El café de El Viento
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Martes, 25 de Febrero de 2020 00:00

altMuchas veces en lo que llevo de vida he tenido la percepción de que las cosas buenas que me ocurren no me van a volver a pasar,

como si lo bueno sólo pudiese ocurrir una vez y la imposibilidad de que se repita estuviese siempre presente. Suele decir mi padre que existen trabajos de mi autoría que llevan como esencia “un ramalazo metafórico”, lo cual hace que el texto trascienda e invada emocional e intelectualmente a quien se sienta familiarizado con el mismo.

Esta es la historia de cómo probé el mejor café de mi vida. Eran tiempos en los que a lomo de mula trabajaba como médico rural en distintos lugares de la geografía nacional. En esa ocasión me tocaba ir a pasar consulta en una aldea distante de la ciudad de Mérida llamada El Viento (Guaimaral). En vista de que el Arzobispo iba a realizar distintos actos religiosos como bautizos y bodas, la comunidad solicitó mi presencia para que simultáneamente, mientras un grupo de personas se ponía al día con el cumplimiento de los sacramentos, otro grupo aprovechara e iba a chequearse con el médico que llegaba sobre una bestia. Algunas garrapatas se incrustaron en mi espalda y la enfermera, con amabilidad, me las sacó con pinza.

Solamente una vez

Luego de una larga jornada de trabajo, en donde tratamos desde niños con parasitosis hasta casos severos de patologías pulmonares, pasando por rigurosos asesoramientos en materia de prevención de embarazos no deseados, con indicación de anticonceptivos orales y colocación de dispositivos intrauterinos (DIU), el dueño de la casa en donde nos alojábamos me ofreció un cafecito tinto, me dijo que era de su propia cosecha, que él mismo lo había tostado y molido y apreciaba con generosidad si le expresaba con total sinceridad cómo me parecía la calidad del café. En un pocillo de peltre bellamente adornado, probé sorbo a sorbo un café como ninguno que hubiese probado antes. De buen cuerpo y profundo aroma, mis papilas gustativas y mi prominente y útil nariz, me daban la oportunidad de disfrutar uno de los sabores más exquisitos que haya experimentado. Era el mejor café del mundo: El café de El Viento.

Como la vida da vueltas, seguí trabajando en numerosos lugares y viviendo situaciones inéditas a lo largo y ancho de Venezuela en carácter de médico. Seguí tomando café en forma casi legendaria, pero, muy a mi pesar, ninguno como el que una vez y sólo una había probado en aquellas hermosas tierras de los Andes.

Se dieron las circunstancias para que el grupo de personas que me había invitado a la localidad de El Viento (Guaimaral) lo hicieran por segunda vez al año siguiente. Pero esta vez las circunstancias eran diferentes. Un día gris y frío hacía contraste con el soleado y cálido del año anterior. Una tormenta eléctrica hizo su aparición, luego de varios meses de sequía y el Arzobispo no nos acompañaba, así que la afluencia de pacientes fue poca. Por las veredas corrían ríos de aguas que terminaban creando pozos de barro en los que la mula a veces patinaba.

¿Lo bueno se repite?

Cuando llegué a El Viento volví a la casa de quienes me habían invitado y dado posada. Había un chiquero con siete cerdos que impregnaba el aire del ambiente. Imagino que la lluvia arreciaba la pestilencia. Igual hice mi trabajo y valoré niños con cuadros diarreicos y mujeres embarazadas  que no habían recibido ningún control prenatal. Incluso, junto con la enfermera de la zona, pudimos practicar alguna cirugía menor. Terminamos la faena y a pesar de que el número de personas no fue tan nutrido, nos ufanamos del trabajo realizado. Era ya cerca de la hora de cenar cuando el mismo hombre que me había ofrecido el mejor café que había tomado en mi vida un año antes, comenzó a darme multiplicidad de razones por las cuales se había malogrado la cosecha de café. Que el verano había sido muy recio, que apenas hasta ese día era que había llovido, que se vio forzado a comprarle parte de la cosecha a un campesino de un sembradío cercano y que este año la cosecha de café no había sido lo mismo.

Igual me ofreció el café que tanto había elogiado el año anterior, con la hediondez que despedían los cerdos, la misma taza de peltre, pero mallugada por los golpes y los adornos casi borrados por el uso. Con un aire denso de humedad y malos olores probé por segunda vez el cafecito.

La insólita presencia de infinitud de aromas (olores que impregnaba hasta el último rincón de mi nariz), que de manera combinada estallaban en una espléndida y contrastante armonía; el placer de volver a tomar por segunda vez el mejor café del mundo me hizo olvidar que las circunstancias eran distintas, o tal vez porque las circunstancias eran diferentes, me parecía que esta vez el café era mejor que el primero, entonces caí en cuenta que estaba bebiendo el mejor café que había probado en mi vida. De nuevo pensé en lo afortunado que era por experimentar esa vivencia. Esta vez de manera mucho más relevante, pues era un placer repetido, por consiguiente mucho más placentero.

 


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