Dos veces perdí el avión
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 23 de Diciembre de 2020 00:00

altHe perdido unos cuantos aviones en lo que llevo de vida.

Algunas de estas situaciones han conducido a entorpecerme la marcha de las responsabilidades propias de lo cotidiano, pero otras me han permitido quedarme uno o varios días más en el sitio en donde los he perdido, pudiendo llegar a descubrir cosas que me han enriquecido como persona.

De muchacho solía pasar vacaciones en Catia La Mar. Una familia amiga poseía una casa en una colina que tenía una insólita vista al litoral central venezolano. Eran tiempos en los cuales se podía caminar de noche sin muchas complicaciones, pudiendo frecuentar algún restaurante chino a precios asequibles para estudiantes de bachillerato, junto a la infinita presencia del Caribe, a todas sus anchas. 

No sé exactamente a quién le pertenecía la vivienda (tal vez una “sucesión familiar”), pero era enorme, ventilada y con muchas y grandes habitaciones. Algún allegado insistía en que fuéramos con frecuencia “para que la gente viese que usábamos la casa”. El temor fundamentado de que algún ratero se metiese en la residencia, o un “indigente” la ocupara, inducía a que los familiares cultivasen y preconizasen la idea de que la ocupásemos con periodicidad, y así lo hacíamos. El balneario favorito era Los Caracas, al cual se hacía el esfuerzo de ir, no sólo por ser el mejor, sino por encontrarse retirado. Era un sitio al cual evoco sin dejar de sentir la alegría de siempre.

La primera vez que perdí el avión de Maiquetía a Mérida me punzó por el esfuerzo de despertarme tan temprano. De hecho, al vuelo lo llamaban “el madrugador” y permitía ir de Mérida a Maiquetía o de Maiquetía a Mérida, pudiendo realizar las diligencias de rigor en cada uno de estos destinos y devolverse el mismo día. En la tarde ya uno estaba en el lugar de origen, cenando con la familia.

Esa fecha, la primera vez que perdí ese vuelo, tuve obviamente un día de absoluta y bien merecida ociosidad. Conocía cuadros de Armando Reverón, había visto sus “muñecas” y leído el libro de Aquiles Nazoa titulado Vida privada de las muñecas de trapo. El día libre y soleado (“soleadísimo”) me pareció propicio para visitar el Castillete en Macuto. Es así como un fallido intento de regresar a Mérida me llevó por primera vez a esa insólita morada, ejercicio que hice durante varios años seguidos, mientras la familia amiga conservó la casa en Catia La Mar.

La primera vez, tomé fotos, pasee por los alrededores y hasta conseguí que alguien me abriera la puerta de madera para poder entrar al mismo. Era un sitio rústico para más no poder, preservado para esa época, con enredaderas que hacían un arco por encima de la puerta de entrada. No era difícil imaginarse al artista pintando, a Pancho (el pequeño mono) haciendo piruetas para entretener a los visitantes y a Juanita atendiendo a los visitantes con calidez y humildad. Esa fue mi primera visita al lugar donde vivió Armando Reverón y desarrolló la obra que tanto ha dado que hablar, deslumbrando al mundo por su legado.

Las visitas posteriores se convirtieron en una especie de ritual. Ir de vacaciones a Catia La mar era sinónimo de ir a Macuto, comer en Las Quince Letras y caminar una y otra vez por el Castillete. Los viajes posteriores las hice ya estudiando en la universidad, acompañado de dos de mis amigos de siempre, Juan Sebastián Rodríguez (pintor desde que nació) y Daniel Márquez Bretto (economista que reside en Caracas). 

En uno de esos primeros acercamientos con mis dos amigos de infancia, nos dio por tocarle la puerta a las personas que vivían en la calle donde se encontraba el que había sido el hogar de Armando Reverón. Le dimos unos golpes a una gruesa puerta que tenía un par de argollas sin candados y luego de unos minutos nos abrió un hombre de mediana estatura, moreno, de unos cuarenta largos años, con una calvicie que le daba cierto aire de solemnidad, haciendo contraste con una melena larga y ondulada en los lugares del cuero cabelludo en donde preservaba su cabellera.

Fue amable y se presentó como Eyidio Moscoso. Nos mostró su casa, la cual me llegó a impresionar. En la entrada había infinidad de montañas de periódicos viejos, poca luz y cierto olor rancio, mezcla de papeles añejos y el exquisito olor del óleo. Algunos lienzos y pinturas estaban esparcidos en el espacio que hacía las veces de recibo-comedor. Ese ambiente oscuro y ciertamente mustio, hacía contraste con el patio de insólito verdor y aire puro, adornado de manera delicada con las mismas enredaderas que se encontraban sobre la puerta de entrada del Castillete.

Eyidio era cordial, nos contó que había realizado muchos oficios en la zona para ganarse la vida, pero lo que nos llamó la atención, pese a la suspicacia habitual que nos caracteriza a los andinos, fue la aseveración de que había conocido desde muy niño a Armando Reverón y que había sido su discípulo como pintor. Nos dijo que Reverón le permitía pintar en el Castillete y que él se consideraba su alumno. 

 

 


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