Destructivos por naturaleza
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Jueves, 30 de Abril de 2020 00:10

altSi algo es profundamente humano es la capacidad para especular en relación a los asuntos que generan curiosidad o entran al campo perceptivo.

Difícilmente puede aparecer una idea u ocurrir un hecho tangible y difícil de cuestionar, cuando casi de manera refleja, en el espíritu de ciertas personas, surge la idea de especular y modificar las vicisitudes en base a lo que ven o quieren ver. Especulativos o ciegos por naturaleza como noción de vida sería una manera sencilla de conceptuarlo.

De esa tendencia a dudar de todo, surge un espiral de interrogantes y concatenaciones capaces de generar confabulaciones, teorías conspirativas, yerros interpretativos y afines. Es como si se tendiese a enredar lo tangible y convertir lo sencillo en retorcido. En una escalera lineal, se aprecia una de caracol y en un sendero con arroyos límpidos se trata de encontrar gusanos bajo las piedras. De ahí, que por no aceptar el equilibrio, hacen de la existencia un amasijo de hilos. Ser especulativo por naturaleza es estar al ras del chisme, de la destrucción de la reputación ajena y dejar mal parado a quien se conduce en base a sus principios. 

Tonterías que trascienden 

Aburridos por la insípida vida que les ha tocado, la existencia de otras personas se les hace más interesante que la propia y no dudan de hacer una telenovela en donde solo existe un texto breve. Son los inquisidores de la subsistencia en sociedad, los que soban hasta el cansancio nociones como la “dignidad” humana, concepto tan maleable como vacuo, tratando de hacer de simples creencias sencillas asuntos que casi alcanzan la estructura de una secta, por no decir una religión. Lo intrascendente es el ombligo del mundo para quien tiende a lo supuesto. Son terribles cuando llegan al poder, porque son incapaces de dejar tranquilo lo operativo y se ensañan con acabar lo que funciona. 

Trabajos que los atraen son aquellos que le dan figuración pública como la política o el periodismo o lo que es peor, quien es tan básico que hace periodismo y política a nivel del suelo. Que si la vida privada de tal o cual es de una u otra manera; el chismorreo es el gran astro sobre el cual gira su sistema de pensamiento. Pareciera que su sed destructiva supera cualquier otra necesidad y en un afán de acabar con el otro, su vida desaparece para convertirse en la sombra del objeto odiado. 

Inquisidores del siglo XXI 

Parecía cuesta arriba imaginarse que en pleno siglo XXI, los asuntos moralistas y las costumbres más ceñidas a una forma de ser que ya no se practica, fuesen el objetivo telescópico de la mira de sus cerebros. Una especie de zigzagueante moralismo estruendoso los carcome en el tuétano de los huesos. Incapaces de tener una mínima idea propia en relación a lo que nos circunda, se apegan a recetas prefabricadas grupales y enarbolan las banderas más extravagantes que nos podamos imaginar con un fanatismo con el cual se hace difícil congeniar. La minusvalía mental es la lanza con la cual se atreven a expulsar opiniones y discursitos a diestra y siniestra. Solo les bastaba la aparición de las redes sociales para consumar un matrimonio que exalta la vulgaridad, la chabacanería y el desprecio por la razón. 

Ningún lugar le es más cómodo que aquel donde reciben el aplauso del público de galería y su expresión más notable y mísera es cuando se esconden tras el anonimato. En las turbas se sienten cómodos porque su identidad su diluye y se vulgariza, dejando de ser individuos para convertirse en masa. Pocas cosas le placen tanto como tratar de hacer aserrín del árbol caído y si vinieron a este mundo, por no encontrar fundamento ni excusa que justifique mínimamente su presencia, se regodean con hacerle la vida difícil a los valerosos y talentosos que excepcionalmente asoman la nariz. 

Estaba justo en esta parte del texto, aislado durante el fin de semana haciendo el ejercicio intelectual de darle forma a lo que digo, cuando de manera imprevisible, me interrumpió una llamada de teléfono. Contesto sin mucho afán y malhumorado por la interrupción; del otro lado del continente me llama uno de estos personajes sobre quienes escribo. Escucho con simulado interés el asunto que me plantea, sin dejar de advertir que lágrimas de mujer bonita son el eco ahogado de una conversación que no me interesa prolongar. Ella explica la necesidad que tiene de contar con mi apoyo en estos momentos que vive mientras siento que es una suerte de destino lo que me la puso al teléfono. Trato de escoger con cautela mis palabras y a cortapisa termino la conversación y cuelgo con una escueta y espero que fulminante despedida. 

Trato de recordar en dónde metí, dejé o perdí ese trabajo sobre La Santa Histeria, mientras recobro la concentración y trato de escribir sobre esos seres pequeños con los cuales tal vez soy cruel y sin poder evitarlo, hago el enredado ejercicio de ponerme en lugar de ella. Demasiado tarde, me digo a mí mismo. El texto quedó terminado.    

 


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