La gata y el oso
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Jueves, 21 de Enero de 2021 00:24

altUna muchacha muy pero muy guapa iba caminando por la Plaza las Heroínas de la ciudad de Mérida, en Venezuela. 

 Vestía pantalones y chaqueta de cuero negro bien ceñidos a su linda figura y no pude dejar de mirarla. Estaba sentado en una de las muchas cervecerías que están en ese sector turístico de mi ciudad natal, con una pilsen helada en la mesa, un libro de Milan Kundera en la mano y un Romeo y Julieta en la boca. Ella sabía que yo la observaba y me parecía que caminaba casi posando frente a mi mesa. Finalmente, se acercó y me desafió a quemarropa: “-Dime algo que me impresione”. Le contesté: “-Miaaaaauuuuuuuu…”. Ese día terminamos comiendo pizza. Se lo comenté unos días después a una amiga y me dijo: “- Unjú. Pizza. ¡Un oso y una gata comiendo pizza!”.

Vivir en un parque temático

De mi ciudad natal se pueden decir muchas cosas buenas. Con un cuarto de millón de habitantes llegó a tener más de 35000 estudiantes universitarios provenientes de los más variados lugares, lo cual la convirtió en un destino elevado, cosmopolita y bohemio por antonomasia. En la Mérida del siglo XX se desarrolló una manera de asumir la vida, pero por encima de todo, un respeto por el conocimiento y la cultura que se ve en escasos lugares de la historia civilizatoria. En esa urbe cultivé amores, adquirí compromisos y crecí como ser humano en un ambiente que giraba alrededor de las cosas que siempre me han gustado: La educación, los libros con sus buenas bibliotecas y librerías, el deleite por la cultura, lo apacible y contemplativo de la existencia, las buenas amistades, las fiestas con sus bailes, la curiosa gastronomía, las interminables conversaciones con gente inteligente atraída por la magia de la ciudad y los magníficos paseos y largas caminatas por senderos, montañas y remotos parajes en donde los páramos con sus frailejones y la nieve de los glaciares eran una invitación a ser feliz. 

En Mérida me enamoré, tuve los mejores amigos que ser humano pueda conocer y bajo la sensación de que vivía literalmente en una burbuja escondida en el planeta tierra, conocí personalidades curiosas y atractivas sin comparación. 

Educación y conocimiento

Mérida fue un lugar para pensar y disfrutar cada día, tratar de leer todos los libros del mundo y escribir unos pocos; enriquecerse de un amor al discernimiento que me llevaron a explorar los más apasionantes laberintos de esa dimensión que llamamos conocer y que al fusionarse con la experiencia se traduce en sabiduría. En mi ciudad natal no solo me hice de una formación académica que me ha permitido ganarme la vida de manera honesta hasta el día de hoy, sino que todo en mi localidad era una invitación para seguir volando en asuntos atinentes a un desarrollo educativo, que me convirtieron finalmente en lo que soy hoy en día: Un filósofo dedicado a pensar y a escribir, que se tuvo que autoexiliar en tierras del sur del continente ante adversidades propias de la existencia. 

Cuando mis amigos me contactan, me preguntan en qué asuntos estoy montado, porque saben que la aquiescencia no me es propia y que no suelo dejar de abrir y cerrar proyectos para entrar en otros, en una suerte de laberintos que conducen a puertas y ventanas, subidas y bajadas que hacen que la vida sea movimiento y acción. ¿Cuál es el mejor de los vinos? ¿Cómo te pareció esa obra? ¿Qué te pareció tal serie? ¿Ya terminaste el libro del que me hablaste? ¿Qué inventaste ahora?

Montañas y ríos límpidos

No se podía ser de Mérida sin desarrollar fascinación por conocer sus espacios circundantes. Hice montañismo desde temprana edad y los parajes y el sentido de orientación en la más cerrada de las tardes de neblina me son familiares, tanto, como el olor al aire de los páramos y el sabor del agua de sus límpidos ríos, quebradas y lagunas. Llegar a casi 5000 metros de altura una y otra vez me generaron una fortaleza que solo se puede desarrollar con algunos deportes y lo más importante: Me hice amante de la montaña y sus extraños secretos hasta casi disociarme con el placer que siento cada vez que me adentro en sus espacios, muchas veces a solas, durante días enteros, desafiando ventiscas, torrenciales aguaceros, granizadas y nevadas, para despertar disfrutando de insólitos amaneceres y lanzarme de cabeza en una laguna casi congelada. 

Entré a más de una cueva de proporciones difíciles de calcular y vi a más de una criatura viva que a duras penas puedo describir. Esa fascinación por lo que nos regala la naturaleza se ha vuelto casi una ceremonia espiritual en mi vida y será de las cosas que atesoro como grandes experiencias. Poder explayarme como el animal que soy en el más natural de los escenarios. De planes futuros y otras yucas mantengo la certeza de siempre: Se termina una meta o un ciclo de la existencia para entrar a otro, en un correteo que es la esencia del oficio de vivir. En ese andar, vamos lidiando con pesadumbres y certezas, cultivando cercanías y los más profundos afectos. 

 


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