Huber Matos y Fidel Castro: cómo llegó la noche
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Miércoles, 16 de Diciembre de 2020 06:14

altLa máxima aspiración del joven maestro de escuela y experto agrícola Huber Matos fue integrarse a las guerrillas que combatían en la Sierra Maestra,

al mando de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara. En conocimiento de la crisis de pertrechos, armas y municiones, salió en marzo de 1958 a Costa Rica, en donde obtuvo del presidente Vinicio Cerezo un importante acopio de armas, alquiló un avión y voló a la Sierra Maestra para hacerle entrega a

la comandancia guerrillera  de su importante contribución. Ella fue esencial: conocedor de la zona en las estribaciones de la sierra, en donde su familia poseía una finca arrocera, pudo guiar a los pilotos hasta hacer posible un aterrizaje forzoso y la entrega de las toneladas de armas que llevaba consigo. En medio de la euforia de las tropas rebeldes. Fue la primera prueba de su coraje, su astucia y su empeño, de los que daría suficientes pruebas integrado al ejército rebelde. En tan solo tres meses, ya era miembro de la alta comandancia de las fuerzas revolucionarias, integradas por él junto al Che Guevara y Camilo Cienfuegos. Se había incorporado a la lucha revolucionaria por la puerta ancha de la grandeza.

Sus notables capacidades organizativas fueron puestas al servicio de construir las defensas, organizar las trincheras y  fortificaciones defensivas, que frustraron la decisión de la aviación batistiana de someter a las guerrillas mediante permanentes bombardeos de sus posiciones. Tareas en las que sorprendió al comandante máximo angustiado por el temor a ser alcanzado por las bombas: ”Protegido por los árboles, en un hueco de suficiente profundidad, está Fidelcon un mochilero llamado Chichi Puebla. La cabeza del comandante sobresale del escondite escudriñando el cielo mientras Chichi, con una pala, saca arena del hueco para darle más capacidad. La escena resulta extraña. El combate concluyó ayer y en zona alejada. Sólo se oyen a distancia los motores de un avión de reconocimiento. Pero la máquina parece ir en otra dirección, no en ésta, ¿por qué tanto temor? Me detengo a poca distancia con una lucha interior. Me dan ganas de decirle: ‘¿Hombre, ¿qué haces ahí? ¿No ves que estás haciendo el ridículo?’ Pero debo evitar una humillación o una ofensa…Lo veo fastidiado, más que por carecer de noticias de Duque, porque lo haya sorprendido escondiéndose de esa manera y, precisamente yo, que lo había visto en una situación parecida hace un mes y medio.  Guardo silencio; quizás eso le resulta todavía más condenatorio.”[1]

A lo largo del apasionante relato de la participación de Huber Matos en los combates guerrilleros va desvelándose un conflicto inevitable entre el valeroso maestro de escuela y el prurito auto protector del comandante máximo. “No sé si Fidel me colocó aquí porque me tiene confianza” - dice en otra ocasión – “o porque disfruta poniéndome pruebas difíciles.”[2] Y agrega algunas líneas más adelante: “Aunque me hubiera gustado tener un jefe que no se cuidara tanto, comprendo que la naturaleza humana tiene sus facetas contradictorias.”

Los encontronazos entre Matos y Fidel alcanzaron contornos preocupantes. Habituado a ningunear a sus seguidores, no sólo puso a Matos en mal intencionadas circunstancias, como ordenarle fusilar a uno de sus hombres – cosa que Matos rechazó indignado - sino que intentó humillarlo mediante maltratos y groserías. La airada reacción de Matos, que lo sorprendió alzándole la voz ante sus más próximos colaboradores, que lo idolatraban, reclamándole por el maltrato que no estaba dispuesto a tolerarle, la relación se fue agriando inevitablemente. A lo que se unía la crítica de Matos al pésimo manejo de la guerra por parte de Castro. “He visto en Fidel cosas negativas, como sus exabruptos, los insultos a los oficiales y su tendencia al autoritarismo, a lo que se añade su tolerancia o complicidad con el negocio de la marihuana.” 

A esas diferencias personales, pronto se añadiría el giro tomado por la revolución que, abandonando sus compromisos estrictamente democráticos y liberales de sus comienzos, se fue convirtiendo en una tiranía entregada a la Unión Soviética y al comunismo, propiciado por el Che Guevara y Raúl Castro, con el respaldo de Carlos Rafael Rodríguez, todos ellos comunistas fanáticos. Fue el fin de la gran esperanza que la revolución cubana despertara en los sectores progresistas de América Latina.

El rechazo visceral de Matos a esta deriva y su decisión de renunciar a todas sus funciones como comandante guerrillero, fueron la oportunidad que esperaba Fidel Castro para arreglar cuentas con el impetuoso e incorruptible maestro de escuela. Le hizo pagar su integridad personal y la pureza de sus propósitos con veinte años de cárcel. Es el valor inestimable de las memorias de Huber Matos: mostrar el verdadero rostro de un tirano. Y el horror de su tiranía.

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[1] Huber Matos, Cómo llegó la noche, Tusquets, Barcelona, 2002, pág. 177.

[2] Ibídem, pág. 183


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