El inevitable cambio
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Martes, 27 de Octubre de 2020 00:00

altSería de una rigidez mental extrema pretender que en una sociedad no se den los respectivos e inevitables cambios.

Responden a nuevas necesidades que conglomerados enteros se plantean como meta, forman parte de la épica de cualquier generación que desea escribir su propia historia, les permite dejar su legado sobre la faz de la tierra y se han producido sin parar desde que el mundo es mundo. Como miembros de cualquier sistema, sus integrantes se mueven respondiendo a inquietudes y aspiraciones inevitables. Entre los polos de aspirar a transformar la vida de golpe y porrazo a través de acciones revolucionarias y la actitud propia de quien apuesta por la inflexibilidad (lo reaccionario), siempre existe un espacio para pensar. 

El triunfo de la política 

La política es el invento que impide que nos matemos unos a otros y el voto de carácter universal, directo y secreto es la tabla de salvación para quienes aspiramos a vivir con un poco de sosiego. Aceptar los resultados de cualquier acto político que se realice de manera limpia en buena lid, es un recurso que solo puede verse como la materialización de algo elevado que potencialmente puede traer beneficios para las grandes mayorías de cualquier nación. Comprender el beneficio del voto como instrumento de convivencia es propio de gente civilizada. Lo contrario es apostar a la barbarie. Esa misma política que permite que se plantee la idea de negociar cuotas de poder en la dinámica de cualquier sociedad, es la que debe propiciar los cambios de la manera más civilizada posible. No entenderlo es desconocer el principio básico de la existencia colectiva; sería no aceptar que el hombre es un ser gregario inmerso en una dinámica en la cual interactúa con personas con intereses distintos. 

El arte de la predictibilidad

Tal vez de todas las disciplinas, la política es la más difícil de ejercer. No siempre responde a una lógica, los asuntos que la mueven son parte de nuestro centro íntimo y la asumimos como algo de carácter valorativo. De ahí que las posiciones encontradas sean una constante que hace que lo emocional se apodere de las personas, fluya la irracionalidad y se desaten las más atroces pasiones. De este fundamento es que puede surgir un liderazgo capaz de entender el espíritu de su tiempo, oler como sabueso hacia dónde apuntan los rastros de lo que la gente en general aspira y tratar de concretar los cambios de rigor antes de que a grandes mayorías las abrume el desespero. La capacidad de predecir es contraria a la necesidad de convencer a las personas de lo bien que están. Los numerólogos con sus rimbombantes índices, no pueden persuadir a la gente de lo bien que vive, aunque se encuentren en un palacio rodeado de lujos. La percepción de la experiencia de vida es propia. Si alguien dice o siente que la pasa mal, poco hacemos tratándolo de convencer de lo bien que se encuentra. La predictibilidad está en cómo generar una percepción de mejoría a través de cambios tangibles desarrollados a tiempo. 

Las fulanas transiciones

Con ingenuidad, tratamos de extrapolar modelos de transiciones políticas de una sociedad a otra. Asunto por demás difícil, puesto que cada sociedad es diferente. El tejido social que la determina es único y su historia es de carácter irrepetible y no compartida. De ahí que fallan quienes creen que una receta es aplicable en un lugar de la misma manera como lo hacen en otra parte. Lo he experimentado en el Madrid de heridas abiertas y en el Santiago de sensibilidades a flor de piel. El pasado marca, genera un constructo en el imaginario de grandes grupos y se desarrolla un discurso que acompaña a cada acto en la vida cotidiana del ciudadano. Tanto de manera espontánea como inducida, se va creando una conciencia colectiva, la cual puede desarrollarse de manera sana, construyendo, o de manera autodestructiva. Venezuela es el caso de rigor a tocar cuando hablamos de suicidios colectivos. 

Ahora me toca a mí 

A la hora de aspirar a la toma del poder, sería propio de mezquinos y vengadores tratar de destruir y no construir. Con una votación en la cual participó menos de la mitad del padrón electoral chileno, se desarrollan unas elecciones en la cual casi 80 % apuesta por una reforma de la constitución (asunto este muy usual y nada extraordinario en América Latina). La clase media asume un rol protagónico y los ajenos a la participación política (más de la mitad) se abstienen. Como toda oportunidad de mejorar las cosas, es un escenario que bien puede ofrecer puertas y ventanas para: Construir una mejor sociedad o la hora de desquitarse de los enemigos reales e imaginarios que forman parte de la vida cotidiana de cualquier grupo humano. Lo sabremos en poco tiempo, porque, así como se fue sensato para transformar la violencia (2019) en política (2020), se requiere de mucha más sabiduría para que la conducción no se transforme en un invento disparatado o en una potencial frustración a futuro. Veremos.  

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