valor artístico de todas ellas, algunas de una belleza impresionante. La restauración actual les ha devuelto vida y colorido. La primera legislación de tutela de las obras de arte fueron obras de este Papa, llamado el Papa de los bienes culturales.

Bernabé Nicolás Mario Luis Chiaramonti nació en Cesena el 14 de agosto de 1742, penúltimo hijo del conde Escisión Chiaramonti y Giovanna Coronata de los marqueses Ghini. A la edad de 14 años entró en el monasterio benedictino de Santa María del Monte, donde tomó el nombre de Gregorio. En febrero de 1775, con la elección como Papa del conciudadano Angelo Braschi, fue nombrado prior de la abadía benedictina de San Pablo en Roma y más tarde obispo de Imola. A la muerte de Pío VI, en 1800 Chiaramonte fue elegido papa. Los problemas entre Bonaparte y la Santa Sede lo llevaron al destierro y cárcel en Fontainebleau, cerca de París. Regresó a Roma después de la derrota de Napoleón, donde murió en 1823. Su relación con su ciudad natal fue notable y le legó numerosas obras de arte que constituyen hoy parte del tesoro de la Biblioteca Malastetiana de Cesena.


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