Clavos y martillos
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 24 de Marzo de 2021 06:46

altSube el telón: “Resiste que algo queda”: La frase puede ser de aliento para muchos, pero no funciona en nuestro caso.

La resistencia por causas sobrevenidas tiene un límite, el cual en mis circunstancias era volverme pedazos. Durante la mayor parte de mi vida he pertenecido al mundo universitario. Hice vida académica fundamentalmente en la Universidad de Los Andes y en la Universidad Central de Venezuela. He sido testigo de cómo instituciones que superaron el par de siglos de tradición se volvieron añicos, lo cual no puede sino marcar a cualquiera en relación con el sentido de la educación. En ningún momento he creído que la universidad venezolana va a desaparecer. Lo que sí creo es que los fundamentos de lo que era la universidad en mi país ya no existen ni podrán volver a existir. No nos bañamos dos veces en el mismo río, dijo mi paisano Heráclito. 

Pues resiste, que algo queda 

“El ser humano es muy resistente, para bien y para mal, lo cual termina por generar situaciones lamentables”. Eso me decía una amiga con la sabiduría que la caracteriza a propósito de la situación que se vive en el país de donde vengo. Migrar lleva consigo la marca de los que tenemos como esencia el desarraigo y lo controvertido, a menos que asumamos un rol universal y ser universal es una paradoja perfecta por cuanto solo se puede ser de todas partes si se tiene una base de partida fijada en un sitio, como Don Quijote, cuyos asuntos se vuelven propios de cualquier lugar del planeta porque sus vivencias son de un área específica y un tiempo muy particular. Desde ese sitio y ese tiempo, se plantean los temas de costumbre, como el amor, la identidad y la verdad, las cuales son ideas que han de estar presente de manera recurrente en el pensamiento humano y se materializarán en cualquier terreno. El ser humano es muy resistente porque es capaz de hacerse el ciego y ser ciego de verdad, negando lo que está al frente de sí mismo. 

Entre leones y ratones 

¿Qué cuáles son sus expectativas en la vida? decía el conferencista, a la vez que señalaba que era cuestión de aspirar entre ser cabeza de león, cabeza de ratón, cola de león o cola de ratón. La cosa es que me dejó pensando en lo falso de lo que señalaba porque soy de los que no se cree el cuento en la capacidad de tomar decisiones tan libremente y tengo gran dificultad para entender eso que llaman “libre albedrío”. Creo en un multi determinismo que marca cada acción de nuestras vidas en donde tratar de atajar un poco de libertad en medio de la manada se hace cuesta arriba cada día que pasa. El espíritu de los tiempos lo lleva la marcha de las muchedumbres, las montoneras, los medianos de espíritu, todos guiados por líderes iluminados cuando no trasnochados, esbozando consignas como si fuesen ideas y creyendo en pensamientos contrahechos. Ganan los derroteros del porvenir de la mediocridad. Lo cierto es que eso de ser cabeza o cola no es sino un asunto circunstancial. Se puede pasar de un extremo al otro si no somos lo suficientemente hábiles o en los casos en los que las dificultades nos superan. El hombre mediocre expuesto como masa que se rebela a la historia forma parte de las cosas con las que lidiamos desde hace rato. Ahora pareciera que hay que pedirles permiso a ciertos grupos para poder pensar en secreto. Los que hemos cultivado la disciplina de pensar estamos en apuros. 

Pregunto: ¿Aquí se puede hablar?

El espíritu (o la falta de este) de los tiempos de la postmodernidad dificultan hasta el entendimiento más básico. La jerga catalizadora de entuertos, que va desde el apadrinamiento de ideologías oscuras (en realidad son trastornos) hasta el lenguaje que mutila el pensamiento (lo llaman inclusivo) van ganando terreno. Se alza la ola inquisidora y el pensamiento, que es la capacidad de argumentar y contraargumentar una creencia, se ha vuelto un riesgo que nos regresa a una suerte de mixtura entre los tiempos de Calígula y los de Torquemada. En esas vamos, cuando las cosas están bien, por no decir que entramos en la montaña rusa de las emociones que nos llevan a la cima para después aterrizar en los lodazales de lo malsano. Menos mal que sigue existiendo el buen gusto y el tiempo que pasado desde la invención de la imprenta nos permite volver una y otra vez a los clásicos, que son los guardianes e islotes del único orden que se mantiene incólume. En la Venezuela del presente, con la desaparición de la universidad en su sentido primigenio que es consustancial con el deseo de alcanzar metas propias del siglo XX, desapareció la posibilidad de argumentar y jalar en contra, que es lo mismo que decir que desapareció la posibilidad de pensar. No en término de individualidades que sueñan con hacer de su vocación un sacrificio, sino en el sentido de que se terminó por imponer una sola manera de ver las cosas. Resistir, es verdad, es sinónimo de fortaleza, lamentablemente también nos puede llevar al camino de la complicidad. Baja el telón. 

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