Viajes a los museos del mundo
Escrito por Carlos Colina | @CarlosColina7   
Martes, 29 de Diciembre de 2020 00:00

altEn su momento, Borges planteó que todo viaje contiene tres goces; sus preparativos, el viaje mismo y los comentarios y las reelaboraciones posteriores

de las experiencias del itinerario recorrido.  Donna Haraway señala atinadamente que el turismo es una modalidad epistemológica; y es que el viaje no sólo satisface la curiosidad de conocer algo nuevo sino que nos conduce a replantearnos  y distanciarnos de lo ya conocido. Más allá, la estancia en un país extranjero tiene alcances más profundos, porque no sólo se obtienen ganancias epistemológicas sino también antropológicas y psicológicas: conlleva a repensarse uno mismo, el lugar de la mirada nativa y el carácter mismo del terruño. Se descentra el objeto, el sujeto y el espacio. En esencia, se satisface esa curiosidad estudiada por las neurociencias, con las recompensas neuroquímicas debidas. 

Muchos de mis viajes fueron originariamente de tipo académico, cuando la universidad venezolana se ceñía a estándares modernos; propiciaba el intercambio científico y la continua actualización de su personal docente y de investigación,  pero sería tedioso describir esta faceta aquí. La dimensión queer de los viajes la incorporé y reelaboré en mi libro Babilonias. Me interesa ahora destacar la singladura estética de mis andaduras; que incluyeron la visita a un sinnúmero de museos, con barrios museísticos, ciudades-museo, ciudades patrimoniales y la faceta estética de cada urbe. Por cierto,  considerando esta última dimensión,  terminé por decepcionarme del socialismo realmente existente, solamente al comparar la Bucarest de Ceacescu con el Madrid postfranquista de finales de los años setenta. La estética urbana capitalista, aunque fuera en un período post-dictatorial,  resultaba incomparable con la estética gris del comunismo. Pero no vamos a desmoralizarnos aquí, sino a disfrutar de mis travesías.

En los primeros años ochenta, con mis viajes a New York, comenzó mi inmersión  en los museos durante cada itinerario a pesar de que, a la sazón, no existía la realidad virtual, ni la realidad aumentada, ni visitas digitales ad hoc. No obstante,  mis apreciaciones de aficionado no se enfocaron únicamente en sus colecciones de obras plásticas sino también en el museo como continente, expresión, forma o significante. 

En primer lugar, en La Gran Manzana, además de la secular mina artística del Museo Metropolitano, el Solomon R. Guggenheim de Nueva York me llegó a encantar por su belleza y funcionalidad arquitectónica de cara al usuario. El carácter helicoidal y, sobre todo, la circularidad que le imprimió el arquitecto Frank Lloyd Wright, no es panóptica, sino más bien monóptica: facilita y focaliza la mirada de cada cuadro. No se trata de controlar sino de contemplar. Dicho sea de paso, en las antípodas de mi experiencia con el Guggenheim se ubicará posteriormente mi primera impresión disonante con el diseño arquitectónico del Centro Pompidou de París, independientemente del valor estelar de sus colecciones. En  Washington visité el museo de la NASA pero no tengo recuerdos específicos de mi recorrido allí. El breve encantamiento tecnológico no dejo huellas mnémicas.

En los primeros años noventa le corresponde a los museos europeos. Evidentemente, nunca podría obviarse el Louvre, con la mirada infinita de La Gioconda que pareciera transmutar al sujeto de la mirada en el arte.  El usuario es ahora el objeto de la mirada. Por instantes, deja de ser sujeto. La Venus de Milo es una referencia obligada pero El Esclavo de Miguel Ángel atrae por su insumisión andrógina.  El museo de Rodin es inolvidable. EL Café es Europa; y sentarse en el Café de Flore en el Boulevard de Saint Germain es sentirse plenamente en ese continente. En las calles parisinas te puedes perder pero sus nombres universales se tornan deícticos en relación a Occidente. Un guiño fotográfico a la Sorbonne es reconocerse en una tradición disciplinar y sentir el orgullo de ser sociólogo.  El Museo Orsay es un templo ferroviario  del impresionismo y allí le rendí culto a ese fabuloso tren de colores. Claude Monet, Camille Pissarro, Renoir y Degás son gigantes imprescindibles. Del postimpresionismo cabe destacar a Vincent Van Gogh, Henri de Toulouse Lautrec, Paul Gaugin y Paul Cezanne. En realidad, no sé si este último esta resaltado a partir de mi relectura de las Cartas sobre Cezanne de Rainer Maria Rilke y del manual heredado de la ceramista Marlene Merchán, la tía que me inició informalmente en el gusto por el arte.  Dicho sea de paso, también me aficioné tempranamente al  surrealismo, con Rene Magritte a la cabeza, seguidos de Dalí, y Picasso, que nunca se autodefinió así pero cuyas obras tienen la  impronta del movimiento. 

Grecia es un país-museo y reproducir su legado ameritaría un espacio y un tiempo mayor que el disponible aquí. Visitar la Acrópolis de Atenas en general y el Partenón en particular   es entender por fin el sentido de aquel frío texto de educación artística de Bachillerato. Un atardecer en El Cabo Sunión nos coloca por segundos al lado de Adriano, de la mano de Margaret Yourcenar. El Teatro de Epidauro nos retrotrae, sin recursos tecnológicos de ficción o experimentación a la época clásica, y asistimos imaginariamente a una tragedia de la época. Olimpia, su estadio y sus templos hacen otro tanto. No obstante, el Museo Nacional de Atenas tampoco es desdeñable y nos muestra valiosísimas colecciones del arte antiguo griego. Conservo gustosamente una pequeña replica en bronce de una esbelta estatua cicládica de una mujer desnuda  (“Gran Ídolo”, Amorgos) y otra de una preciosa esfinge ática (Spata). No se sí por su tamaño o por mi afecto hacia ellas, no han sido consideradas nunca como objetos de venta en ninguna emergencia económica.  No tengo  ninguna copia física de alguna vasija de figuras rojas pero si permanecen en mis recuerdos. 

En Amsterdam,  Rembrandt es el Rijksmuseum o viceversa. En  esta ciudad, mi experiencia está signada por la ausencia; no pude visitar el Museo de Van Goh. Es un incordio cuando un museo imprescindible está en obras. 

En Madrid resaltan el Thyssen Bornemisza y el Prado, pero en el Reina Sofia, resultan inolvidables el Guernica de Picasso, pero sobre todo, una exposición individual de Giacometti. Las estelas de luz de El Museo Soroya atraviesan sus paredes y se prolongan hasta el presente.  En el Museo del Prado, se pueden destacar especialmente a Mariano Fortuny, Velazquez, El Greco y Goya. 

En Londres, despuntan la National Gallery en Trafalgar Square y el Tate Gallery, pero no menos que el British Museum, que visité por segmentos en una serie consecutiva de sábados. La colección de arte egipcio es descomunal y nos retrotrae a una problemática colonial.  En la Tate Gallery, William Turner y John Constable, en sus respectivos estilos, nos brindan panorámicas hermosísimas que recordamos empáticamente cada vez que somos testigos de una evento natural paisajístico de carácter extraordinario. En el constructivismo, destacaría a Kandinsky, Piet Mondrian y Malevich. Francis Bacon coloca forzosamente a los miembros de la sociedad en la butaca del psicoanalista.  Las líneas amables y cálidas de las esculturas de Henry Moore nos permiten incorporarnos pero la impactante belleza necrofílica de Ophelia de John Everett Millais, nos impide la euforia y nos llama a la cautela. 

En Lisboa, el Gulbemkiam integra la naturaleza en su diseño de manera singular; aunque el Museo de la Fundación Miró en Barcelona lo emula. Las obras arquitectónicas de Gaudí en esta ciudad trasladan el museo a la calle. Nota aparte es el Museo Pablo Picasso o la obra de Antoni Tápies en un museo de reciente inauguración, en aquel momento.

En Italia, Venecia, pero sobre todo Florencia, despuntan como ciudades-museo, haciendo galas de ser la cuna del renacimiento, con un pasado cultural medieval paradójico, por su relevancia. Cada ínfimo detalle de la ciudad está perfectamente diseñado y conforma un párrafo o un capítulo de la estética. Los músicos de calle son juglares fuera de serie, cuyos cantos o melodías lo llevan a uno directamente al David de Miguel Ángel en la Galería de La Academia. No puede dejar de mencionarse la Galería Uffizi, El Palazzo Vecchio y y El Ponte Vecchio. 

En Venecia, una exposición de Tiziano remarcó mi afición por el azul, alejado de los estereotipos de género. En Roma, ante La Piedad de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro (Vaticano) asistimos a una escena arquetipal. Nos anclamos una vez más en el viejo continente, al sentarnos en el Café Bernini.

Entre finales de los noventa y principios de la primera década del milenio le corresponde a América Latina. El Museo del Oro en Lima es impresionante porque apila una cantidad inmensa del metal precioso, sin orden ni concierto. Por el contrario, el Museo del Oro de Bogotá destaca por la cuidada curaduría y montaje de sus valiosas piezas. 

En el Museo de Arte Moderno (MAM) de Sao Paulo asisto a una exposición extraordinaria del expresionismo alemán. En la misma capital de Brasil, entre las numerosas obras de Oscar Niemeyer, pude conocer  el Memorial de América Latina, en aquel momento, sede del evento académico en el que participaba como ponente.  En la ciudad de Niterói, Estado de Río de Janeiro, encontramos el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, diseñado también por el genio de Niemeyer, con formas curvas impecablemente perfectas y hermosas. Desde el museo  puede contemplarse también, además de las obras de arte, la bahía de Guanabara y el pico Pan de Azúcar. 

En Buenos Aires, siento desfasadas las críticas locales al eurocentrismo y ahora uno añora no haber tenido élites políticas y económicas nacionales verdaderamente eurocéntricas, suficientes y eficientes. La riqueza cultural de México torna difícil la elección del lugar a visitar en el D.F. En el Museo de Arte Moderno (MMM), Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros despuntan dentro de la Escuela Mexicana de Pintura. La presencia de Diego Rivera brilla también allí y en el Mural homónimo (“Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central), pero no se que decir de su posición política. El Museo Antropológico de Ciudad de México nos habla no de simples etnias sino de civilizaciones prehispánicas de alto calibre. Al entrar por la puerta principal, uno percibe la grandiosidad azteca y maya y se reconforta del antiguo maridaje universitario local entre la sociología y la antropología. Empero, en México, no menos sorprendente resulta la obra colonial hispánica; y se entiende la diferencia entre un Virreinato y una capitanía general. 

En Perú, la fortaleza ceremonial inca Sacsayhuamán me preparó para un rito individual posterior, pero, sobre todo, me dejó una impronta vital. Machu Picchu es una ciudad-museo que trasciende la antropología y se enmarca en una experiencia de  psicología transpersonal. Aparte del tono turístico convencional y el agregado de una teoría de la conspiración incipiente, las líneas de Nazca son de un atractivo antropológico único. El santuario de Pachacamac nos recuerda el alcance del imperio incaico. 

En la primera década del milenio también volvemos a Europa. En Viena, a pesar de cierta distancia con el psicoanálisis clásico, visitar el Museo Sigmund Freud es una experiencia encantadora. Allí escribió La Interpretación de los sueños, mi primera lectura profunda al respecto. El archipiélago de museos de esta ciudad me rapta, especialmente, el Palacio y Galería Belvedere. Además de la obra de Egon Schiele, me deleito sobremanera con la sensualidad estilizada de Judith y  la pasión erótica y estetizada de El Beso de Gustav Klimt. Asisto a una exposición sobre género en el socialismo real que rompe con las simplificaciones y falacias del feminismo marxista. El secuestro museístico cesa porque otros deseos me convocan a salir.

Berlín ofrece el mayor complejo museístico del viejo continente, evidentemente inasible en unos pocos días. En la Isla de los Museos Estatales, está el Museo de Neues y dentro de su recinto, Nefertiti que no necesita cuerpo para lucir imponente y altiva. Está rodeada con sigilo por la gente, análogamente al fenómeno que se produce con la tumba de Evita Perón. El silencio de la sacralidad en el arte y en la política.

En Ginebra, me sorprende la modestia de las fachadas de las casas de Ferdinand de Saussure y de Rousseau, identificada con una placa también extremadamente sobria. No recuerdo si pude ver la ficha de la primera. Me costó mucho conseguir la casa familiar de Saussure, invisible también en google imágenes. Contrariamente, sin proponérmelo, encuentro el busto del psicólogo Jean Piaget en el Parc des Bastions.

Por último, en Estambul, en el Bósforo -el estrecho que atraviesa la ciudad-  se siente el vértigo del límite entre  dos continentes y se recuerda al libro de Pamuk. De hecho, en concordancia con ello, el Museo Arqueológico de Estambul es intensamente diverso en eras y civilizaciones. Verbigratia, su colección de esculturas clásicas greco-romanas es  excepcional. Cabe mencionar el sarcófago de Alejandro Magno y la estatua de Artemisa, que me despierta, junto a los objetos de Efeso,  el deseo de viajar a esa ciudad.  

Evidentemente, es imposible un recorrido exhaustivo, como podría aludir la ampulosidad del  título de este artículo, de un carácter exclusivamente periodístico. Además, este re-cuento también es muy  parcial. Si comencé este artículo con la idea de realizar un viaje imaginario compensatorio, a partir de una actitud pesimista sobre la viabilidad de volver a viajar, por razones globales, y sobre todo, nacionales y personales, en el proceso de su escritura, me he abierto a esa posibilidad y a muchas otras, en cualquier momento post-pandemia. Algunos venezolanos decimos con el grito de Munch: tenemos derecho a la libertad y a una vida digna.  

alt    


blog comments powered by Disqus
 
OpinionyNoticias.com no se hace responsable por las aseveraciones que realicen nuestros columnistas en los artículos de opinión.
Estos conceptos son de la exclusiva responsabilidad del autor.


Videos



opiniónynoticias.com