De los aguacerazos
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 16 de Mayo de 2022 00:00

alt"El viento empezó a soplar con intensidad.  Ella se agarró a la barandilla resbaladiza. 

 

Ya no veía los arbolitos. La fuerza del agua 

la obligaba a cerrar los ojos. Abrió la boca, 

gotas en los dientes, en la lengua. Un trueno 

se le metió hasta el estómago. Gritó"

Rosa Ribas (*)

 

El cercano vecino comenzó a experimentar algunos cambios de opinión, desde que ha reducido a la familia a dos o tres canales de la televisión local (buscando todavía una antena de bigotes),  porque la reactivación del consultorio odontológico ha sido muy lenta y, además, insuficiente para también pagar las transmisiones satelitales.  Volver al oficio no ha sido fácil, preferible – aseguró – a vivir fuera del país mantenido por dos hijos que no pudieron culminar la universidad, acá, y quizá nunca lo hagan, allá. 

El caso está en las lluvias inoportunas y, a veces, ni tan torrenciales, que ponen en absoluta evidencia a un régimen incapaz de tomar las más elementales previsiones, como la del limpiar el alcantarillado de una ciudad de acribillado pavimento que, por cualquier cosa, se inunda, como ocurre con las restantes localidades y regiones del país. Un galopante proceso de desurbanización, nos pone a la merced de las fuerzas de la naturaleza, por no hacer mención de las enfermedades que surgen cabalgando el corona-virus. 

El vecino en cuestión, varias veces, ha atribuido razonablemente el fenómeno de las lluvias impuntuales al cambio climático, haciendo también razonable el café compartido al coincidir con él un domingo en la panadería.  Sin embargo, jurándose un adversario a toda prueba del régimen, ha desarrollado un sentimiento de odio hacia Estados Unidos por su exclusiva responsabilidad en el desorden medioambiental de todo el planeta, imposibilitado Miraflores de prever cualesquiera tragedias naturales gracias al bloqueo imperial que impide hasta  traer un simple medicamento.

La eficaz escena novelística de Rosa Ribas, puede repetirse – por ejemplo – en la avenida Libertador, sorprendidos bajo un gigantesco palo de agua, montados sobre el techo del viejo carro que no aguanta otra inundación, resignados ya con varios centellazos de susto en el estómago. Nuestro amigo no acepta que esto ha ocurrido realmente en la vitrina caraqueña, porque no aparece en los noticieros, como tampoco se dice de la inexistencia práctica de los equipos bomberiles y de Defensa Civil que tienen la precariedad y ruindad por su más exacta credencial. 

El otro aguacero, es el que permite aceptar como normal que se caiga el servicio eléctrico, porque “eso pasa en todo el mundo” y, faltando poco, palabras más, palabras menos, “se lo he dicho al que tengo viviendo en Nueva York: hijo, múdese de la ciudad porque en cualquier momento se les mete el mar, como ya lo predicen los científicos”. Una intensa propaganda política e ideológica hace sus efectos y, con todo, por muy cara que esté la anestesia, el vecino recuperará su antiguo estatus y podrán volver sus muchachos para culminar la carrera y, juntos, laborar en el mismo consultorio: una utopía incumplida desde hace un buen tiempo, esta vez, a punta de los aguacerazos que explica solo a través de Venezolana de Televisión. 

(*) "Lejos", Tusquets Editores, Barcelona, 2022: 52.

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