Niño prodigio y otras yucas
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 11 de Marzo de 2020 07:45

altDesde muy, muy joven, en su ciudad natal, José María Arellano era considerado la gran promesa intelectual del país.

Sus padres no desaprovechaban oportunidad para invitar académicos y artistas a largas tertulias en las cuales el otrora niño recitaba párrafos enteros de cualquier obra, sea Las mil y una noches o los enrevesados trabajos de Hegel.

La casa de los Arellano era visitada por lo más exclusivo de la sociedad de su tiempo, incluyendo gobernadores y poetas consumados. Las grandes reuniones de salón y exquisito gusto por lo estético, eran acompañadas por los más deliciosos platos de comida gourmet y las bebidas espirituosas que el otrora desenfadado y derrochador país petrolero era capaz de consumir para deleite de ricos, no tan ricos y eternos endeudados que se desvivían por aparentar lo que no tenían. En un rincón un tanto apartado, circulaba un mesonero con una bandeja ofreciendo estimulantes y estupefacientes ilegales, todo lo cual le daba un toque de esnobismo a cuanta celebración se realizaba.

Motivos para el jolgorio y las grandes concentraciones no faltaban, al punto de que celebraban desde el día de la madre hasta el de las fechas patrias. Era una suerte de épica al hedonismo en donde sibaritas y holgazanes se encontraban para celebrar la vida. Las cosas fluían con una rutina que se repetía, siempre acompañado todo de las más excelsas agrupaciones musicales de la ciudad que exhibían las mejores piezas de boleros, valses y jazz. El momento estelar era cuando aparecía José María Arellano y hacía su acto de rigor. 

Pobre niño prodigio

José María era el mayor de tres hermanos, pero los padres no tomaban muy en cuenta a los dos menores, dado que era tal el talento intelectual del que hacían alarde en relación al mayor, que los otros dos quedaban confinados a sus respectivas habitaciones al cuidado de las niñeras. El espectáculo era en realidad para que José María pudiese presentarse ante un público encumbrado y fino. Antes de medianoche, en la hora en la cual el alcohol y otros vahos hacían sus efectos, bien podía aparecer José María trajeado como Miguel de Cervantes Saavedra o el propio padre de la patria venezolana. 

El momento estelar era de lo más teatral. Tomado de la mano de ambos padres, José María era presentado como niño prodigio. El silencio era sepulcral, porque era bien sabido entre los invitados que quien no prestase atención a lo que tuviese que decir el niño, no sería invitado más nunca a la casa de los Arellanos. Eran treinta minutos en los cuales el pequeño niño declamaba, cantaba, tocaba algún instrumento o leía un libro en alemán. Los aplausos y las expresiones de adulación por parte de los invitados eran una apología al ego de cualquier cristiano y los años iban pasando conforme el niño crecía y el país cambiaba. 

Aterrizando en la realidad

Pasaron los años y el prodigio trató de dedicarse a la literatura, la pintura, la música y la política. En ninguno de estos espacios tuvo éxito, pese a estar apadrinado por lo más granado de la ciudad. No logré estudiar con él y en una oportunidad, ya en la universidad, una amiga me invitó junto con su novio a la casa de los Arellanos. José María ya no era un niño y era el propio anfitrión de sus fiestas, pero en ellas ya no había el buen gusto que cultivaban sus padres, sino que las drogas y la música vulgar eran el centro de la fiesta. Total que un amigo recibió un golpe en la espalda por un contemporáneo que pretendía a su novia y la primera y única vez que fui a casa de los Arellanos terminó en una lucha colectiva en donde volaban platos y sillas. Como vi que la pelea era indetenible, salve mi vida metiéndome bajo una mesa, en donde me encontré con una chica que siempre me había gustado y a la cual no había tenido la oportunidad de conocer. Mientras el combate se desarrollaba, yo pude intercambiar números de teléfono con ella para honor de quien se dedica a cosas más elevadas y tangibles. 

Supe que se había ido a vivir a Caracas porque según sus padres, era un incomprendido en la ciudad que lo vio nacer y crecer. Los Arellano consideraban que una persona con tamaño talento debía recorrer mundo. No volví a ver más nunca en persona al niño prodigio, pero sé que finalmente, tras varios internamientos en centros de rehabilitación para drogadictos, se hizo cineasta y con el apoyo económico del gobierno, finalmente se consumó como lo que siempre quisieron sus padres que fuera: una persona reconocida socialmente. Lo cierto es que nunca pensé que me lo iba a conseguir caminando por una calle en el centro de Santiago, tomado de la mano con dos muchachos jóvenes y forzudos. 

José María es una de esas promesas que nos ponían como ejemplo de cómo debía comportarse un joven y hoy que lo veo en retrospectiva, solo percibo la decadencia de alguien que potencialmente tenía talento y bajo la sombra de unos padres presumidos y ególatras, acabaron con lo que podía ser una persona medianamente normal. 

 


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