De la mutua majadería
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Viernes, 08 de Mayo de 2020 00:00

altTuvo mala prensa, cuando ejerció la  prefectura o presidencia de la Congregación de la Doctrina de la Fe, aunque muy luego le sería reconocido

el esfuerzo disciplinario para evitar las fáciles y también acomodaticias concesiones frente a la modernidad en descomposición, o lo que suelen llamar la post-modernidad. Ahora, Joseph Ratzinger ha hecho falta en el solio papal para una más firme, decidida e inequívoca orientación ante un mundo que, constantemente,  cambia en demasía para no cambiar en nada.

Bastó una declaración reciente del emérito sobre el matrimonio igualitario, observando la estigmatización social de quienes nos oponemos a ello,  para que William Anseume lo acusara de majadero. Por cierto, una observación válida que contrasta con la frecuente sandez de una oposición que desconoce a la Iglesia actuante en el mundo terrenal, equivalente a la invocación de las sempiternas hipocresías sociales o sexuales de una institución la Eclesiástica – que significativamente también  partió de las imperfecciones de San Pedro para su peregrinación terrenal.

La presente nota, obviamente tiene una vertiente de la fe que poco interesará a Anseume, aunque – como todos, incluyendo al suscrito -  siempre está llamado a  la conversión, y otra que concierne a la soberanía – esta vez – ciudadana.  No obstante, adversando la equiparación con la institución matrimonial entre hombre y mujer, más acá del sacramento, es necesario reconocer que una sociedad libre o, mejor, convincentemente libre, ha de responder con fórmulas alternativas y sensatas ante una realidad insoslayable.

Ni siquiera el concubinato le es reconocido a la pareja de homosexuales que han compartido una vida entera y estable, como tampoco todo el sector goza de una adecuada representación política,  agravando – esta vez -  una hipocresía personal y social que se  une  las ya incomprensibles demandas del cambio de sexo que – tarde o temprano – llegará a la de un reconocimiento legal a la zoofilia. Quizá sea ésta una exageración, pero está tan contaminado el debate que la criminalización es automática para quienes nos oponemos o para quienes defienden el matrimonio igualitario, apelando a la mutua descalificación que las empobrecidas instituciones republicanas del presente siglo venezolano, no son capaces de procesar, esclarecer y consensuar en dirección al bien común.

El solo tratamiento de este y de otros tabúes, constituye un riesgo inmenso para todo opinante público, teniendo por contexto la crisis de un país que se niega a morir, pero que igual se sabe acompañado por Jesús en la ruta hacia  Emaús, aunque no lo reconozcamos.  O, para el no creyente, que tiene en sus afanes de libre y respetuoso discernimiento, una oportunidad para dirimir las diferencias, salvando a la Veneuela misma.


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